En ese libro se destacaba un detalle que muchos pasaron por alto, pero que a mí me parecía relevante: en su primer discurso como candidato presidencial arenero, Rodrigo Ávila había proclamado el vigoroso relanzamiento de una derecha popular, que no estaría al servicio de los sectores privilegiados y acostumbrados a servirse con la cuchara más grande, según sus palabras. En aquel momento yo celebré aquella iniciativa en este mismo espacio con un artículo titulado La opción Rodrigo.
Pero los grandes financistas de ARENA se sintieron aludidos y mostraron su malestar de inmediato. Rodrigo Ávila entonces echó pie atrás y tuvo que tragarse sus palabras, supongo que para no poner en riesgo el financiamiento de su campaña. El caso es que no volvió a referirse a la derecha popular ni a los privilegiados con la gran cuchara.
Mi hipótesis en el libro era que Ávila comenzó a perder la elección en ese instante de debilidad de su liderazgo. Su campaña se quedó sin mensaje y se plagó de eslóganes anticomunistas que solo convencen a los convencidos. A esas alturas era evidente que el principal problema de ARENA era ser percibido como el partido de los ricos. Ese punto lo habíamos debatido largamente con el asesor en cuestión, al que yo le insistía en que un partido de los ricos, o así percibido, era política y electoralmente inviable.
De hecho, en el tramo final de aquella campaña, en gran medida gracias a las habilidades de un estratega español contratado a última hora, Ávila superó en tres o cuatro puntos a Mauricio Funes. Pero una combinación de errores de una parte, y de aciertos de la otra, provocó la reversión de esa ventaja. Entre los aciertos estuvieron unos spot magistrales elaborados por Joao Santana para Funes. Entre los errores, una serie de fotografías, de primera plana, de Ávila en abrazo con representantes del gran capital. Cuando discutíamos estos asuntos con el asesor en cuestión, finalmente llegábamos al mismo punto: la necesidad de renovar el ideario arenero. Solo que de su parte había siempre una reserva: El partido debe moverse, pero no cruzar la línea hasta la socialdemocracia. ARENA debe seguir siendo de derecha, me decía. Con la derrota y su posterior fractura interna, ARENA entró en una crisis que parecía presagiar el colapso definitivo, y entonces aquello de la renovación del ideario cobró sentido para algunos de sus dirigentes menos ortodoxos.
Fue así como Roberto Murray Meza organizó un pequeño equipo de intelectuales para que discutieran el asunto y aportaran insumos al aggiornamento de ARENA. Entre estos estaban dos antiguos militantes del FMLN histórico: Salvador Samayoa y Paolo Lüers. El debate fue abierto y franco, sumamente razonable en términos de diagnóstico y propuesta.
Aquella mañana de marzo, el asesor en cuestión puso en mis manos una copia de la transcripción de todo lo discutido por los intelectuales y me pidió un favor en dos tiempos: Primero quiero tu opinión, particularmente sobre la proximidad de algunos puntos con planteamientos socialdemócratas, eso hay que matizarlo; luego necesito que pongas en orden las ideas principales y con ellas redactes un documento que pueda ser discutido en el partido, me dijo.