Honduras, Argentina y elecciones europeas
Escrito por Kalena de Velado / Columnista de LA PRENSA GRÁFICADomingo, 05 julio 2009 00:00
En El Salvador, el desencuentro social se manifiesta en lo político, bioético y económico como una consecuencia del duelo de dos visiones de nación: la fundamentada en la cultura occidental y la otra en los valores progresistas. De esta última visión se sabe que no funciona a partir de principios sino a partir de consecuencias, y por ello sus bases morales son substancialmente débiles, cambiantes y fácilmente contradictorias (¿será la reciente elección de un gabinete económico moderado y de un gabinete social de izquierda radical una buena muestra de esta contradicción?).
La cultura salvadoreña se identifica con los valores occidentales (de origen judeocristiano y liberalismo bien entendido). En las dos cosmovisiones, la occidental y la progresista, existe un set de ideas básico definido que es incompatible, lo cual hace prever que la convivencia será llena de roces si no se respeta la identidad cultural nacional. Las batallas legales o de opinión en torno a asuntos como un posible manoseo de ideología socialista en nuestro sistema educativo no han hecho más que comenzar. La presencia en los ámbitos de la elaboración y aplicación de las leyes correspondientes debe ser una de las tareas prioritarias de los liberales cristianos, así como la preparación de futuros legisladores y abogados competentes en lo legal y en el humanismo cristiano.
El pensamiento progresista entusiasma porque implica felicidad y esperanza, pero hay que recordar que los cristianos estamos comprometidos con el progreso y verdadera felicidad esperanzadora desde el Edén (“Dominad la Tierra y todo cuanto la llena”; Gen. 1:28). De hecho, el concepto de equidad tiene sus raíces en la igualdad que San Pablo describió a los Gálatas (“ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús”; Gal. 3,28). Aunque los progresistas no quieran admitir ese origen y prefieran radicarlo en la Ilustración, bastaría comprobar esa frase paulina sobre la justicia y la dignidad con cualquiera de otro pensador del siglo I para darse cuenta de que en ella se sustenta la democracia, la libertad personal y la presencia de la mujer en la vida pública.
Las dos cosmovisiones, progresista (laicista socialista) y de la cultura occidental, van a definir el debate nacional del presente y seguramente del futuro. A excepción de los progresistas, el resto del mundo todavía sigue identificando a Occidente con el cristianismo, el progreso, y la democracia, y felizmente, estas valoraciones atractivas son muy difíciles de erradicar. Hay que tener en cuenta que si queremos que nuestra sociedad no se aleje de los ideales de Jesús y tengamos un país más justo y humano, se necesita de cristianos comprometidos en una lucha personal contra el mal interior y exterior, confiados en que la fe cristiana tiene dos mil años de existencia continuada, y que ha sobrevivido a numerosos y heterogéneos sistemas políticos, económicos o sociales más o menos amigables y más o menos antagónicos. La cultura occidental es la base efectiva para, pues fe y razón se purifican mutuamente, ir superando odios, rencores y terquedades y promoviendo unidad nacional. Si somos mayoritariamente cristianos, ¿qué haremos para motivar la participación, en especial de los jóvenes, en este movimiento ciudadano para cuidar las raíces de nuestra democracia liberal?
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