No sé cómo empezar. Iba a decir que el pasado lunes celebró El Salvador el día internacional del niño, pero habría dos gruesas inexactitudes en esa corta oración. Primero, porque El Salvador pasó por alto la fecha, con excepción de un par de pronunciamientos y una que otra actividad alusiva. En segundo lugar, porque realmente no tenemos mucho qué celebrar como país en lo que concierne a la atención y a los cuidados que les damos a nuestros niños y adolescentes.

Son bastantes las familias que permanecen bien integradas y tienen los bienes espirituales y materiales necesarios para ofrecer amor, seguridad y buena educación a sus hijos. En esos hogares se celebra a diario la vida de los niños y la responsabilidad de los padres. Siempre hay cosas que se pueden mejorar, siempre hay nuevos desafíos y no faltan algunas limitaciones y adversidades, pero son familias que logran hacerse cargo razonablemente bien de esas vidas incipientes que Dios les ha encomendado.

Lamentablemente, hay todavía demasiadas familias que no satisfacen siquiera las necesidades más fundamentales de sus hijos. Demasiados hogares donde las limitaciones materiales son abrumadoras; hogares con medios económicos y materiales pero con inmensa pobreza espiritual; hogares inestables o violentos; padres ausentes por egoísmo, irresponsabilidad o necesidad.

En esos hogares los niños no tienen infancia ni futuro; muchos ni siquiera tienen techo o alimentación. Ni hablar de cariño, alegrías e ilusiones; solo golpes, angustias y palabras lacerantes. Nadie se hace responsable de ellos. Son forzados desde su más tierna infancia a deambular por las calles pidiendo limosnas que deben entregar a sus explotadores, respirando humo y rechazo por largas horas, todos los días, en las esquinas de la ciudad.

El día del niño debiera ser un día de interpelación a la conciencia individual y colectiva en una sociedad que parece indiferente ante semejante tragedia. Los niños deben ser realmente la prioridad del gobierno, cualquiera sea su orientación ideológica. El debido cuidado de todos los niños es la prueba ácida que hasta la fecha han reprobado, uno tras otro, todos los políticos que disponen de los fondos del Estado.

Pero este es un problema cuya solución requiere no solo acciones eficaces de parte de las instituciones públicas, sino también solidaridad y acción en las comunidades y de parte de las organizaciones sociales.

La desnutrición y la falta de estimulación temprana limitan de por vida el potencial de las personas y las oportunidades que los niños tendrán a lo largo de sus vidas. Sin embargo, la cobertura de servicios educativos es sumamente deficitaria en lo que concierne a la primera infancia. Este es uno de los aspectos en los que debe haber políticas que incentiven y hagan viables las iniciativas comunitarias. El Estado debiera tener fondos a los que puedan acceder organizaciones o grupos comunitarios y eclesiales que tengan un buen proyecto para atender y cuidar a los niños en sus primeros años de vida.

La desintegración familiar ocurre por diversas y complejas razones. Pero hay muchos casos en los que no hay desintegración sino ausencias prolongadas de uno o de los dos padres por exigencias de trabajo. Ese es un tema que los empresarios debieran contribuir a solventar. Si, por ejemplo, una cadena de supermercados mantiene abiertos sus almacenes y cautivos a sus empleados en horas nocturnas, podrían hacer un mejor esfuerzo para asignar los turnos en esas horas a empleados que no tienen hijos pequeños, o podrían ofrecer cuidados de guardería a los hijos de sus empleados. De esa forma, los padres podrían llegar temprano a sus hogares y tener algún tiempo de calidad para interactuar con sus hijos.

Esos son solo algunos ejemplos para insistir en la idea de que es necesario y posible que todos hagan su parte para cuidar mejor, como sociedad, a nuestros niños y adolescentes. Algunos proyectos gubernamentales, como el de Escuela Inclusiva de Tiempo Pleno, tienen también un gran potencial, pero no han recibido el respaldo financiero que necesitan para operar. Otros proyectos públicos, como el de Red Solidaria, del gobierno anterior, o privados, como Libras de Amor de FUSAL, también tienen un enorme potencial que los ciudadanos y el Estado debiéramos apoyar más decididamente.