Las campañas presidenciales se vienen presentando en los hechos en forma cada vez más anticipada. Hay períodos legales para las mismas, que fueron definidos en los tiempos en que la competencia política era más aparente que real, y en la medida que la democracia va potenciando la competitividad aquellos plazos se vuelven obsoletos. Han aparecido ya los candidatos de los dos partidos principales, a 19 meses de los comicios. Y durante ese largo período la disputa electoral llenará buena parte de los espacios de la información y de la opinión públicas. Esto hay que aprender a manejarlo, para que no se vuelva una distorsión adicional a las que ya venimos sufriendo por los defectos estructurales y los trastornos coyunturales.

En la campaña presidencial que comenzó a fines de 2007 para las elecciones de 2009 el tema palpitante, que se trató de volver explosivo, fue la posibilidad de alternancia. Dicha alternancia se dio, de una manera mucho más natural de lo anunciado por los agoreros catastrofistas. Ahora la expectativa está en el surgimiento de un tercero en competencia, que todavía es un enigma. En cualquier caso, está visto que falta hacer recorrido democrático para que lleguemos a un ejercicio competitivo que esté regido por la plena normalidad, sin ansiedades que se sobrepongan al proceso mismo.

En esto los partidos y sus dirigencias tienen un rol estabilizador decisivo. Uno de los motivos por los que es difícil que la competitividad política evolucione como se debe y como ya se podría dado el avance de nuestra dinámica democratizadora consiste en el hecho de que los partidos políticos no se han democratizado al mismo ritmo que la realidad. Y, más bien, es hoy más notorio que antes el temor de las dirigencias a enfrentar los retos del relevo natural, lo cual agrega al juego ansiedades personalistas muy fuertes. Esto podría encauzarse con una buena normativa que regule el ser y el hacer de los partidos; pero sobre todo es cosa de cultura política, que aún está muy atada a los paradigmas y a los esquemas del pasado.

Ya al inicio de la presente campaña se empiezan a ver gestos y a oír opiniones que surgen de los partidos en función de afianzar adhesiones o de ganar simpatías. Los partidos más grandes viven atados a la obsesión de conservar su “voto duro”, y esto es comprensible, siempre que no derive en hacer o decir cualquier cosa para conseguirlo. Un ejemplo de estos días lo grafica: el candidato presidencial del FMLN viaja a Estados Unidos, en expresa misión de acercamiento; pero como eso genera resquemores internos, de inmediato sale un alto dirigente partidario a cuestionar importantes acuerdos de seguridad que tiene nuestro país con Estados Unidos y que están en funcionamiento desde hace tiempo.

En el país, hay que tener más cuidado con las palabras, en todos los niveles, comenzando por los más altos del Gobierno. Nuestro ambiente está cargado de incertidumbres y desconfianzas, y eso traba todos los esfuerzos hacia el desarrollo. Si esta campaña, además, se va convirtiendo en un muestrario desordenado de expresiones impulsivas y sacadas de la manga, la atmósfera va a enrarecerse aún más, con efectos crecientemente indeseables.

Todos tendrían que asumir una auténtica responsabilidad en el manejo de las promesas y las expresiones de campaña. No decir ni ofrecer cualquier cosa en la primera esquina. Hacer planteamientos que respondan a un programa, no lanzar petardos como en un jolgorio.