... la dinámica misma de la competencia democrática sucesiva va demandando claridad tanto en los idearios como en los planteamientos de los actores políticos, sean orgánicos o personales.

Siempre se ha sabido, pero cada experiencia se lo enseña a los que la asumen, que la democracia es una escuela constante, que requiere fidelidad, diligencia, perseverancia, esmero, paciencia y creatividad a toda hora y en toda circunstancia. La democracia no se desenvuelve en forma mecánica: es el producto de una suma constante de voluntades, que no son las de nadie en particular, sino las de todos en general. Pero, como todo proceso humano, demanda vanguardias y liderazgos; y las vanguardias y liderazgos políticos son los que deben estar, por su propia naturaleza, en primera línea. Tener esto presente es fundamental para que las cosas vayan resultando bien.

Todo en la vida es proceso, y entenderlo es elemental si se quiere entender la dinámica de la vida, en cualquiera de sus expresiones. Nuestra realidad política fue, durante muchos decenios, una especie de fantasmagoría de sí misma. Había un poder en funciones, que lo decidía todo por su cuenta. En aquella época, las elecciones eran una formalidad cada vez más caricaturesca. Eso empezó a cambiar en 1982, luego del crac que anunció el 15 de octubre de 1979 que el esquema tradicional de gobierno se desmoronaba. La derecha y la izquierda partidarias fueron creciendo en medio del conflicto bélico interno. Sus imágenes básicas provenían, entonces, del acervo ideológico de la Guerra Fría. Pinturas en blanco y negro, aunque el rojo alegara primacía. Ambigüedad ninguna: al contrario, crudeza enarbolada.

Al pasar a la fase de competitividad democrática, una vez concluida la guerra por la vía de una negociación que tuvo, en primera línea, el propósito de normalizar la vida política del país, las fuerzas partidarias se ubicaron en dicho escenario, pero sin hacer los respectivos ajustes evolutivos que demandaba la nueva situación. Habían quedado al margen los estandartes ideológicos de la guerra, pero las actitudes y los móviles estratégicos no parecían haberse movido. Y los partidos se mantuvieron sin redefinirse conforme a las nuevas realidades. La derecha en su conservadurismo autodefensivo; la izquierda en su fijación revolucionaria dizque liberadora. Tal resistencia a la redefinición era una especie de refugio, cada vez más irreal, porque ahora sólo serían funcionales el liberalismo de avanzada y la socialdemocracia transformadora.

Las elecciones presidenciales de 2009 fueron un parteaguas en la evolución democrática de posguerra. Dichas elecciones concretaron por fin la alternancia en la conducción política nacional, luego de que tal alternancia venía siendo diferida desde 1999, debido a inconsistencias en las propuestas sucesivas de candidaturas por parte del partido alternante. En 2009, la izquierda logró que su fórmula presidencial ganara la elección, pero de inmediato las ambigüedades se hicieron sentir: ambigüedad en las relaciones entre Gobierno y partido, y ambigüedad en el concepto de “cambio”, que fue lema vital de campaña y después reiterado sello de la gestión. Sin embargo, casi tres años después, y con los calores de la campaña presidencial en cierne, la ambigüedad al respecto está pasando factura conflictiva.

Más allá de los incidentes, anecdóticos o no, que se dan en el camino, lo cierto es que la dinámica misma de la competencia democrática sucesiva va demandando claridad tanto en los idearios como en los planteamientos de los actores políticos, sean orgánicos o personales. Se necesita saber, a ciencia cierta, cuáles son las ideas que actualmente postulan y defienden los partidos y sus personeros y de qué manera se proponen ponerlas en práctica, en caso de tener la capacidad de hacerlo desde las posiciones ganadas. La ambigüedad ideológica y política acarrea un efecto verdaderamente depredador de la certidumbre y de la confianza, con todas las consecuencias que se ven alrededor. Y este sí es un problema nacional de fondo, que debería ser considerado y tratado cuanto antes, para evitar que el mal siga profundizándose.

Si supiéramos qué son y qué quieren ser, claramente y sin dudas ni apañamientos, ahora mismo, el FMLN y ARENA, estaríamos todos más tranquilos y animados a seguir adelante, incluyéndolos a ellos mismos, que viven bajo el efecto de una continuada ansiedad. Sobre todo en estos tiempos en que la competitividad se ha vuelto la piedra de toque de prácticamente todos los avances hacia el desarrollo, hay que asegurarse de que el sistema goza de credibilidad sostenida. La política no está al margen de la realidad, como pareciera que creen muchos políticos en funciones. Por el contrario, la política está en el centro de la realidad, y por consiguiente debe haber una armonía inequívoca entre realidad y política. En el momento en que esto se haga sentir, muchos de nuestros problemas de funcionamiento tenderán a disolverse por su cuenta.