Una de las personas a la cabeza de esa gesta fue José Antonio Morales Ehrlich, cuya esposa, Marina, falleció en estos días. Al darle un sentido pésame a él y su familia, no puedo dejar de recordar ese episodio que determinó contundentemente la vida nacional.

Desde 1931 cuando al ingeniero Araujo lo sustituyó el general Martínez, el país no volvió a tener a un civil como cabeza del Estado, hasta febrero de 1980, cuando Duarte presidió la llamada Segunda Junta Revolucionaria de Gobierno. Después, todos los jefes de gobierno han sido civiles.

El 15 de octubre de 1979 fue derrocado el general Romero, último, y quizás el peor, de los dictadores militares. Su predecesor, el coronel Molina, inauguró la costumbre de ametrallar multitudes. Romero la continuó aumentada, sobre todo cuando, después de vacilaciones sobre la forma de enfrentar la oposición de izquierda, armada o de masas, por presiones de la derecha oligárquica optó por la estrategia del aniquilamiento total, a semejanza de las fuerzas represivas de otros países.

Durante los pocos años de su régimen, al tiempo que las organizaciones afines a las facciones de la guerrilla crecían exponencialmente, los sectores de centro o izquierda democrática procuraron coaligarse, especialmente como respuesta a la mascarada de Romero de pretender llevar adelante un foro nacional de concertación. Nació así el Foro Popular, donde el PDC era la fuerza organizada de mayor peso.

Los militares triunfantes el 15 de octubre, con una fuerte presencia, pero no predominio, de oficiales jóvenes, llamaron a colaborar a miembros del Foro, entre ellos la dirigencia del PDC y a civiles progresistas, señaladamente intelectuales revolucionario-democráticos.

Algunos por una visión irreal o ingenua, esperaban un pronto cese de la violencia, desde la izquierda de los frentes guerrilleros en acelerada consolidación y sus grupos populares de choque; y desde la derecha por los cuerpos policiales, con uniforme o sin él, ayudados poderosamente por miembros o empleados de la oligarquía, actuando todos como escuadrones de la muerte.

El sector de idealistas e ilusos se retiró en pleno del gabinete y altos cargos administrativos en diciembre. El PDC tuvo la disyuntiva de dejar solos a los militares y su aliada la ultraderecha, que hubieran acelerado a fondo el exterminio; o mantenerse con la Fuerza Armada, confiando que con la formidable ayuda de los norteamericanos y la democracia cristiana internacional lograrían poco a poco anular a los radicales y conducir al país por vías electorales y democráticas. Convencido a morir de la segunda posibilidad fue Duarte. La inmensa mayoría de demócratas cristianos lo acompañaron y ayudaron, centenares a costa de la vida. Vida que se jugó el partido, pues arriesgó su desaparición.

De los altos líderes comprometidos con la solución libertaria, una de las peores partes le tocó a Toño Morales, cabeza visible y defensor principal de la reforma agraria. Un grupo de expropiados se reunieron y juraron matarlo, el primero que pudiera.

Con Toño, en esos durísimos años y, en los peores, cuando el PDC dejó el gobierno y sus figuras fueron asediadas por ARENA, estuvo su esposa. A fuer de ser eso, compañera y madre, porque no se comprometió políticamente, fue un invaluable apoyo para la libertad, incluso desde la silla de ruedas en que estuvo los últimos años.