Da pena y grima ajena ver cómo, algunos legisladores, persiguen, con encono y rencor, no a un hombre: quieren ponerle bozal y ejecutar una pena de muerte civil a las ideas avanzadas del constitucionalismo moderno.

Una amiga muy cercana, quien, para mi juicio, es la abogada mejor formada de El Salvador, me lo presentó en medio de un dispendioso desayuno en su casa. Pronto quedé notificado que hablaba, en medio de cucharadas de casamiento, pan y plátano maduro frito, con un abogado exquisitamente formado en las mejores escuelas del constitucionalismo mundial.

Era el año 2009. De los nuevos miembros de la Sala de lo Constitucional, únicamente conocía a Florentín Meléndez. La lectura de sus libros, las largas conversaciones con Florentín y su paso por organizaciones de derechos humanos internacionales me convencieron que esa figura con pinta de Quijote debía llegar a la Corte Suprema. Sobre todo porque ya el mundo moderno no dimensiona juzgadores constitucionales sin un profundo conocimiento de los derechos humanos. Florentín era el hombre ideal para juntarse al nuevo equipo. Por eso, cuando se avecinaban las elecciones, escribí una columna de franco apoyo a Florentín. Antes tomé un teléfono y le dije: “No sé si te ayudo o te perjudico, pero mañana publicaré mi apoyo público a tu candidatura”. Y así fue.

Luego de nombrada la nueva sala, mi amiga me dijo, con sus ojos abrillantados, que debería conocer a Rodolfo González. No perdí tiempo para hacerlo. Mi primer inventario personal coincidió con el de mi amiga: posee un nivel altísimo de conocimiento, un elevado juicio crítico, una vasta claridad sobre el papel que debe cumplir una Sala de lo Constitucional pero, sobre todo, una enorme honradez personal.

Por eso me duele lo que le hacen algunos diputados. Rodolfo no merece ser perseguido, simplemente, por aplicar sus ideas, en resoluciones constitucionales, sobre el papel de los partidos políticos, la despenalización, o no, de la prensa salvadoreña o sus marejadas de altísimo conocimiento sobre lo que debe ser el desempeño moderno del poder. Da pena y grima ajena ver cómo, algunos legisladores, persiguen, con encono y rencor, no a un hombre: quieren ponerle bozal y ejecutar una pena de muerte civil a las ideas avanzadas del constitucionalismo moderno.

Rodolfo pudo haber agredido a su exmujer. Eso no lo sé. Tampoco se lo ha preguntado. Y creo que nunca se lo preguntaré. Conozco a muchos agresores de mujeres que caminan por las calles con la nariz respingada y nunca les pasó nada. Rodolfo puede haber cometido muchísimos errores personales o profesionales. Pero, y lo escribo sin ningún empacho, no hay derecho a tratar de darle muerte civil y profesional a un constitucionalista de lujo para El Salvador y toda Centroamérica. De ese tamaño es el crimen que se quiere cometer porque, simplemente, a algunos legisladores no les gustan las ideas de Rodolfo, ni su libertad, ni su atrevimiento. A Rodolfo se les quiere asesinar con la más injusta hacha de la intolerancia del poder político. ¡Eso no tiene otro nombre!

A mi juicio, Rodolfo, y los restantes magistrados, se pueden haber equivocado en la instalación de un modelo constitucional bastante alemán, hijo del estado social de derecho, sin tener las herramientas completas en sus manos. Quizá también debieron crear, alrededor de esa idea, una mayor cultura constitucional ni abrir el camino a un clarísimo debate público para crear una sala como legislador concurrente. Este tema no lo he hablado con Rodolfo pero creo que ahí se anidó el mayor problema de los miembros de la Sala de lo Constitucional.

Pero, de eso a perseguir ideas, a matar el alma de un profesional, a tratar de estrangular el conocimiento desde una comisión legislativa, hay mucha distancia. Yo diría que hay algo más que eso: hay analfabetismo del espíritu, intolerancia marca “satanás”, mala fe y todas las sombras juntas que arruinaran la Edad Media. Rodolfo no merece una hoguera. Con Juana de Arco ya se juntaron todos los pecados medievales.