Enero: mes de fechas históricas en el país
Es sabido y sentido hasta la saciedad que los salvadoreños tenemos escasísima voluntad de memoria. Vivimos al día, prácticamente en todo sentido. Y tal actitud, que no es un homenaje al presente, sino un desaire al pasado y en consecuencia otro desaire al futuro, es una de las causas básicas de la inseguridad existencial que nos aqueja como conglomerado nacional. La tentación que sigue —y que hoy se evidencia a diario en los diversos espejos que provee la incontenible tecnología virtual— es estar alegando constantemente que sentirse mal es el único recurso disponible ante las limitaciones y calamidades que nos aquejan; y, además, insistir en un obsesivo péndulo de acusaciones partidarias: ARENA por aquí, el FMLN por allá. Como si los partidos y sus representantes tuvieran la suerte del país exclusivamente en sus manos y a merced de sus decisiones.
Escrito por David Escobar Galindo EscritorLunes, 23 enero 2012 00:00
La guerra duró más de lo que se esperaba. Duró, en realidad, lo que tenía que durar para que madurara la posibilidad de una conclusión que no fuera un remache militar.
Estamos en enero de 2012, y surgen entonces las remembranzas cronológicas, que son también recordatorios históricos. El 10 de enero de 1981, la guerrilla entonces recién estrenada en el terreno de la guerra lanzó lo que en un principio llamó Ofensiva Final, queriendo reproducir la experiencia sandinista en Nicaragua. Por aquellos días, en los círculos de izquierda, muy entusiasmados por el brote de movimientos revolucionarios en el área, predominaba la convicción de que nuestro conflicto bélico sería de corta duración. Un eslogan circulaba por doquier: “Si Nicaragua venció, El Salvador vencerá”. Pero cada situación tiene su propia lógica. Casi desde el principio se vio que aquella ofensiva no llevaría al triunfo, y pasó a llamarse Ofensiva General. Habría guerra para mucho tiempo. Pero aquella ofensiva sí indicó que la guerra iba en serio.
16 de enero de 1992. La guerra duró más de lo que se esperaba. Duró, en realidad, lo que tenía que durar para que madurara la posibilidad de una conclusión que no fuera un remache militar. Para pasar históricamente de la militarización a la civilidad en el tratamiento de la política, la situación bélica tuvo que llegar al punto en que las armas fueran irreversiblemente incapaces de imponerse por su cuenta y en que las partes directamente envueltas en la refriega se vieran orilladas a reconocer y aceptar que la solución política negociada —no impuesta— era la única salida posible cuando ya la guerra se estaba volviendo asfixiante para todos. A 20 años de aquel 16 de enero, lo que ocurrió es objeto de variadas y contradictorias valoraciones. Es natural que sea así. Y eso vuelve a demostrar que entre el presente y el pasado la relación siempre es difícil.
El 22 de enero de 1932 se desató un movimiento campesino-indígena en zonas del Occidente salvadoreño. Una rebelión que tenía en su trasfondo distorsiones socio-históricas y político-culturales acumuladas a lo largo de nuestro devenir tanto colonial como republicano. El recién surgido Partido Comunista Salvadoreño abanderó —o al menos esa fue la imagen prevaleciente entonces y sobre todo después— el movimiento, pero en realidad no se trataba de una erupción ideológica, sino de una caldera social subterránea que dejaba salir una muestra de sus combustiones amenazantes. El año 32 es, en la historia del país, una frontera dibujada con mojones de fuego. Era el momento de plantearse, sobre todo en las áreas más altas del liderazgo nacional, la necesidad de pasar a otra etapa modernizadora. Se hizo lo contrario.
Puestos en la perspectiva actual, con horizonte hacia el pasado y horizonte hacia el futuro, las tres fechas aludidas tienen su propia significación y su propio peso histórico. En hilo cronológico, lo que a estas alturas más destaca respecto del 32 es el error garrafal de haberse aferrado a una lectura totalmente equivocada de lo que estaba ocurriendo y de lo que anunciaba eso mismo que estaba ocurriendo. Se creó un fantasma, se le quiso encerrar en un sótano y se le puso un guardián armado en la puerta. Lo correcto y visionario hubiera sido controlar la insurrección depredadora, y de ahí emprender la reforma democratizadora a la que le tocó esperar 50 años, con todos los desórdenes, trastornos y tragedias que tuvo que sufrir el país en ese accidentado recorrido, que bien se pudo evitar si la insensatez no se hubiera impuesto sobre la razón.
La Ofensiva “Final” de 1981 fue uno de esos gestos ilusionados que son tan característicos de los movimientos presuntamente liberadores. Una cosa es el anhelo de que las cosas pasen y otra muy distinta la percepción realista de lo factible. En todo caso, aquel 10 de enero dejó un par de señales, que tampoco fueron debidamente consideradas en su momento: que la guerra no era movida por ningún tipo de voluntarismo, sino que representaba un fenómeno mucho más profundo; y que la apuesta a la solución militar, tan acariciada por ambas partes enfrentadas a fuego vivo, estaba lejos de ser un determinismo providencial para nadie. En cuanto al 16 de enero de 1992, lo dejamos aquí, porque se ha dicho y se seguirá diciendo más al respecto.
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