Hay que reconocerlo: somos el país con el rumbo más perdido de toda Centroamérica. Honduras, que pasó de la democracia al agravio con un golpe de Estado, está menos extraviado que nosotros.
La crisis, sin embargo, aunque no encuentra soluciones, deja una enseñanza que comienza a crecer como bola de nieve: cada vez más gente toma conciencia de que el país está extraviado y que lo han extraviado las aguas bautismales de sus dirigentes partidarios. En vez de dedicarnos a producir y a sacar a los pobres de donde están, preferimos alzarle la mano a Ovidio Bonilla parados en una tarima. ¡Así de mal estamos!
Llevamos cinco o seis meses masticando una crisis en el sistema judicial que nos tiene paralizados, desconcentrados, perdidos por un extraño estrabismo que nos hace caminar con la mirada perdida. Y entonces lo único que resulta más fácil es pensar que el país necesita menos predicadores y más ingenieros sociales.
Lo que nos sucede es veneno puro contra el progreso y todos los esfuerzos que se necesitan para sacar a la gente de la pobreza. Tenemos a un presidente convertido, por exigencias de cuanto ocurre, en un mediador de tiempo completo. Yo habría querido que Mauricio Funes tuviese su mirada puesta en la construcción de un nuevo horizonte para el país, pero no sucede así.
El mandatario anda adobando las pasiones del poder para ver si Ovidio Bonilla termina ganándose el salario de magistrado o no. Y eso ocurre a pesar de que otros quisiéramos ver a Funes sembrando buenas políticas y moral a tiempo completo antes de que su gobierno muera.
Del oficio que el presidente cumple hoy al que debería desempeñar hay un millón de kilómetros de distancia. Las tentaciones autoritarias de los partidos políticos en un período de turbulencia obligaron a Funes a ponerse el traje de Gandhi, aunque parece que eso está colmándole la paciencia.
Nadie en su sano juicio puede criticar al gobernante por cumplir su papel de mediador. Lo que pasa es que todos sabemos que tenerlo ahí es signo de que el país está perdiendo un tiempo que debería dedicarse a ganar batallas más importantes y urgentes. Todavía no es tiempo para que el gobernante relegue su vida personal al museo de los ideales.
Para colmo de males, tenemos metidos en todo esto a seis partidos políticos que desde hace mucho rato no participan en un solo parto de una ley de importancia para todos los salvadoreños. Sus principales dirigentes han preferido luchar por sus parcelas de control dentro del Poder Judicial que dedicarse a crear legislaciones de primer nivel.
Cuando más necesitamos leyes para tener, por ejemplo, nuevos y más vigorosos caminos para lograr energías renovables, los jeques de nuestra política prefieren aparecer en una tarima alzándole la mano a Ovidio Bonilla para que no solo se gane su salario, sino que aparezca en la fotografía como empleado del poder y no como juzgador de primera clase. Quizá por eso Rossi siempre decía que la política es el teatro más rápido del mundo.
Hay que reconocerlo: somos el país con el rumbo más perdido de toda Centroamérica. Honduras, que pasó de la democracia al agravio con un golpe de Estado, está menos extraviado que nosotros. Estamos metidos en un nudo de azoro, arbitrariedad y hasta de cinismo. Nos hemos metido desde hace rato a desconcentrarnos por males que pertenecen al reino de las pasiones, como la política mal guiada por el poder. Pasemos al reino de la razón. Para arreglar esta crisis que lleva casi seis meses, basta hacerse una sola pregunta: ¿qué títulos debe tener el que manda para poder mandar? La única respuesta que hay es legitimidad. Si entendemos esto, no hay por qué volverse a perder en el camino.