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Hay verdades que perduran más allá de cualquier salto o rodeo de la evolución humana, tanto personal como colectiva. Y la experiencia enseña, más allá de toda duda sustentable, que acogerse a ellas sin excepción es clave para evitar descalabros y trastornos, que pueden llegar a ser fatales. Acogerse disciplinadamente a esas verdades es, pues, receta viva de supervivencia saludable, en cualquier tiempo y lugar. Desafortunadamente, nuestra época es viciosamente proclive a desconocer que hay normas de vida más allá de los impulsos o las ocurrencias del momento, y eso ha hecho que los despistes sean constantes, tanto en el plano de las existencias individuales como en el ámbito de la sostenibilidad de las naciones. Lo vemos a cada paso, en el día a día, y con más dramatismo que nunca, porque la globalización tecnológica de las comunicaciones opera al instante.

Los consejos sencillos parecen para muchos un ejercicio ingenuo pasado de moda. Extravío falaz. Dejémoslo de lado. Esta mañana, me he encontrado con un librito de la Colección Austral de Espasa-Calpe Argentina, que fue de mi suegro, don Luis Escalante Arce, un modelo de hombre de bien y de trabajo, con quien compartíamos además un hilo genealógico, con punto de enlace en don Pedro Arce y Fagoaga, hermano menor de Manuel José. El librito se titula justamente “El Libro del Hombre de Bien”, nada menos que de Benjamín Franklin, figura estelar en los orígenes de la gran nación estadounidense, que desde allá, en el siglo XVIII, irradia pensamiento y ejemplo que son válidos para siempre. Muchas de sus lecciones de vida y de doctrina de vida parecen haber sido escritas ayer mismo, para este tiempo que se agita sin cesar.

Citemos, pues, una de las enseñanzas de Franklin, expuesta con la elocuencia que le caracteriza: “En un tiempo en que todos se quejan de la escasez de metálico, será un acto de bondad indicar a los que no tienen mucho el medio de llenar mejor sus bolsillos. Quiero enseñarles el verdadero secreto de ganar dinero, el método infalible de llenar las bolsas vacías, y de conservarlas siempre llenas. Todo el negocio estriba en la rígida observancia de dos reglas sencillísimas. He aquí la primera: Sean la probidad y el trabajo vuestros constantes compañeros. Segunda: Gastad un poco menos de lo que ganáis”. Simple y profundo a la vez. Si los grandes países más pudientes, en vez de creerse en la cumbre de la prosperidad intocable, hubieran sido realistas, muy distinta sería la problemática global de nuestro tiempo. Qué lástima que don Benjamín no les dio una clasecita a los pomposos señorones del G-8 y del G-20.

En nuestro caso nacional, los efectos perniciosos de la indisciplina y del desorden de las conductas tanto públicas como privadas son patentes. Y vamos de mal en peor. Si uno hace comparación entre los comportamientos gubernamentales de los años cuarenta, cincuenta y sesenta del siglo anterior –pese a los graves defectos históricos de tales gobiernos— con lo que se ha venido viendo en los decenios más recientes, es notorio el deterioro en temas como la honradez institucional y la coherencia de los planteamientos programáticos. Ahora estamos, como sociedad y como nación, compelidos por la misma realidad a acogernos a ejercicios disciplinarios como la austeridad y el ahorro consecuente, porque de lo contrario podemos llegar a extremos de insostenibilidad terminal, como les ha sucedido a países aparentemente muy avanzados.

Franklin, en el texto aludido, agrega: “¡Ah!, sed prudentes; sea el trabajo vuestro inseparable compañero desde por la mañana, y que os acompañe hasta el momento en que la noche os conduzca a un apacible sueño. Que la probidad sea como el alma de vuestra alma, y no olvidéis jamás apartar un cuarto después de haber satisfecho todos vuestros gastos; de este modo llegaréis al colmo de la felicidad, la independencia será vuestra coraza, vuestro escudo, vuestro casco y vuestra corona…” En otras palabras: es en la adhesión sincera y consecuente a los valores esenciales donde se halla la clave de una vida segura y progresista en todos los sentidos. No es cuestión de proponerse virtudes extraordinarias: es cosa de cumplir con la naturalidad de un sano desarrollo personal y a la vez comunitario.

Desde luego, la escuela básica de esto que planteamos es el diario vivir, en sus diversos escenarios y expresiones. El ahorro, por ejemplo, es asignatura fundamentalmente familiar. La sociabilidad del saber debe ser practicada en la escuela, escalón tras escalón. La urbanidad y la tolerancia requieren del ejemplo social constante. Y, más a lo hondo del ser, la espiritualidad debe ser inducida por la autoconciencia, en las distintas etapas de la vida. Apliquémonos, pues, a todo ello, cada quien en su mundo y en sus trasmundos.