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Los valores éticos y morales están cada vez más equivocados y esto ocurre en la mayoría de los ámbitos de nuestra sociedad; ya sea en el familiar, donde la fidelidad es cada vez más escasa; en el estudiantil, donde el no pertenecer a una “mara” puede tener consecuencias trágicas; en el político, donde la mentira parece ya la norma para triunfar; y en el empresarial, donde si no se engaña, la empresa puede hasta desaparecer. 

Les toca a los nuevos candidatos presidenciales jugar un papel importante en comenzar a revertir esta tendencia negativa en que El Salvador ha caído. Sin embargo, quiera Dios que los dirigentes de las cúpulas partidarias alcancen a reconocer también su correspondiente compromiso y que no esperen a que la iniciativa surja de solamente la buena voluntad de los candidatos electos, por muy capaces que estos sean, pues como dijo Einstein: “No debe esperarse que las cosas cambien si se sigue haciendo lo mismo” y hasta ahora, parece que las elecciones de ambos candidatos, de ARENA y FMLN, se han hecho con las mismas características con que se hicieron en los períodos anteriores, donde el principal error ha sido el que desde el momento en que se elige al candidato se comienza a exigir “disciplina y lealtad” al candidato y por lo tanto, la crítica de sus propios correligionarios y simpatizantes desaparece y como consecuencia, el candidato comienza a sentirse “todopoderoso” y “sabelotodo” para decidir todo lo que él cree que es lo más conveniente para el país; y poco a poco ya no son las estructuras partidarias las que controlan su agenda; sino que es el candidato electo quien, con el tiempo, termina controlando la estructura partidaria. 

Conscientes de los errores del pasado y tratando de evitar que siga pasando lo que ha pasado, lo que debiera buscarse para las próximas elecciones presidenciales es que el candidato electo no pueda decidir por sí solo y tenga que someter a la autorización de su correspondiente partido los temas trascendentales como: a) la elección del candidato a vicepresidente, b) el plan de gobierno y c) el equipo de personas que lo acompañará en su gabinete de gobierno y el cual, como nueva modalidad de transparencia, se debiera elegir antes que se inicie legalmente la campaña presidencial; de forma que al electorado en general se le pueda presentar una alternativa no solo de un par de personas, sino de todo un “equipo de trabajo”; que es, en todo caso, en quienes va realmente a recaer la responsabilidad de dirigir el futuro del país. 

Para salir de la actual crisis, El Salvador requiere de un esfuerzo nacional sin precedentes y las conveniencias personales y partidarias deben de caer en segundo plano.

Por sobre todo, lo que se tiene que comprender es que esta responsabilidad no se puede dejar solo en manos del “candidato”, sino que –por muy capaz que este sea– su estructura partidaria debe exigirle que se acompañe de las personas más idóneas y que se comprenda que estas no necesariamente van a ser solo las de su “absoluta confianza y aceptación”, como tradicionalmente se ha creído; pero que con su buena voluntad y comprensión, el candidato tendrá que aprender a convivir con este “equipo”, en aras de buscar un mejor país y para asegurarse de que el nuevo gobierno llegue “a servir” y no “a servirse”.