Dos razas y culturas diferentes, con herencias e historias disímiles, pero dos pueblos que se tendieron la mano, dispuestos a conocerse, entenderse y ser amigos. Luchadores, laboriosos, acostumbrados al dolor y a la adversidad, emotivos y amables, coreanos y salvadoreños son celosos guardianes de sus tradiciones, gustan de la cortesía y las bondades de la vida familiar. Pero a partir de estas bases comunes, cada nación evolucionó de manera muy particular, no sin crisis, hasta alcanzar su condición y posición actual en el mundo.

 

Fue en 1962 cuando comenzó a gestarse el “milagro del río Han”: Corea era uno de los estados agrícolas más pobres del mundo pero el ahorro, frugalidad, inversión bien dirigida y, como los mismos coreanos dicen, el fuerte énfasis dado a la educación fueron los ingredientes de una metamorfosis que catapultó al país hacia una élite con poderío económico pero también robustez moral.

Sin sacrificar su esencia, los coreanos luchan por una sociedad soberana, culta, productiva y generosa. Conmovidos por su éxito y deseosos de ser agentes de cambio para países menos afortunados, no han vacilado en compartir tecnología, asistencia en salud, cultura y ayuda económica. La crisis financiera asiática de 1997 hizo tambalear al joven gigante, pero la solidaridad de un pueblo que no sabe rendirse aportó una solución pocas veces vista: la gente sacó el oro de sus cajas fuertes, gavetas y armarios para donarlo al Estado y apuntalar las reservas internacionales. Los frutos se cosecharon pronto y, sin límites a la vista para una expansión pacifista y benévola, el futuro parece halagador para el hermano país y sus ciudadanos, personas que siempre ofrecen “hacer su mejor esfuerzo” cuando se les encomienda una tarea o misión, por difícil que parezca.

 

Cualquiera se siente orgulloso de amigos así. Corea ofrece un modelo para diseñar soluciones fundamentadas en nuestros propios valores y necesidades. Sin copiar podemos imitar, aprendiendo de maestros buenos y desinteresados. Eventos como los festivales de cine y de K-pop (música y baile pop coreanos), la visita de artistas consagrados y de trabajadores voluntarios para construcción de infraestructura en zonas rurales pobres sirven como marco para celebrar este medio siglo de amable cooperación. Esto ha sido posible por las gestiones del excelentísimo Sr. embajador de Corea y sus asesores, con especial mención para el distinguido señor Hwang Joong-jin, quien me honra con su amistad.

 

Con tristeza debemos reconocer que el camino que El Salvador ha recorrido ha sido tortuoso, que hemos caminado con lentitud y no hemos puesto aún nuestro mejor esfuerzo. Pero no perdamos la fe: encontremos sentido a nuestra visión de país y, viviendo el sueño, trabajemos con tenacidad, aplicando nuestro natural talento por el tiempo necesario para desatar los nudos que atan nuestra creatividad y podamos despegar, sin más límite que la imaginación, hacia la vida nueva, exitosa y alegre que merecemos.

La República de Corea, nuestra amiga, nos ha mostrado que vale la pena soñar en grande, que cuesta el mismo esfuerzo que soñar en pequeño.