Colaborador de LA PRENSA GRÁFICA

Antes de ser fusilado en San José de Costa Rica, el 15 de septiembre de 1842, el general Francisco Morazán, héroe centroamericano, pasó sus últimos momentos con amigos con quienes había compartido honores en los campos de batalla: su secretario general quien era también licenciado don Miguel González Saravia, de origen guatemalteco, y el coronel Vicente Villaseñor.

Según narra el biógrafo de Morazán, don Eduardo Martínez López, estando prisioneros los tres héroes, el oficial Daniel Orozco les anunció que por orden superior iba a ponerles grillos. Cuando escuchó esas palabras, Saravia tomó una pistola para suicidarse, pero Morazán se arrojó sobre él y le quitó el arma. Por atender a Saravia, Morazán se descuidó de Villaseñor, quien desenfundó un puñal que se aplicó en el costado izquierdo, causándose una lesión de la que manó bastante sangre. Luego, pusieron los grillos a Morazán, que estaba tranquilo, pese a las circunstancias trágicas del momento. Mientras Villaseñor agonizaba, Saravia se paseaba en el limitado espacio de la cárcel y luego tomó el veneno que tenía en un anillo, en forma disimulada. Se sentó en una silla y presentó los pies para ser engrillado, pero al instante hubo convulsiones y su muerte vino a continuación en forma rápida.

Conmovido por aquel desenlace, Morazán rogó que no sacaran el cadáver de Saravia de la prisión y pasó toda la noche contemplando los despojos de un ser tan querido y ayudando a Villaseñor, herido de gravedad.

El general Antonio Pinto, a cuyo cuidado estaban los prisioneros, ordenó el traslado de los reos a San José, para proceder a su fusilamiento. Por su gravedad, Villaseñor fue conducido en una hamaca, en tanto Morazán iba montado en una bestia, llevando a sus lados a don José Antonio Vigil y a su hijo Francisco. Al llegar al lugar denominado Las Moras, en donde les esperaba el capitán Benavides, hizo desmontarlos para que hicieran su ingreso a San José, a pie.

Al llegar al sitio del fusilamiento, Pinto dio a los prisioneros un plazo de tres horas para que pudieran dictar su testamento.

Como antes hemos relacionado, Morazán dictó con toda la premura del caso su testamento a su hijo Francisco.

Villaseñor fue conducido al patíbulo en una silla, y llegados al sitio trágico, Morazán sentó a Villaseñor en el banquillo que le correspondía, lo abrazó y después de arreglarle el cabello que tenía echado sobre la frente, le dijo estas palabras: “Querido amigo, la posteridad nos hará justicia”. Luego, se despidió de sus conocidos que estaban cerca y, pidiendo enseguida el mando del fuego, advirtió a los tiradores: “Apuntad bien, hijos”. No quiso sentarse, y de pie, abriéndose la camisa, se quitó un relicario que entregó a don Mariano Montealegre para que se lo llevaran a su esposa. Iba a dar la voz de fuego, cuando observó que una puntería estaba mala. Al corregirse esta situación, Morazán recomendó con voz vibrante: “Ahora bien... fuego”. Se oyó la detonación y dentro de la humareda, Morazán gritó: “Estoy vivo”. Una nueva descarga puso fin a su vida.

No hubo ataúd para los fusilados, sino que fueron llevados a la fosa común. Ocho días después el padre Blanco llegó al sitio de enterramiento para convencerse de que los cadáveres correspondían a los ilustres fusilados.