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Pida permiso, déjese bolsear y avergüéncese

Escrito por Juan Héctor Vidal / Columnista de LA PRENSA GRÁFICA
Lunes, 14 diciembre 2009 00:00
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Pero cuando usted no ha salido de su país, o intenta hacerlo, tiene que pedirle permiso al emisor de su tarjeta. Esto me pasó la semana anterior, cuando quise usar el plástico para comprar un adorno para mi vetusto árbol navideño y el sistema lo rechazó. Afortunadamente llevaba conmigo un poco de efectivo. Así pude salir de la vergüenza ante conocidos y otras personas generosas que me ofrecieron auxilio.

 

De regreso a casa, lo primero que hice fue ponerme en contacto con el emisor (HSBC) para indagar cuál era el problema. Después de pasar por un sinnúmero de pasos con esos inventos telefónicos dizque para garantizarles a los clientes un servicio eficiente (pero que solo sirven para perder el tiempo y para que el operador también saque su tajada) apareció la voz melodiosa de una señorita, pero a quien no le entendía casi nada porque hablaba a seis mil revoluciones por minuto.

 

Sin embargo, antes de darme la explicación que andaba buscando, aprovechó el tiempo para ofrecerme otros servicios (bancarios), para después pedirme hasta la Magnífica, y terminar por decirme que la bendita tarjeta había sido bloqueada. Al preguntarle el porqué, respondió que me iba a remitir al departamento donde podían darme explicaciones. Esperé varios minutos hasta que me dijo que lo sentía porque las “líneas estaban ocupadas o los encargados no respondían”.

 

Tres minutos más tarde y después de recordar que había hecho una reservación de hotel por internet, volví a intentarlo ya con mayor información. La misma cantaleta, solo que con otra melodiosa voz, pero igual, con otros interminables minutos de espera sin resultados. Desistí de seguir utilizando el teléfono para aclarar el caso y un día de estos iré al banco para que me den una explicación que no afecte mis derechos como consumidor.

 

Ah, olvidaba mencionar que en los dos casos, una grabadora me había dado la bienvenida endulzándome el oído de que mi llamada sería grabada como una muestra de eficiencia del banco, o algo por el estilo.

 

Creo entender las razones por las cuales los emisores toman esas providencias, pero ¿qué les costaría poner una nota en el estado de cuenta del cliente, advirtiéndole que si va usar la tarjeta en el exterior debe avisar oportunamente a un determinado teléfono? Yo me pregunto, ¿qué hubiera pasado si el mismo día que hice la mencionada operación salgo de viaje para Venezuela, Cuba o Irán confiando en la aceptación universal que tiene VISA? Seguramente, mientras averiguan que soy de El Salvador –donde los dictadores de esos países tienen muy buenos amigos– me llevan preso por sospechoso de estafa.

 

No es la primera vez que me refiero a los percances –o aprietos– a que me han sometido algunos emisores de tarjetas. Lo mismo he denunciado los abusos que cometen ciertas compañías telefónicas, con cargos excesivos y hasta con la irrupción en mi vida privada. “Sendas y Surcos” me ha dado la oportunidad de hablar por los que no tienen voz. El problema es que se trata de dos servicios de los cuales no se puede prescindir hoy en día, aparte de que –en especial celulares– son símbolo de status.

 

En todo caso, quedo enterado de que antes de viajar, no solo tengo que pedir permiso a migración, sino también a mis tarjeteros. Además, debo pagar por servicios no solicitados y exponerme a la vergüenza pública.

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