Es como si la guerra se hubiera desmontado en el terreno donde se disparan las armas, pero siguiera presente en el plano donde se manifiestan los ánimos.

Era un momento decisivo, porque, desde la mesa, había que enviar un mensaje de efectividad hacedera. Y se tenía que comenzar por lo más factible: los derechos humanos. En la reunión de Oaxtepec, México, de junio de aquel mismo año, ambas comisiones habían reconocido lo obvio: que los temas verdaderamente espinosos de la negociación tenían que ser dejados para el final, y literalmente para los últimos momentos del final.

Con aquel acuerdo se selló la suerte de la negociación, aunque por fortuna, aunque parezca paradójico, eso no neutralizó la negatividad de los escépticos, ya que el escepticismo de mucha gente con poder de presión nos permitió llegar hasta el final, y así arribamos al 16 de enero de 1992 en Chapultepec, cuando se produjo, ante los ojos del mundo, la suscripción del Acuerdo de Paz. Y aquí viene al caso el titular de esta columna: concluyó la guerra, se firmó la paz, ¿cuándo lo aceptaremos en pleno? Porque ese es el obstáculo inicial para entrar de veras en una nueva época. Estamos técnicamente en posguerra, pero anímicamente es aún muy cuestionable que lo estemos. Es como si la guerra se hubiera desmontado en el terreno donde se disparan las armas, pero siguiera presente en el plano donde se manifiestan los ánimos. Y eso se palpa en el día a día.

La reflexión anterior nos lleva a un punto que es clave para avanzar hacia un nuevo ámbito de realizaciones posibles dentro de nuestro accidentado proceso de democratización: ese ámbito donde deben perfilarse las actitudes que corresponden al momento histórico que se abrió aquella mañana en Chapultepec, con la firma el Acuerdo de Paz, que es la partida de nacimiento de un El Salvador en fase integradora de nación. Dichas actitudes podrían resumirse así: reconocimiento real de la pluralidad, como base de una sana interacción democrática; aceptación efectiva de que hay un proyecto de país por construir, en el que todos tenemos un rol necesario; y voluntad de asumir la tarea conjunta más allá de las diferencias por visiones o por intereses. Todo esto es lo natural dentro de una democracia que responde a lo que debe ser.

Las fuerzas políticas nacionales son, evidentemente, las primeras llamadas a dar el ejemplo de comprensión de la realidad, porque son las que nos piden a los ciudadanos, en forma constante, que confiemos en ellas para otorgarles el beneficio de la representación. La lógica natural indica que si esto es así, dichas fuerzas deberían estar atentas, también de manera constante, a lo que siente, a lo que quiere y a lo que espera la ciudadanía. Ocurre lo contrario: tales fuerzas se resisten a cada paso frente a las demandas y reclamos ciudadanos, como si tuvieran el derecho a imponer su voluntad sobre cualquier otra.

Esta es una deformación autoritaria que atenta contra el buen desenvolvimiento de la democracia, y en tanto no se corrija de manera suficiente estaremos siempre en el filo de la crisis.

No fue por casualidad que la guerra interna, que se planteó en un principio como un conflicto irreconciliable entre dos visiones de la realidad y dos formas de concentrar el poder, concluyera en un acuerdo político “sin vencedores ni vencidos”. Dicha solución fue producto de la misma dinámica histórica, pues a la vez que, a lo largo del tiempo, se fue construyendo la guerra, paralelamente se iba construyendo la paz, aunque una y otra se fueran montando sigilosamente. La razón histórica triunfó al final sobre la violencia consuetudinaria. Y esto es un mensaje que estamos en el deber de acatar, para que el esfuerzo y el sacrificio tengan sentido. Querer seguir en las mismas, como si nada hubiera pasado, es no sólo expresión de tozudez incorregible sino manifestación de irresponsabilidad injustificable.

A estas alturas, el conflicto bélico es historia, pero no lo son las actitudes radicalizadas que prevalecieron durante el mismo. Es cierto que tales actitudes ya no van acompañadas por los estallidos de las armas, pero pareciera que dichas actitudes pretenden asumir el rol de aquéllas; y aunque ya no dejan muertos en las calles y en los montes, las consecuencias paralizantes se sufren cada vez con mayor intensidad. De las cúpulas de los partidos políticos tendrían que venir las principales señales de que aquel pasado ya es sólo eso: pasado. Y en tanto se continúe queriendo buscar refugio imposible en lo que fue o en lo que no pudo ser, difícilmente tomaremos la ruta que está abierta ante nuestros pasos. Democracia en vivo. Realismo consecuente. Tolerancia unificadora. Moderación eficaz. Equilibrio benéfico. Futuro previsible y visible.