En tiempos recientes, una serie de acontecimientos desafortunados han venido a complicar cada vez más las cosas en el país, dejando en el ambiente la sensación de que lo que prevalece es el signo de la crisis. Por otra parte, el deterioro creciente de las condiciones de vida, tanto en lo económico como en lo social, hacen que se extienda el descontento ciudadano, ya que dicho deterioro afecta prácticamente a toda la población, en un sentido o en otro. Y si a esto agregamos que ahora mismo comenzamos a vernos sumergidos en una campaña presidencial que ya se anuncia cargada de crispaciones y de choques, el panorama resulta verdaderamente inquietante.

Ante eso, lo que se impone de inmediato es hacer un análisis sereno y pragmático de lo que se ha acumulado en el tiempo y de lo que hoy tenemos en el terreno de los hechos. De tal ejercicio, lo que de inmediato se hace visible es la falta de madurez suficiente de los liderazgos nacionales para estar a la altura de los desafíos y de las oportunidades que nos presenta la realidad en el momento actual. Esto hay que tenerlo muy en cuenta al hacer valoraciones sobre lo que nos trae el día a día, pues lo primero que habría que hacer es distinguir entre lo que son los problemas objetivos y lo que son las respuestas subjetivas frente a los mismos.

Como es muy fácil percibir de lo que viene ocurriendo sobre todo en el tiempo transcurrido desde las elecciones de marzo pasado, que son la antesala de las que se darán en marzo de 2014, lo que hemos visto es un constante y a ratos explosivo juego de intereses muy particulares –de grupos o de personas–, al que se le agregan ya por costumbre los chasquidos temperamentales y los berrinches consiguientes. En tales condiciones de tratamiento, es casi imposible atinar con las vías de solución que tanto necesitamos. Si el conflicto entre la Asamblea y la Sala logró resolverse fue porque la presión de la realidad nacional e internacional llegó a ser irresistible.

Los salvadoreños hemos pasado por pruebas históricas realmente extraordinarias, y de ellas logramos salir hacia este espacio donde la única opción sostenible es la democracia. En la posguerra nos ha tocado y nos toca hacer y consolidar los aprendizajes indispensables al respecto. Y para hacerlo bien se requiere un permanente examen de las lecciones que va dejando el ejercicio mismo. De lo recién ocurrido, las principales lecciones reiteradas son dos: nadie puede resolver por su sola cuenta un problema nacional; y las disputas personalistas complican más las cosas es vez de viabilizarlas. Todo esto se junta en un término: interacción responsable y respetuosa.

En esa línea, esperamos que la refriega entre la cúpula del Ejecutivo y la cúpula empresarial se desactive por su cuenta, y que se vuelva a una espontánea normalidad entre liderazgos que son en conjunto insustituibles para la buena marcha del país. Las calenturas artificiales nunca llevan a nada bueno. La democracia es el arte de administrar las diferencias de manera saludable y creativa. En ningún caso debe confundirse con un torneo de lucha libre, aunque las tentaciones de verlo así sean aún tan comunes en el ambiente. El país merece que todos nos apliquemos a trabajar por el bien nacional, en armonía y con dedicación constructora.

Lo que debería preocuparnos y ocuparnos en serio y sin dilaciones es la serie de obstáculos con que nos topamos a cada paso en la ruta hacia el desarrollo. Es decir, atender a lo principal, en vez de que todas las energías se vayan despilfarrando en lo superfluo.