Desde que, allá en la década de los años 50 del pasado siglo, la ONU estableciera la celebración anual del Día del Niño en todo el mundo, ese Día se viene conmemorando en la fecha que cada país determina. En El Salvador, el Día del Niño es el 1 de octubre de cada año. Ayer, pues, hubo diversas expresiones y declaraciones públicas al respecto, en la forma que ya se ha vuelto tradicional. Con esto último queremos decir que siempre hay más palabras que hechos, y que lo que la imperiosa y apremiante realidad actual demanda en todas partes, con los matices que las diferentes condiciones nacionales presentan, es pasar de las palabras a los hechos.

El tema es, desde luego, vital para el buen desempeño de la sociedad en su conjunto. Cuando no existe un esquema de vida familiar y social que posibilite el desarrollo del ser humano desde sus primeros años, todo el proceso de socialización se complica y se trastorna, con los perturbadores y dañinos efectos consecuentes. En nuestro país, fenómenos tan depredadores como el prolongado conflicto bélico interno y la caudalosa emigración que lo acompañó y que lo sucedió han venido a sumarse a nuestras antiguas fallas estructurales, dando lugar a un estado de crisis social que a estas alturas está fuera de control y que atenta contra la estabilidad básica que requiere la democracia.

Como ante los otros grandes problemas de fondo que nos aquejan, la pregunta simple y decisiva es: ¿Qué hacer al respecto? En primer lugar, reconocer que la suerte del ser humano, y en consecuencia la suerte de la sociedad en que dicho ser humano existe y funciona, se decide en el primer tramo de la vida. Es en la primera infancia donde hay que sembrar las semillas del buen desempeño futuro. Si la familia falla, falla también la sociedad; si la sociedad es inepta, eso se contagia a la familia. Se vive, entonces, en un círculo perverso, del cual pueden brotar hasta las más inconcebibles distorsiones, como lo vemos a diario en nuestro ambiente.

La institucionalidad y la sociedad en sus diversas formas tendrían que cohesionarse para echar a andar mecanismos permanentes que atiendan y aseguren el desarrollo integral de niños y niñas, de adolescentes y jóvenes. En un ilustrativo recordatorio con ocasión de este 1 de octubre, la Mesa Intersectorial para la Educación y el Desarrollo Integral de la Primera Infancia señala, con tino, que hay que poner en vigencia la corresponsabilidad entre la familia, la comunidad, el Estado y la sociedad en general. Es un esfuerzo que debe sostenerse en esos cuatro pilares, y que debe ser instaurado con inequívoco compromiso de presente y con vigorosa visión de futuro.

En esto, como en todo, hay que pasar del inmediatismo interesado a la planificación de largo aliento. Corregir vicios tan arraigados y rehacer estructuras tan dañadas por la irresponsabilidad y por la miopía no es cuestión de corto tiempo. Aquí estamos hablando de replantearse la función formativa en sus más amplios términos, desde la familia hasta el Estado. No hemos llegado por casualidad al crítico estado de deshumanización en que nos hallamos inmersos; y por ello se requiere una retoma de conciencia de lo que es y de lo que debe ser el ser humano en nuestro medio, con todos los trabajos reconstructivos que tal conciencia acarree.

Como también es tradicional, este tema estará circulando durante todo el mes que acaba de iniciarse. En esa línea esperamos que se produzcan reflexiones frescas y planteamientos practicables, sobre todo porque estamos en momento clave de ofertas políticas.