La enredada problemática de las finanzas públicas es una cuestión que debe interesarnos y preocuparnos a todos, porque cuando el Estado, en cualquiera de sus expresiones, está en situación comprometida, los efectos siempre irradian, con efectos directos y determinantes, sobre todas las estructuras nacionales. Y este es hoy un fenómeno que trasciende fronteras, pues las crisis fiscales están a la orden del día en todas las latitudes, alcanzando dimensiones extremas, como en los trastornos caóticos de Grecia y España, o haciéndose sentir en forma de focos de alarma, sobre países que se han ido moviendo hacia la insostenibilidad financiera, como es el nuestro.

No es de hoy que en El Salvador se vive bajo una fórmula que es peligrosa al máximo: crecer poco y gastar más allá de las disponibilidades con que se cuenta. Por esa vía, el endeudamiento viene creciendo, y, como toda práctica que se asienta en una irresponsabilidad básica, las condiciones de la realidad se van contaminando progresivamente por los efectos de tal distorsión, en un proceso que después ya no es controlable, y menos aún cuando el gasto se ha convertido en credencial de imagen política. Estamos ya en ésas en el país, y no es de extrañar, entonces, que las ansiedades financieras vayan poniéndose al rojo vivo.

Sobre todo esto se polemiza en el ambiente, con impaciencia e intolerancia cada vez mayores, aunque sea evidente que el atrincheramiento de posiciones lejos de abrir rutas de avance hacia las correcciones saludables traba aún más las carretas. El punto es delicado, porque se ha vuelto –y eso es inevitable cuando no hay esfuerzos de ordenamiento consensuado– un tema de confrontación política, en el más crudo sentido del término. Lo que habría que hacer, en realidad, es sacar toda esta temática del área de las disputas de poder para ponerla en el plano donde debe estar: entre los asuntos propios de una sincera y funcional agenda de nación.

Aquí no se trata de dilucidar mecánicamente quién tiene la razón; se trata de hacer un ordenamiento que arranque, en principio, de tres áreas fundamentales: el ingreso, el endeudamiento y el gasto. No es cuestión de empezar a buscar por dónde se rascan más recursos. Tampoco es cuestión de seguir hipotecando el futuro sin pensar en el futuro. Y desde luego no es cosa de continuar dejando de lado olímpicamente la disciplina del equilibrio real entre lo que se recibe y lo que se gasta. Aquí, como en cualquier país, sea desarrollado o no, el que gasta más de lo que gana va en ruta de desastre, y eso no tiene vuelta de hoja.

El desafío principal está en generar un crecimiento económico que le dé bases financieras sólidas y sostenibles al desarrollo. Desafortunadamente, la generación de crecimiento está empantanada porque no se quiere asumir el reto como una función de largo alcance y porque las actitudes políticas que imperan son proclives al choque permanente de posiciones entre los actores principales del quehacer nacional. Es incomprensible que todavía haya tanta resistencia a entender que sólo los enfoques responsables e interactivos son capaces de llevar a soluciones reales y efectivas de nuestros problemas más grandes y urgentes.

Seguir queriendo responderle a la realidad con parches y remiendos es algo que ya demostró, desde hace buen rato, su inoperancia y su carácter contraproducente. En el caso de la sostenibilidad fiscal se trata de ver los números como son y las posibilidades tal como se presentan.