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La anomia de la juventud

Escrito por Guido Miguel Castro
Domingo, 01 noviembre 2009 01:00
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La juventud tendría que caracterizarse por la alegría, el entusiasmo, la hidalguía, el heroísmo, la superación y los más nobles sentimientos.

 

Sin embargo, nos encontramos actualmente con una juventud anómica. La mayoría de jóvenes están creciendo sin valores, sin ideales, sin mayores aspiraciones, sin claridad de lo que desean del futuro, sin amor a la patria, sin apego a la familia.

 

Pareciera que tenemos una juventud senil, no por la experiencia que representan las canas, sino por la desesperanza, por la falta de interés en el futuro. Observamos con tristeza un profundo individualismo egoísta, producto del mercantilismo consumista, deformador del carácter, por el cual los jóvenes han cambiado el ser mejores por el querer tener más.

 

Sin embargo, no podemos juzgar a los jóvenes que muestran esta realidad, ya que de seguro son el producto de su familia, de familias desintegradas, sin promoción de valores, sin figuras maternas y paternas modelos, fueron criados por la televisión, el cable, los videojuegos, el internet, los celulares y el MP3.

Crecieron sin el arrullo de una madre porque tenía que trabajar en la maquila, porque se fue de mojada a Estados Unidos o porque estaba demasiado ocupada en sus reuniones sociales.

 

No conocieron la figura paterna porque simplemente no existía, porque tenía que trabajar doble turno para llevar el pan a casa o porque estaba hundido en sus vicios.

 

Estas son visiones apocalípticas, pero no tan utópicas. Si nuestros bisabuelos resucitaran y observaran la realidad actual, se horrorizarían y desearían volver al más allá. Lo mismo pasaría si pudiéramos ver el futuro, pero no todo está perdido.

 

Está en manos de los educadores, los padres de familia y los pastores de almas orientar a los jóvenes por el camino de la virtud, de los principios morales y cívicos. En sus manos está el darles amor, en ser la extensión de los brazos de Dios, la boca de Dios que día a día les diga “Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy”.

 

En manos de los padres está sanar las heridas del alma, esas heridas generadas por los insultos, por los desprecios, por la violencia, por los malos ejemplos. Realmente solo Dios puede sanar esas heridas, pero los padres pueden ayudar a los jóvenes a perdonar y a romper para siempre esa cadena que viene de generación en generación y que provoca que las nuevas generaciones repitan los actos de violencia recibidos en la infancia.

 

Por su parte, los maestros deben volver a ser crisoles de virtud, ejemplos a seguir, fuentes del saber, docentes por vocación, por amor a los niños, forjadores de generaciones de líderes.

 

La iglesia debe recuperar el liderazgo moral, sus ministros deben releer a San Agustín en sus discursos a los pastores, volviendo a ser servidores de todos, repartidores de la Gracia Santificante, ejemplos de vida consagrada a Dios, espejo de virtudes.

 

Los gobernantes deben de entender de una vez para siempre que son servidores del pueblo, que la política es un medio y no un fin en sí misma y que su finalidad última es la consecución del bien común.

 

Todavía estamos a tiempo.

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