En medio de todas las aceleradas dinámicas que hemos visto desarrollarse en nuestro país en los meses recientes, hay cuestiones que han venido quedando rezagadas, porque lo más inmediato, la apremiante problemática del día a día, como la que generan la inseguridad y los efectos de la crisis sobre las finanzas públicas y la economía familiar, acaparan prácticamente toda la atención. Pero esto no puede ser excusa duradera para no encarar los desafíos de orden estructural cuya satisfactoria respuesta es la que le dará al país el seguro de estabilidad y desarrollo que tanto se necesita.

 

Señalamos tres de esos desafíos, en distintas áreas de la realidad: la definición final del destino del Puerto de La Unión, en el ámbito de los grandes proyectos para el verdadero despegue del desarrollo territorial; el inicio serio de la reforma política indispensable para garantizar la buena marcha del proceso democrático, que tendría que comenzar con una ley de partidos políticos; y la estructuración sólida y sostenible de un proyecto nacional de desarrollo, a partir del acuerdo de todos los sectores, como instrumento estratégico básico para el avance cierto de la modernización democratizadora.

 

En lo que toca al Puerto de La Unión, el punto clave no está, por supuesto, en simplemente echarlo a andar, pues eso así, a secas, podría ser hasta muy contraproducente para el destino original del Puerto como punto de enlace del tránsito interoceánico con vocación mundial. Se trata de salir del enclave burocrático tradicional para pasar a una visión de competitividad globalizada de primer nivel. Es cuestión de apostarle al futuro en vez de seguir rindiéndole culto al pasado.

 

Demostrar voluntad de cambio

 

Se viene hablando mucho de cambio, pero toda la impresión que hay es que no se va, hasta la fecha, más allá de la retórica común. La verdadera voluntad de cambio tiene que plasmarse en hechos que no sean “flashes” ocasionales, sino apuestas que vayan al fondo de las estructuras que determinan el rumbo de la vida nacional. Y en ese sentido, hay que salir de cualquier reduccionismo ideologizador del “cambio”, para ubicarlo en la vida real.

 

En lo político, aunque el proceso ha venido caminando con bastante soltura y progresiva credibilidad, hay varios déficit que pueden convertirse en amenazas ciertas contra el proceso mismo. La fortaleza electoral de los partidos políticos contrasta con su fragilidad estructural ya endémica. Una ley de partidos políticos sustantiva y suficiente es fundamental para la salud de todo el sistema, y los acontecimientos que se dan en estos días lo ponen en clarísima evidencia. La redefinición de instituciones como el Tribunal Supremo Electoral también es determinante. Y un rediseño de la representatividad, sobre todo en el ámbito legislativo, ya tampoco puede esperar. Todo eso hay que emprenderlo lo más pronto posible y con auténtico compromiso.

 

En lo que toca al desempeño estratégico del desarrollo, la necesidad de un proyecto que articule dicho desempeño se ha venido volviendo una urgencia inocultable. Un proyecto que surja de un entendimiento nacional responsable y sostenible en el tiempo. Si lo tuviéramos, otros gallos nos estarían cantando.