Sobre la dictación del célebre testamento que merece ser incluido en obras históricas como el libro de los testamentos que connotados juristas han recopilado, expresa el biógrafo de Morazán, Eduardo Martínez López, que el general Antonio Pinto, que comandaba las tropas de Costa Rica y que tenía a su cargo el fusilamiento de Morazán, al dar la fatal orden dijo a los generales Morazán y Villaseñor que no tenían más que tres horas para dictar su testamento. Morazán aprovechó el escaso tiempo y dictó, con la premura del caso, a su hijo Francisco, el testamento que ha sido divulgado.

Su texto inicia así: “EN EL NOMBRE DEL AUTOR DEL UNIVERSO EN CUYA RELIGIÓN MUERO: DECLARO que todos los intereses que poseía, míos y de mi esposa los he gastado en dar un Gobierno de Leyes a Costa Rica, lo mismo que diez y ocho mil pesos y sus réditos que adeudo al señor General Pedro Bermúdez. DECLARO: que no he merecido la muerte porque no he cometido más falta que dar libertad a Costa Rica y procurar la paz a la República. De consiguiente mi muerte es un asesinato, tanto más agravante cuanto que no se me ha juzgado ni oído. Yo no he hecho más que cumplir las órdenes de la Asamblea, en consonancia con mis deseos de reorganizar la República”.

En una de las cláusulas reclama al comisionado Espinach, de Cartago, de no salvarle la vida.

Este Espinach, por cierto, pidió la firma a Morazán en cartas dirigidas al general Cabañas y a Saget, sobre aspectos que no fueron del parecer de Morazán.

La cláusula que nos interesa a los salvadoreños, para conservar, por la propia voluntad del testador, los restos de Morazán, fue dictada a su hijo, como una despedida.

Hay otras cláusulas que corroboran los sanos sentimientos de Morazán y su amor por El Salvador.

Es importante también la advertencia hecha por el notario Cruz Lozano y que conviene transcribir textualmente. “Como apoderado de la señora Albacea, publico este testamento íntegramente y no solo las cláusulas que se imprimieran; con la advertencia que en los momentos de salir al patíbulo el general Morazán encargó a su hijo Francisco y al señor Mariano Montealegre que avisaran a su albacea trasladar sus cenizas a esta ciudad por ser el pueblo que más bien le había correspondido, y cuya cláusula no había consignado en sus testamento porque lo dictó en medio del tumulto. San Salvador, 31 de julio de 1843. CRUZ LOZANO

Los restos de Morazán fueron exhumados el 27 de noviembre de 1848, siendo presidente de Costa Rica don José María Castro y conducidos a El Salvador en la goleta “Chambón”, que arribó en Acajutla el 27 de enero de 1849. Reposan en el cementerio general de San Salvador.