Para que el país avance de veras debe modernizarse a fondo
Escrito por David Escobar GalindoLunes, 30 enero 2012 00:00
Uno de los términos claves en este momento histórico es modernización. Modernizar es a la vez poner al día y crear condiciones ciertas para el futuro. Es decir, corregir y proyectar.
Cuando se analizan los hechos de la realidad nacional, saltan de inmediato a la vista algunas contradicciones gruesas que deberían ser el mejor estímulo para emprender análisis de fondo, verdaderamente de fondo, sobre lo que hay que hacer y dejar de hacer para que el país pueda encarrilarse de manera clara y efectiva por la ruta del desarrollo en todos los órdenes. Una de las contradicciones más flagrantes es la que podría graficarse así: la solución política negociada del conflicto bélico interno creó un escenario altamente promisorio para la estabilidad permanente del país, y lo que desde entonces se ha visto en el ambiente es la falta de esfuerzos unificadores, la dispersión de libretos hasta hacer parecer que vivimos una pieza del teatro del absurdo, y una periódica reproducción artificiosa del antiguo campo de batalla.
Uno de los términos claves en este momento histórico es modernización. Modernizar es a la vez poner al día y crear condiciones ciertas para el futuro. Es decir, corregir y proyectar. Todo esto requiere un esfuerzo de alta inteligencia pragmática para conocer lo que realmente se da en la realidad y también un ejercicio integrador de las fórmulas de solución en cada uno de los nudos problemáticos que va presentando la realidad a medida que se desenvuelve en el tiempo. La inteligencia pragmática ha estado ausente casi siempre en nuestra vida cotidiana como nación, y el ejercicio integrador nunca ha sido una práctica debidamente valorada y practicada, sobre todo entre aquéllos que tienen la responsabilidad mayor de conducir las políticas nacionales, tanto públicas como privadas. Estas carencias pesan mucho en la suerte del país.
En esta línea de pensamiento y de acción, hay que enfocar las áreas vitales de dicho reclamo modernizador, las que se hacen constantemente presentes en el diario vivir de todos los salvadoreños, y son éstas: política, económica, social, educativa e institucional; no en orden de preeminencia, porque hay que tener presente también que todas ellas son transversales, es decir, que ninguna está desconectada de las demás. Comencemos, pues, por la modernización política, ya que contar con un sistema político que funcione como debe ser en los tiempos que corren hace posible que todo lo demás pueda tratarse. El Acuerdo de Paz dejó abierto el escenario político normal para la democracia. Pregunta obligada: ¿Por qué tal escenario no ha cumplido su función a cabalidad?
Encontramos de entrada dos motivos para ello: porque las fuerzas políticas aún no están a la altura del escenario en que se mueven y porque faltan instrumentos institucionales que sirvan para asegurar la normalidad del avance. Tenemos un escenario normal pero a la vez tenemos una obra montada que no le hace juego, ni los actores parecieran suficientemente preparados para darle vida en escena al libreto que en este momento les pone en las manos la realidad del país. Esto parece una imagen, pero es que de alguna manera hay que graficar y ejemplificar lo que pasa. Y lo que pasa muestra una necesidad de fondo: que el sistema político se modernice. Que dentro del mismo cambien las mentalidades, las actitudes, las visiones, los conceptos y las estrategias. Y todo ello con un solo eje compartido: el bien común.
La pregunta que sigue sería: ¿Y cómo lograr eso? Hasta la fecha lo que ha faltado, en primer lugar, es liderazgo modernizador. Antes, cuando imperaban las ideologías militantes, se hablaba constantemente de vanguardias. Pues bien, siempre se necesitan vanguardias, porque alguien debe estar encargado de llevar la batuta del concierto. Hoy, al no haber vanguardias, tampoco hay batuta, y al no haber batuta hay desconcierto. Y ya no se trata, desde luego, de vanguardias “liberadoras”, sino de vanguardias modernizadoras. En otras palabras, hay que sustituir las viejas utopías, que fueron tenazmente ilusas, por las nuevas simbologías, que deben ser creativamente pragmáticas. El desafío está en sacudir todos los polvos del pasado sin que esa sacudida produzca congestiones respiratorias en el ambiente.
Como ocurre con cualquier esfuerzo modernizador, en todo tiempo y lugar, hay que contar con un mapa de situación de impecable precisión y con una hoja de ruta que indique hacia dónde se quiere y se busca llegar. Esto implica trabajo de análisis, trabajo de campo y trabajo de perspectiva. Lo intelectual, lo social y lo proyectivo en un solo haz. No es responder a ocurrencias políticas del momento ni a tecnicismos mecánicos preestablecidos. Es una labor en la cual deben ir siempre de la mano la imaginación y la vida. Y hay que tener un horizonte siempre en mente: el horizonte de un país integrado, que sea capaz de ser al mismo tiempo hogar y fábrica, atalaya y capilla, vehículo y destino. Pareciera, puesto así, un compromiso casi irreal, pero en verdad es una tarea perfectamente hacedera, si se le pone coco y se le adoba con voluntad y determinación.
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