Los salvadoreños debemos tener presente dónde estamos asentados. San Salvador está edificado sobre unas fallas que al no resistir el oscilar del globo terráqueo, se mueven y causan el derribo de nuestros edificios grandes, de casas pequeñas y humildes con personas dentro, lo que nos ha causado a lo largo de los siglos la muerte de miles de personas y pérdidas económicas incalculables.
El último suceso de este género que debemos tener presente es el sismo que sacudió a todo el país el miércoles pasado y que milagrosamente no causó daños. Tuvo una magnitud considerable: 5.6 grados, casi la de un terremoto. Y estamos sanos hasta hoy, pero no a salvo de riesgos futuros.
¿Qué hacer, entonces? No solo encomendarnos a Dios, sino también hacer algo práctico para salvarnos nosotros mismos y a nuestras familias y estar bien informados acerca de lo que debe hacerse en esta clase de contingencias. Como mínimo debe mantenerse una campaña de instrucción e información para que la ciudadanía logre atenuar perjuicios mayores.