Que el ejercicio de una verdadera cultura política esté aún en pañales es algo que se hace evidente en el día a día. Y lo más delicado es que, en vez de avanzar, a ratos pareciera que hay signos de retroceso, porque las acciones y reacciones que se ven prevalecer son las que menos abonan a una práctica de vida democrática que esté acorde con la salud del proceso nacional. Lo ocurrido en las semanas y días recientes demuestra que el trabajo por hacer para normalizar el juego de las posiciones partidarias, en función de intereses nacionales y no de propósitos de grupo o de personas, es una tarea de grandes proporciones, y que ya no puede esperar más tiempo.

Los ejemplos abundan, y como muestra citamos el madrugón legislativo del pasado viernes, cuando los cuatro partidos que han abanderado la lucha legislativa contra la Sala de lo Constitucional aprobaron reformas a 19 leyes de instituciones autónomas para prácticamente eliminar a la ANEP de la representación del sector privado en dichas instituciones y darle al presidente de la República el poder total de decidir al respecto. Si se hubiera querido hacer una reforma seria en ese campo, se tendría que haber buscado otro momento, pues hoy se ve a todas luces como una represalia por los choques entre la cúpula empresarial y la cúpula ejecutiva.

Es realmente lamentable, y de consecuencias altamente dañosas no sólo para la estabilidad interna sino para el desarrollo nacional en todos los órdenes, que, lejos de ir entrando en una dinámica de tender puentes para lograr una comunicación normal y pacífica entre sectores, partidos y asociaciones diversas, hay una tendencia a que se vayan enconando las diferencias y las disputas entre distintos actores nacionales, fenómeno evidentemente atizado por la proximidad de la elección presidencial, que está cada día más presente en el terreno, con todas las ansiedades descompuestas que eso trae consigo.

Pero no sólo hay una especie de guerra de posiciones sobre puntos concretos, sino también un constante desgaste de actitudes personalistas. Lo hemos visto sin disimulo desde que se conocieron los resultados de las elecciones del pasado marzo, que definieron una nueva correlación de fuerzas, la cual es insoslayable, sobre todo en las grandes decisiones que exigen mayoría calificada en la Asamblea. Las actitudes, sin duda, pesan mucho. Y aquí, a la luz de estas experiencias, nos viene muy al pelo aquella expresión de Benjamín Franklin: “De todas nuestras pasiones naturales quizá la más difícil de domar es el orgullo”.

No nos cansaremos entonces, porque es nuestra responsabilidad propia como medio responsable, de reiterar el imperativo de hacer cuanto antes un cambio sustancial en lo que se refiere a la forma en que vienen operando las relaciones entre los actores políticos, tanto partidarios como gubernamentales, en primer lugar; pero también entre éstos y todos los otros actores que operan en el escenario nacional. Que la descalificación mutua deje de ser el primer recurso al que se acude. Que todos paren de fantasear a su favor, para dedicarse a trabajar realistamente por el bien común. Que imperen el respeto y el buen juicio, en lugar del atropello y la rabieta.

Se nos viene un tiempo, de seguro, más difícil que el que hemos venido teniendo que enfrentar hasta hoy. Los problemas se agravan y las soluciones escasean. Solo una racionalidad bien conducida y aplicada puede funcionar positivamente. Sería imperdonable seguir en las mismas.