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Los desmemoriados

La enorme diferencia con Bush y sus seguidores es que Obama privilegia el uso de la diplomacia sobre la arrogancia y la fuerza bruta que hoy tan histéricamente le exigen los desmemoriados.

Escrito por Sergio Muñoz Bata / Columnista de LA PRENSA GRÁFICA
Jueves, 22 octubre 2009 00:00
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Hace poco menos de un año Barack Obama ganó la presidencia de Estados Unidos. El margen de su victoria, nueve millones y medio más de votantes, fue el mayor desde la elección presidencial de 1984.

 

Su triunfo se explica, en parte, por la debilidad de sus oponentes, sobre todo por una compañera de fórmula escandalosamente improvisada y brutalmente polarizante. Pero lo principal, sin duda, fueron el carisma del candidato y la urgencia que sentía la mayoría de los votantes de cambiar el rumbo que los ocho años de gobierno de George W. Bush le habían dado al país.

 

Obama hereda de su antecesor una economía destartalada, un desempleo creciente y una inestabilidad financiera nacional que contagia al mundo entero. En política exterior, el legado de Bush fueron dos guerras insolubles, en Iraq y Afganistán; exacerbados y peligrosos conflictos por el desarrollo de energía nuclear en Irán y en Corea del Norte; amenazas a la seguridad de Rusia y un tan extendido y profundo sentimiento antinorteamericano que si el resto del mundo hubiera podido votar en esa elección y su contrincante hubiera sido Bush, el margen del triunfo de Obama habría sido humillante y abrumador.

 

Dadas las circunstancias de su ascenso al poder, lo razonable y lo prudente habría sido darle a Obama un plazo razonable para enderezar el barco pero en política, la razón y la prudencia son virtudes escasas.

 

A ocho meses de haber tomado el poder, los mandaderos del régimen anterior se agrupan para reclamarle por no haber resuelto ya, los problemas que con tanto esmero Bush creó en los ocho años que duró en el poder.

 

Del 21 de enero a la fecha, la cadena de noticieros Fox se ha dedicado a promover el descontento contra el presidente acusándole de ser extranjero, socialista, indeciso e inepto; se ha distinguido por acoger a los agoreros del desastre contra la reforma sanitaria, y no ha tenido empacho en promover la división racial del país tolerando que uno de sus empleados, Glenn Beck, se atreva a decir públicamente en su programa que “Obama siente odio profundo contra la gente de raza blanca”.

 

Igual de desafortunada ha sido la campaña de los sectores republicanos más conservadores, empezando por el presidente del comité nacional del partido que utilizó el otorgamiento del Premio Nobel de la Paz a Obama como prueba de que “los demócratas y sus aliados en la izquierda internacional se confabulan para debilitar el poder y el papel rector de Estados Unidos en el panorama mundial”.

 

Pero el premio a la mayor infamia se lo lleva John Bolton, un antiguo consejero de Bush y uno de los arquitectos de la guerra en Iraq, quien hoy acusa a Obama de ser indeciso y débil en su manejo de las relaciones con Irán, Corea del Norte, Rusia, el oriente próximo, Afganistán e Iraq.

 

Sería justo reconocer los problemas que el presidente ha tenido y que le han costado políticamente. Su popularidad ha bajado y aunque eso es normal, pasar del 65% de aprobación entre los votantes independientes en junio, a un 49% ahora, no deja de ser preocupante. Sobre todo porque refleja los temores reales de una clase media que sigue sin ver la salida a la crisis que afecta al país.

 

La otra cara de la realidad es más alentadora, pues a pesar de las dificultades, el expediente de Obama es mejor de lo que los desmemoriados nos quieren hacer creer. En sus primeros 100 días en el poder, Obama logró la aprobación de importantes leyes como la que financia la investigación con células madre; la que garantiza igualdad de pago por el mismo trabajo a mujeres y hombres; la que le da seguro médico a 11 millones de niños. Y todo indica que en su primer año de gobierno logrará la aprobación de la reforma sanitaria en el Congreso que tantos presidentes han intentado hacer y no han podido.

 

Hacia el exterior, Obama ha entrado en conversaciones con los rusos para reducir el arsenal nuclear de ambos países; ha hecho un acercamiento sincero hacia los países musulmanes; trabaja con el Congreso para mitigar los efectos del calentamiento global, y sólo un necio podría negar que gracias a Obama la imagen del país ha mejorado sustancialmente en el mundo entero.

 

Y no es que el presidente desconozca el enorme poderío militar del país. La enorme diferencia con Bush y sus seguidores es que Obama privilegia el uso de la diplomacia sobre la arrogancia y la fuerza bruta que hoy tan histéricamente le exigen los desmemoriados.

 

 

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