Una de las novedades más significativas de la etapa histórica que vive el país desde el fin negociado de la guerra interna es la creciente presencia del sentir y del pensar ciudadanos en el escenario nacional. Durante todo el período anterior, cuando el sistema político con todas sus derivaciones estaba marcado por el ejercicio autoritario del poder, la ciudadanía prácticamente no tenía ninguna incidencia real en la toma de decisiones sobre el desenvolvimiento del proceso nacional. Esto ha venido cambiando, a la luz de las nuevas realidades políticas y socioeconómicas que trae la práctica de la democracia, aun siendo esta tan incipiente como lo es en nuestro medio, y también por las aperturas de un mundo que se globaliza cada vez más, en consonancia con los extraordinarios avances tecnológicos de la comunicación, que es la gran aliada actual de la participación ciudadana.

En los tiempos más recientes, la voz de la ciudadanía se ha hecho sentir en cuestiones políticas delicadas, llegando a abrir oídos tapiados por los intereses de siempre y a mover voluntades anquilosadas en prácticas obsoletas de poder. El famoso decreto 743, por ejemplo, se cayó por la presión ciudadana. Fue el empuje de la ciudadanía el que llevó a las partes a la mesa en el llamado “choque de poderes”. Y hoy las acciones abusivas o extralimitadas en cualquier órgano del Estado u otra entidad pública están expuestas, cada día con mayor puntualidad y amplitud, al escrutinio del ojo ciudadano.

Todo esto pone a las fuerzas políticas y a sus liderazgos, así como a las estructuras de conducción gubernamental, ante un desafío sin precedentes: el de oír la voz de sus representados, que son los que les han otorgado el mandato que desempeñan, y, a partir de esa voz, actuar en consecuencia. Hay ejemplos que grafican nítidamente este cambio que se está dando en la relación representados-representantes, como es el caso del voto por rostro en las elecciones para diputados. Ese avance, que históricamente es irreversible, pone a los partidos ante otro reto, que a muchos les resulta urticante al máximo: salir de la lista genérica para pasar al candidato reconocible. El margen de maniobra selectiva se les reduce.

El fenómeno de este rebrote ciudadano, ya sin dependencias partidarias preestablecidas, como tendía a ocurrir en el pasado, es de amplitud global. En el mundo árabe, en Europa y aun en Estados Unidos, los ciudadanos tienden a manifestarse con voluntad participativa. Gobernantes en grandes problemas, como Rajoy en España, acuden a la vieja imagen de la “mayoría silenciosa” para contrastarla con el malestar y el descontento que alzan la voz. La verdad es que los que gobiernan tienen que oír y procesar tanto las voces como los silencios, para hallar las rutas de una sana evolución que, en estos días, es desafiante y compleja para todos, absolutamente para todos, desde los más desarrollados hasta los que están en el arduo esfuerzo por desarrollarse; términos que, además, son hoy mucho más relativos que en cualquier otro momento.

Para los gobiernos, de todo signo y color, la voz ciudadana independiente es siempre incómoda; pero tienen que acostumbrarse a dicha incomodidad, que es propia del ejercicio democrático real. En nuestro país, el éxito político y gubernamental depende, como nunca antes, del hecho de sintonizar de manera responsable con lo que piensa y siente la ciudadanía, organizada o no.