El temperamento y el carácter están en la base de la conducta humana. Por ello, encauzar el temperamento y educar el carácter son dinámicas esenciales para darle a la vida, en todas sus expresiones, sentido y fecundidad. Desafortunadamente, es notorio en todas partes que la educación del carácter brilla por su ausencia; de ahí que haya un marchitamiento global de los valores, que son los ingredientes que le dan vigor, color, sabor e inspiración a la conciencia. Hay que insistir en la educación del carácter por medio de los valores, y con más imperiosidad aún en un país como el nuestro, donde los antivalores se han venido aposentando como en casa propia. Enfoquemos en este instante, para hacer un breve ejercicio inicial e iniciador, cuatro de esos valores decisivos para un pleno vivir y un sano convivir.
HONRADEZ. Según la definición oficial, honradez es rectitud de ánimo e integridad en el obrar. Pero en el clásico Diccionario de Uso del Español, de María Moliner, la definición es mucho más elocuente: honradez es manera de obrar del que no roba, estafa o defrauda
, del que no engaña
, del que cumple escrupulosamente sus deberes
La honradez es entonces la norma básica del buen comportamiento, tanto en lo individual como en lo colectivo. Es un valor que define quién es quién, tanto en las actividades privadas como en las funciones públicas. Y el hecho de que la honradez tenga tan poca prestancia en el ambiente determina muchas de las desventuras estructurales y coyunturales que padecemos. Recuperar los bríos de la honradez constituye, entonces, una tarea nacional de primer orden.
LEALTAD. La lealtad consiste en la seguridad de responder a la propia palabra y de hacer valer los compromisos adquiridos conforme a las normas propias del honor. Esta es, desde luego, la buena lealtad, porque, en la vida práctica, muchas veces también se llama leal, abusando evidentemente del término, al que se presta incondicionalmente a seguir los mandatos de otro, independientemente de la calidad ética de los mismos. Pero lo que llamamos lealtad en el sentido noble de la palabra es una de las expresiones fundamentales de la claridad de alma. Se trata, entonces, de un valor funcional que hace traslucir los colores más vivos del ser moral. Cuando la lealtad se convierte en forma de conducta generalizada, la sociedad en la que eso ocurre tiene asegurada una evolución saludable y progresista, de veras y no de apariencia.
DISCIPLINA. Sin disciplina, las energías vitales sean del cuerpo o del espíritu se estancan o se desperdician. Este valor es uno de los que han sido tratados con más ligereza, y de ahí derivan muchas de las calamidades que erosionan y desquician a las sociedades actuales. Al ser humano hay que educarlo en disciplina prácticamente desde que nace. Esa es la clave de una buena educación del carácter, que es la que más importa para saber vivir y para recoger las más fecundas cosechas de lo vivido. Esto se comprueba sin dificultad al recorrer los mejores ejemplos humanos. Y en tal sentido, hay que asumir la disciplina no como una carga de sacrificio sino como una fuente de oportunidades. Porque habría que hacer ver y sentir que la disciplina bien vivida produce grandes réditos, tanto en lo material como en lo espiritual.
RESPETO. El respeto parte de una dinámica de reconocimientos: el autorreconocimiento y el reconocimiento de los otros. Autorreconocerse como un ser libre, con destino, con derechos y deberes, hace que el ser humano adquiera conciencia de su valor esencial como persona. El reconocimiento de los otros sólo es posible desde el balcón del autorreconocimiento. Por eso una cultura del respeto nace siempre desde la entraña del autorrespeto del individuo. En esto, como en todo, juega un rol decisivo la educación, desde el primer día de la vida. Somos como vemos ser a los demás, comenzando por los que se mueven en el seno familiar. Y aquí volvemos a la tarea fundamental de la familia, que si no educa no cumple. Y qué triste es ver cómo, en estos tiempos, se confunde cariño con complacencia y cuidado con sobreprotección.
De valores nunca se acaba de hablar, porque es el tema definitorio de la conducta. Pero, desde luego, hay que pasar de las palabras a los hechos, y eso significa hablar de valores en ruta directa hacia la práctica de valores. El mundo actual se ha venido convirtiendo en la cancha favorita de los a antivalores, y eso lo vemos en todas partes, independientemente del desarrollo y del subdesarrollo, términos evidentemente frivolizados por el uso superficial. Es esto lo que habría que hacer cambiar a fondo, para tener verdaderas perspectivas de futuro con progreso.