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Siempre he sido y seguiré siendo un afiliado al optimismo. Como reza la conocida canción “Desiderata”: aun con toda su farsa, penalidades y sueños fallidos, el mundo es todavía hermoso. Ahora bien, el optimismo bien llevado sabe reconocer los malos momentos de la realidad, y esta, en tres de sus esferas principales, es decir la política, la económica y lo social, experimenta sus peores momentos desde nuestra corta historia democrática.

 

La crisis política provocada por el FMLN y sus aliados ha puesto en evidencia la fragilidad de nuestra joven democracia, así como los riesgos de retroceder a los nefastos momentos del autoritarismo. También está quedando de manifiesto que para esos partidos políticos la democracia no era más que un formalismo asumido de mala gana, conveniente siempre y cuando fuera controlada, siempre y cuando no afectara sus pretensiones autoritarias y de enriquecimiento ilícito. Apenas la independencia de poderes se asomó en serio, arremetieron virulentamente contra ella.

 

Asimismo, se ha revelado hasta dónde están dispuestos a llegar esos dirigentes políticos con tal de lograr aquellas pretensiones. Basta ver las poses y declaraciones del impresentable presidente de la Asamblea, así como de los más visibles cabecillas de los partidos aliados del Frente, para ver convertida la hipocresía en virtud y el cinismo en monumento. Al menos esta crisis dejará algo bueno: ahora ya sabemos qué se escondía detrás de los disfraces.

 

Los dirigentes políticos que nos metieron irresponsablemente en esta crisis institucional quizá no se dieron cuenta de que lo hicieron en uno de los peores y más críticos momentos de nuestra realidad económica y social; y que con su accionar no solo la están empeorando sino que también están dificultando las posibilidades de encontrarle salida a sus agudos problemas.

 

La economía nacional no podía estar peor. Los desequilibrios macroeconómicos ya no solo se limitan a los históricos desbalances en las cuentas externas, o a los recurrentes déficits fiscales, o a los preocupantes niveles de endeudamiento, sino que han alcanzado de forma alarmante los desequilibrios en el manejo de la caja. En otras palabras, ahora no solo se trata de mantener en niveles manejables el déficit comercial, el déficit fiscal, el endeudamiento, etcétera, sino de tener dinero suficiente e inmediato para hacer frente a los gastos de funcionamiento del Estado. Es como si una familia ya no solo tuviera problemas de dinero para invertir en la mejora de su casa, pagar la colegiatura de sus hijos, reparar los electrodomésticos, sino también problemas para pagar la luz, el agua, la gasolina, el súper, etcétera.

 

La esfera real de la economía está también en sus peores momentos. Según los últimos análisis de FUSADES, para el segundo trimestre de este año las exportaciones decrecieron -3.6% (en 2011 crecieron 26%), la Inversión Extranjera Directa cayó fuertemente, alcanzando apenas $59.1 millones entre enero-mayo (en 2011 fue de $219.7 millones), el 58% de los empresarios locales no piensa invertir en los próximos seis meses, y como corolario, con suerte la economía crecerá al mínimo 1%. Para colmo, posiblemente se avecine un alza en los precios de los alimentos y una situación crítica de la economía mundial, que sin duda impactará el débil crecimiento de la economía norteamericana y, por ende, nuestra postrada economía.

 

En la esfera social, la oportunidad histórica que se abrió con la tregua de las pandillas se está peligrosamente fracturando. La crisis institucional ha desviado mucha energía gubernamental a esta temática, ha desactivado varias iniciativas de respuesta a la tregua, está dificultando la colaboración del sector privado con el equipo de seguridad. Mucho de esto tiene que ver con el involucramiento imparcial y torpe del Gobierno en dicha crisis. Si no se hace algo, el repunte de la violencia está a la vuelta de la esquina.

 

Las esferas de la política, de la economía y de lo social se están alineando en mala y peligrosa dirección. De no cambiar su rumbo, la respuesta a la pregunta, ¿hacia dónde vamos?, será desgraciadamente evidente: hacia una crisis general de insospechadas consecuencias.