Los bemoles de la democracia
Escrito por Juan Héctor Vidal / Columnista de LA PRENSA GRÁFICALunes, 26 octubre 2009 00:00
En lo personal, nunca procesé la idea de que el partido tenía entre sus principales atributos reinventarse con cada elección para salir fortalecido. En realidad, ARENA se estrujaba cada vez que perdía escaños en la Asamblea Legislativa o algunas alcaldías. De ahí surgían las consabidas purgas en el COENA, pero el partido solo en apariencia volvía a su “figura” anterior, al estilo de esos androides que salen en las películas de extraterrestres que se recuperan después que un arma letal de un terrícola los ha convertido en una especie de desecho gelatinoso. En cuanto a las elecciones presidenciales, los créditos los compartían por igual tirios y troyanos. El FMLN llevando candidatos de segunda —excepto Schafik, aunque disminuido por una campaña destructiva a la cual contribuyó su mismo partido— y ARENA con activistas disciplinados, una maquinaria idónea para producir resultados a corto plazo y, además, cuidadosa y generosamente aceitada para servir mejor a determinados intereses.
Así pasó ARENA encerrado en sí mismo, ingeniándoselas algunas veces para dar la imagen de modernidad para desorientar al electorado y utilizando los recursos del Estado para mantenerse en el poder. Obviamente, sin asimilar la idea de que la democracia necesita, hoy más que nunca, oxigenarse permanentemente para no flaquear, donde los partidos políticos ya no pueden seguir como meros instrumentos electoreros, con propuestas de cambio que no van más allá de simple discurso.
Recurrir al antiguo expediente de echarle la culpa de todo a los demás ya no funciona. Hay toda una historia de 20 años donde la gobernabilidad democrática se confundió con la paciencia de una sociedad estoica, la prosperidad económica con la emulación perversa de hábitos de consumo propios de sociedades avanzadas y el combate a la pobreza con darle a los menesterosos peces en vez de enseñarles cómo sacarlos del agua.
La dirigencia de ARENA si lo pensó, dudosamente se atrevió a desafiar el mismo cambio. Esto replicaba aquellas expresiones de inmovilismo que han hecho colapsar imperios, sociedades enteras y sistemas universales que se consideraban inconmovibles. Se puede colegir entonces que nada que sonara a cambio y menos a transformación fue incorporado en la búsqueda de un equilibrio dinámico que mantuviera al partido a la altura de las circunstancias nacionales y mundiales.
Algunos piensan que esto es simple y llanamente el resultado lógico de que ARENA nunca funcionó alrededor de un proyecto. Algo de eso se dio en el primer gobierno, pero en los siguientes tres se perdió el norte para deambular en el terreno escabroso de una causa que no respondía a las exigencias de la transformación integral del país. La ausencia de un permanente ejercicio de renovación en el plano político tuvo su correlato en la economía, la corrupción y el desdén por los aspectos sociales del desarrollo. Y todos sabemos que si el grueso de la población —aunque no sea instruida— se percata de los desmanes que se cometen en esos planos, termina por pasar la factura.
No sé si ARENA todavía está a tiempo de hacer un ejercicio de contrición alrededor de estos temas. Sin embargo, la interrogante más importante es si son capaces de convencer a la población de que el arrepentimiento lleva la impronta de su propia redención.
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