Cuán diferente sería nuestra actitud existencial si acabáramos por reconocer que la vida no es una novela por entregas en sucesión cotidiana, sino una minificción que se recicla cada día.
Somos seres inermes habitados por un ego insufrible.
Hay que morder el polvo siquiera una vez, para tener la prueba irrefutable de su sabor inhumano.