Hay frases que se vuelven célebres por quién las dice, por su expresividad literaria o porque encierran grandes verdades. Una de esas frases se la atribuyen a Einstein, pero es lógicamente persuasiva, independientemente de quién la haya dicho. Haciendo repetidamente las cosas de la misma manera, no es posible lograr resultados diferentes.
Esa máxima viene inevitablemente a la mente luego de doce rondas de negociación en Casa Presidencial sin obtener resultados significativos para superar el problema de la conformación de la Corte Suprema de Justicia.
Con el debido respeto al presidente y a los dirigentes partidarios, las negociaciones también evocan la imagen de los perros, que suelen dar muchas vueltas antes de echarse en el mismo lugar y en la misma posición que podrían haber tomado desde el principio. No conozco una buena explicación para ese hábito canino, pero debe haberla, como ciertamente la hay en lo que atañe a la forma como los partidos han abordado este lío que ellos mismos crearon.
El método que se está siguiendo en las negociaciones es cuestionable por varias razones. La más importante de ellas es la que menos se comenta. El esquema presupone que todos los diputados aceptarán disciplinadamente lo que acuerden sus respectivas cúpulas partidarias. Lo que debiéramos estar viendo, si se entendiera y respetara el régimen de democracia representativa, es un esfuerzo de acercamiento y diálogo de cada diputado con el pueblo, a fin de conocer mejor lo que sus representados piensan y quieren; no unas encerronas de dirigentes completamente desconectados del sentir popular.
Lo que procedería en una democracia madura es que la Asamblea Legislativa actúe como un ámbito deliberativo en el que se expresan respetuosamente y se escuchan con mente abierta diversos argumentos. Lo que debiera ocurrir en un tema tan trascendental para el futuro de la institucionalidad democrática es que los diputados, como les manda la Constitución, representen al pueblo entero y no se sujeten a ningún mandato imperativo.
Si esto ocurriera, no habría necesidad de negociación entre cúpulas; habría diputados de todos los partidos votando de una misma forma y también diputados de todos los partidos votando de forma diferente, según la convicción a la que cada uno de ellos haya llegado tras un ejercicio honesto de pensamiento independiente y congruente con las aspiraciones de la sociedad.
Así debieran abordarse las cuestiones de principios. Lo que cabe negociar es el apoyo a unas u otras candidaturas para ocupar las posiciones vacantes. Y esas negociaciones serían mucho más fluidas si se limitaran a ponderar los méritos, las capacidades y los inconvenientes que presenta cada candidato; sin tener que pasar interminables horas defendiendo candidatos que, por su vinculación orgánica a un partido político, debieran ser automáticamente descalificados como opciones para integrar el máximo tribunal de justicia.
Habiendo tantos abogados íntegros, competentes e independientes, no se comprende la necedad de defender a personas cuyas actuaciones, a la vista de todos, son incompatibles con lo que se requiere para garantizar el ejercicio ecuánime de la justicia en el más elevado estamento del Órgano Judicial. No se comprende la necedad, a no ser que los necios no tengan otro propósito que la defensa de sus propios intereses.
De cualquier forma que se resuelva este conflicto, muchas cosas deben cambiar para no encontrarnos en la misma o similar situación cada tres años. Las leyes y los métodos no debieran adulterar sino fortalecer la substancia de lo que buscan regular o solventar. En el caso que nos ocupa, la substancia es la independencia entre los poderes del Estado y las garantías de todos los ciudadanos frente a posibles abusos y arbitrariedades en el ejercicio de esos poderes. El FMLN debe renunciar a hacer con la CSJ lo que el PCN hizo con la Corte de Cuentas y ARENA con la Fiscalía.
Si la Constitución impone el elevado estándar de la mayoría calificada para la elección de algunos funcionarios es porque considera esas posiciones como algo muy delicado y fundamental para el funcionamiento del Estado democrático de derecho. ARENA lo sabe muy bien y los demás partidos debieran aprender en pellejo ajeno. Cuando se establece el precedente de manosear las instituciones, otros llegarán más adelante a querer hacer exactamente lo mismo.