El gran desafío, sin embargo, es cómo aprovechar esta universidad, de lo contrario, uno puede acabar como conejillo de pruebas o simple curiosidad. Ser absorbido por Harvard o absorber de Harvard es cuestión de actitud y perspectiva. Dos ejemplos valen para esta observación: La presidente Cristina de Kirchner vino el jueves y fue absorbida por este gran laboratorio. Su discurso terminará disecado, comparado y materia de algún politólogo o alumnos. Dejó palabras pero no se llevó nada. 

En cambio, en abril pasado, la presidente Dilma Rousseff vino, vio y venció. Regresó a Brasil con las alforjas rebosantes. Cristina no hizo nada malo. Tras su visita a Naciones Unidas, cumplió con el ritual de muchos líderes que pasan por aquí para enriquecer su agenda e imagen.

 Tampoco hizo nada bueno. Habló mucho, dijo poco, fue defensiva y todos los males argentinos, absolutamente todos, se los achacó a los países ricos y a organismos internacionales. Se floreó con estadísticas sobre pobreza e inflación que el Fondo Monetario Internacional cuestiona; no habló de recientes negociaciones con Irán que socavan la confianza de la comunidad judía; afirmó que no es su deseo ni responsabilidad una reforma constitucional para su reelección y que el enriquecimiento abrupto de su patrimonio es lícito. Como siempre –y le pasó el día previo en la Universidad de Georgetown– las preguntas fueron su perdición y sus respuestas la noticia. Su paso por Harvard fue intrascendente. Se le recordará por los silbidos y los pocos aplausos. El gran laboratorio la engulló.

 

La visita de Dilma fue muy distinta. Ella no tiene la dicción de Cristina, tampoco su prepotencia, pero sí su firmeza y pasión. En Harvard recogió aplausos, ofreció estadísticas confiables sobre crecimiento y energías, no criticó a los brasileños que la critican o que no votaron por ella y se enfocó en objetivos a largo plazo. Habló de clase media en crecimiento y competencias. Fundamentó a la enseñanza de las ciencias, matemáticas y tecnologías como esenciales para el desarrollo sustentable de Brasil. Y actuó en consecuencia. Firmó acuerdos de cooperación con Harvard y con el Instituto Tecnológico de Massachusetts. 

Se comprometió a financiar y otorgar miles de becas a estudiantes brasileños, sin importar su condición social y económica, solo su progreso académico, para que puedan proseguir estudios en los centros de Cambridge y otras universidades estadounidenses de prestigio. El plan abarcará los próximos cinco años, previendo que 100 mil estudiantes brasileños irán al exterior. Más de cien por año recalarán en Harvard patrocinados por el gobierno, entre alumnos de pregrado, graduados y profesores; logro importante, considerando que Brasil ya es el país latinoamericano con mayor cantidad de estudiantes que llegan con recursos propios. Dilma dijo que la alianza con Harvard, la inversión en tecnología e investigación, es esencial para seguir combatiendo la pobreza e inequidad. Talvez su próximo mayor desafío será cómo insertar en el liderazgo político, económico y social a quienes regresen especializados y con ganas de oportunidades. Un reto extraordinario, de todos modos.

Esta fue la gran diferencia entre ambas mandatarias: Harvard absorbió a Cristina, mientras que Dilma absorbió de Harvard.