Esta nueva escuela supone cambios curriculares, la concepción de una comunidad de aprendizaje, la contextualización educativa, el auge de la investigación, el equipamiento tecnológico, el tiempo pleno, la biblioteca de trabajo, una nueva pedagogía, un aula integrada, entre muchas otras propuestas. Este equipaje pedagógico a simple vista exige varios escenarios: muchos más recursos que los que se destinan actualmente; tiempo pedagógico para reflexionar, implementar y evaluar los programas; una formación educativa de buen nivel; un tejido social vigoroso; y la valoración de los tiempos reales de entrega en materia de políticas educativas.

Transformar o reformar un aula, una escuela o un sistema educativo, según la experiencia internacional, requiere un plan de largo plazo sustentado en políticas de Estado –y no simplemente de gobierno–, anclado en un consenso amplio. Dicho de un modo más sencillo: antes de buscar una transformación educativa es importante definir una visión de país la cual requerirá un tipo de ciudadano con determinados conocimientos, competencias y valores, integrando las dimensiones culturales, económicas, tecnológicas, políticas y sociales.

El duelo antagónico entre la visión académica de largo plazo contra el pragmatismo político gubernamental de corto plazo demanda una tercera opción que articule lo mejor de estos dos mundos; es más, no solo los académicos y políticos tienen autoridad para diseñar políticas educativas, habrá que consultarle a otros sectores que tienen interés vertido en la educación (docentes, directores, padres y madres, empresarios, cooperantes, etcétera). Al final de cuentas debemos saber hacia a dónde navega el país, y la brújula fundamental para no naufragar es el sistema educativo.

El Programa Social Educativo 2009-2014 “Vamos a la Escuela” al parecer no ha contado con estudios previos de costo-efectividad, ni integra alguno de los referentes internacionales más importantes (Informes McKinsey, TIMSS, LLECE, PREAL, etcétera); es, como han sido la mayoría de planes y programas que le antecedieron, un conjunto de planteamientos de olfato y sentido común; establece interesantes hipótesis a discutir: más controles y regulaciones, volver a las Escuelas Normales, arte, deporte, etcétera; el documento también tiene ciertos vacíos y generalizaciones. Por ejemplo: no valora la fundamentación del currículum nacional actual, y creo que tenemos unos buenos fundamentos curriculares, el problema es que nadie los conoce y mucho menos se aplica; se señala taxativamente también que no ha habido avances significativos en calidad, cobertura y modernización, al respecto, falta mucho por hacer, pero en algunos campos se ha avanzado –los informes nacionales de PREAL que son bastante objetivos–; no olvidemos que la Reforma del 95 –con sus bemoles– contó con una importante consulta nacional, con una comisión de alto nivel interdisciplinaria y plural, con estudios calificados UCA-Harvard-FEPADE, etcétera, y a pesar de que la reforma no ingresó plenamente al aula, esta deuda tiene responsabilidades compartidas... En otro párrafo se habla de la necesidad de amplio consenso nacional para que el sistema educativo nacional avance, y obviamente preguntamos: ¿lo ha habido para este documento que es una matriz para el quinquenio?

Como quiera que sea, se le da la bienvenida al documento, ya hay una plataforma, un mapa con destinos y medios de movilización, elementos que hacían falta para complementar los partes informativos de la educación, mediados hasta ahora por uniformes, zapatos, útiles y desayunos.