Politiqueando y turisteando en la desgracia
Escrito por Rolando Marín / EducadorViernes, 20 noviembre 2009 00:00
Además de las dramáticas escenas presentadas por los noticieros, me sorprendieron las declaraciones del presidente Funes, cuando en cadena nacional anunció la emergencia, después de conocidos los graves daños en la zona central del país. Se estaba esperando su presencia pública, sobre todo por la magnitud de la catástrofe y a pesar de que no es usual su presencia en los medios.
La gestión del presidente ha sido prudente y equilibrada. Se perfila como un estadista. Sin embargo, con sus palabras en cadena nacional parecía estar aprovechando la oportunidad para culpar de lo ocurrido a las administraciones anteriores y sus errores. No pude evitar compararlo con la típica reacción de un hijo que rompe un valioso adorno en casa y ante la incriminadora mirada de sus padres, reacciona diciendo “yo no fui”, echándole la culpa a su hermano.
Igualmente quedé sorprendido, cuando altos dirigentes de ARENA contrarreaccionaron declarando la ineptitud del Gobierno por la tardía reacción en la declaratoria de las alertas. Aprovecharon para reclamar la falta de experiencia en gobernar y cuestionaron a los funcionarios responsables de la prevención. Me parecía estar oyendo defenderse al hermano, acusado de romper el valioso adorno de la casa, devolviéndole la culpa al acusador.
Con seguridad existe responsabilidad en ambas partes. Es muy probable la insuficiente inversión para atender, prevenir y resolver la vulnerabilidad de nuestro territorio a los fenómenos naturales. También es muy probable que la falta de experiencia provocara un atraso en las declaratorias de las alertas y en las acciones de prevención oportunas.
Estas declaraciones públicas han marcado un componente político en el manejo de la desgracia. El propio presidente Funes ha llamado luego a la cordura para solicitar que no se politice la atención a los afectados. A pesar de ello, personalmente he visto banderas, gorras, camisetas y distintivos partidistas acompañando las labores de rescate y limpieza, así como en el transporte de los paquetes de ayuda para los damnificados.
También me ha sorprendido una especie de “turismo” en la desgracia, pues decenas de personas se acercan a los lugares del desastre para curiosear, acompañados de celulares con los que toman fotos para compartirlas con sus familiares y amigos.
Sin embargo, lo que más me ha impactado positivamente son los cientos de miles de personas que sin ningún distintivo, sin otra razón más que la solidaridad y el deseo genuino de ayudar, han aportado su tiempo y esfuerzos para tratar de paliar un poco, en la medida de sus posibilidades, las penurias provocadas por el fenómeno natural que nos causó tanto daño.
Nuestra historia reciente se vuelve a repetir. Tanto después de los terremotos de 1986 y de 2001, como después de los huracanes Mitch y Stan, nos comportamos de manera parecida. Creo que es muy importante revisar sin pasiones lo qué pasó, para aprender y sacar conclusiones que nos permitan manejar cada vez mejor la prevención y la inversión en la disminución de los riesgos. Pero es más importante que aprendamos a solidarizarnos con nuestros conciudadanos, sin ningún otro interés más que brindar la ayuda que necesitan nuestros propios hermanos.
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