Desde el sector privado organizado se empiezan a oír voces de reclamo a la institucionalidad pública encargada de darle tratamiento a la complicada temática del delito y la delincuencia. Y es que los datos son elocuentes: la violencia se ha venido incrementando en el país. Este es un hecho real, que no se podría reducir a la discusión bizantina sobre si las cosas están igual o peor a partir del pasado 1 de junio, cuando entró en funciones la Administración actual. El caso es que ahora mismo dicha Administración tiene en sus manos el problema y su responsabilidad consiste en enfrentarlo con la máxima eficiencia posible.

 

Sabemos, por experiencia vivida y revivida constantemente, que la criminalidad es una realidad que tiene múltiples raíces y facetas, y por eso la tentación superficial de aplicarle simples tratamientos de ocasión resulta siempre contraproducente. El problema es que las autoridades tienden a enfocar toda esta problemática en forma autodefensiva, queriendo hacer ver que las cosas van mejorando, en vez de reconocer lo que ocurre en el ambiente y lo que siente la población. Hay que evitar la trampa del manejo interesado de las estadísticas, para dedicarse a estructurar esquemas de acción antidelictiva y antidelincuencial que partan de los trasfondos reales.

 

La sociedad en su conjunto está cada vez más impaciente frente a la falta de una auténtica estrategia en la lucha contra el crimen en todas sus expresiones. Y esa estrategia tiene que abarcar, desde luego, las causas más profundas del fenómeno, que son existenciales y sociales. Mientras no se llegue a eso, se seguirán dando palos de ciego.

 

La lucha y la prevención

 

Cualquier análisis serio al respecto pone en primera línea la cuestión preventiva. Y prevenir, en este caso, es muchísimo más que, por ejemplo, estimular el deporte o promover verbalmente la práctica de valores. La verdadera prevención debe tocar un punto clave: el del acercamiento a las realidades de vida en franjas poblacionales como la niñez y la juventud. En tanto en el país no se construya un efectivo sistema de oportunidades de autorrealización personal, que atienda sobre todo a aquéllos que están en condiciones socioeconómicas y sociogeográficas más desfavorables, de poco servirán los otros esfuerzos que puedan emprenderse.

 

En los meses recientes ha venido subiendo la tasa de homicidios. Las extorsiones proliferan como una plaga. Las pandillas siguen haciendo de las suyas. El crimen organizado no da tregua. Y en referencia a éste último hay que decir que su accionar creciente es una de las más peligrosas amenazas contra la estabilidad general. Lo que más preocupa es que, desde la institucionalidad, lo que menos hay desde siempre es claridad estratégica de acción. Es lo que habría que superar cuanto antes. No autodefenderse, sino funcionar mejor. En otras palabras, actuar en serio.

 

Hay que enfocar a fondo temas como la investigación criminal y la inteligencia policial, que siguen siendo insuficientes y débiles. Y, por supuesto, avanzar de veras en una política preventiva que no se quedé en los clisés que conocemos de sobra.