Hoy, las dos fuerzas partidarias más poderosas tienen que empezar a preparar espacios para entenderse, porque cada una de ellas tiene un duplicado de la llave de la mayoría calificada, y nadie más.

 

No hay ejemplo semejante en la más reciente contemporaneidad, ni antes de la guerra, ni durante ésta ni a lo largo de la posguerra, por la naturaleza de los actores en pugna y por el contenido de los temas en conflicto. Pero la gravedad y la inseguridad que se desataron en el ambiente no le quitan a lo que ocurrió su verdadera naturaleza: ser un incidente de recorrido. Nuestra democracia necesita mucho, pero está en movimiento, y eso es lo que efectivamente cuenta. Fue, sin duda, una prueba de resistencia del sistema; y, por fortuna, el resultado de dicha prueba no ha sido regresivo, sino todo lo contrario: impulsor hacia adelante.

Sigamos la pista de lo ocurrido. Todo comenzó por el sobresalto creciente que fueron produciendo en diversos sectores políticos algunas sentencias de inconstitucionalidad dictadas por la Sala de lo Constitucional que se configuró en 2009. Sentencias que tocaban temas muy sensibles, hasta aquel momento prácticamente intocables. El de la llamada popularmente “partida secreta”, por ejemplo. El del voto por rostro como alternativa al voto por bandera en las elecciones legislativas. El de las llamadas “candidaturas independientes”. El de la desaparición de partidos que, a juicio de la Sala, no alcanzaron en su momento los requisitos mínimos para sobrevivir. A la Sala le faltó prudencia para calcular efectos; y al ambiente, madurez. Cundió la alarma, y con ella detonaron las especulaciones. Así se gestó, en un anochecer de ansiedades desveladas, el decreto 743, luego frustrado.

Y quedó palpitando en el ambiente político el propósito de desarticular aquella Sala, para evitar más sorpresas angustiosas. Lo ocurrido en 2006, cuando la misma legislatura eligió dos tandas de magistrados, daba una fórmula. Y entonces vino una conjunción de factores: en la legislatura 2009-2012, el FMLN lideraba una alianza de partidos que reunía la mayoría calificada; en la legislatura 2012-2015 dicha mayoría sólo podía formarse con los votos de ARENA y el FMLN. ¡Había que aprovechar la coyuntura para matar dos pájaros de un tiro: desarticular la Sala y ubicar gente cercana en puestos claves! Se hizo el 24 de abril. Parecía sellada la suerte. Pero hubo más resistencia de la prevista, especialmente en el terreno ciudadano. Vinieron los recursos y la Sala declaró las inconstitucionalidades de lo actuado.

Shhh, calma, se dijeron de seguro los diputados aludidos. Ahí está la Corte Centroamericana de Justicia. Ahí está, y anuente. No contaban con nuestra astucia. Hubo recurso, y dicha Corte empezó a actuar de manera sorprendente: se parcializó desde el primer instante. ¿Quién, medianamente cuidadoso, toma esa actitud? Y, entretanto, el conflicto interno se enconaba, con reflejos hacia el exterior. Preocupación en nuestros socios principales. El conflicto se veía para largo, si no se daba una negociación política efectiva. Y empezaron a sonar voces de advertencia, que pedían “solución constitucional”. Pasos de animal grande, como dice la frase clásica. Y así llegó la mesa. Y llegó la sentencia de la CCJ. Y la sentencia quedó como un paquete sobre la mesa. Había que entenderse. Ni modo.

Al filo de la medianoche del domingo 19 de agosto se cerró el capítulo. Alguien se llevó el paquete de la sentencia para algún archivo. Había que elegir de nuevo y dejar a don Belarmino en su puesto. La Presidencia del Órgano Judicial le tocó a un abogado cercano al FMLN pero que no era don Ovidio. Y don Salomón está hoy en funciones, con unas primeras reacciones comedidas, que son un buen augurio. Ha ofrecido trabajar por la armonía interna en la Corte, que tanto lo necesita. Su mismo nombre podría servirle de buen referente. Así las cosas, lo más inspirador de todo este revuelo es que la legalidad ha quedado bastante bien parada. Y como dicen que no hay mal que por bien no venga, ese de seguro es el mejor bien que podría haber venido en las circunstancias actuales del proceso y del país. Si es así, enhorabuena.

Políticamente, hay dos buenas lecciones resultantes de esta experiencia: la primera, que en la medida que la democracia avanza, van siendo menores las posibilidades de jalar la pita sin que se rompa; la segunda, que si hay entendimientos razonables, nadie tiene que quedar mal parado. Hoy, las dos fuerzas partidarias más poderosas tienen que empezar a preparar espacios para entenderse, porque cada una de ellas tiene un duplicado de la llave de la mayoría calificada, y nadie más. La manía mutuamente acusatoria puede llevar al absurdo; un absurdo que el ciudadano común se traga cada vez menos. Ese mismo ciudadano –usted y yo– lo que quiere y necesita es labor eficiente, articulada y de altura por parte de sus representantes, del color que fueren. Entendamos que la democracia va difuminando colores políticos, aunque cueste y sea urticante.