Nuestro país viene padeciendo desde hace ya bastante tiempo los efectos depredadores de la práctica pública de gastar más de lo que se recibe. A lo largo de la posguerra, no se ha podido estructurar una política que vaya más allá de la perversa lógica del “coyol quebrado, coyol comido”; y eso, como era perfectamente previsible, ha derivado en un endeudamiento creciente, que cada vez se vuelve más insostenible. Vivir de prestado es la ruta directa hacia el desastre. Plantear las cosas con tal crudeza no es reacción pesimista; por el contrario, constituye la invitación vehementemente reiterada a hacer un verdadero alto en el camino para replantear nuestras estrategias básicas de nación, justamente para no quedar orillados en el camino. Hay algunas señales positivas en las cifras del comportamiento económico, pero eso no basta.

FUSADES, en su más reciente informe de coyuntura económica correspondiente al segundo trimestre del año en curso, lanza una nueva señal de alerta sobre las condiciones de la economía nacional. El estancamiento se mantiene, y es ya tendencia. El planteamiento aludido propone, como medida de máxima urgencia, la estructuración de un plan de crecimiento que funcione de manera transversal a lo largo de los próximos 6 períodos presidenciales, es decir, de 2014 a 2044, y en el que se vaya desarrollando una estrategia que asegure tasas de crecimiento anual de 5% hacia arriba. De entrada, puede parecer ilusorio; pero hay ejemplos en el mundo de países que se han propuesto metas que parecían irrealizables y que sin embargo las han ido cumpliendo, con lucidez, creatividad, disciplina y compromiso nacional.

Según FUSADES, hay cinco claves básicas para echar a andar dicha visión: apertura al mundo, visión de futuro, responsabilidad fiscal, competitividad y seguridad para la inversión y liderazgo político responsable. Todo eso es indispensable, pero hay que partir de un reanálisis crítico y proyectivo de nuestras posibilidades y nuestras limitaciones, para hacerlas encajar en el proyecto que nos haga realmente viables dentro de un mundo que es, al mismo tiempo, vivero de oportunidades y fuente de desafíos. Si por algo las estrategias de desarrollo económico vienen fallando es porque surgen de ocurrencias del momento y porque no parten del realismo necesario para garantizar la ejecutividad y la sostenibilidad.

Hacer cuajar un esfuerzo como el planteado requiere, en primer término, voluntad e inteligencia. No se trata de que un día de tantos, luego del cambio de gobierno, se dé un encuentro entre distintos liderazgos para ver cómo hacemos para ponernos de acuerdo en emprender la tarea. Lo primero tendría que ser que, ahora mismo, y para empezar, los partidos y los candidatos en contienda se comprometan inequívocamente a darle respuesta inmediata a este reclamo histórico de la realidad. Y que dicho compromiso de acción vaya acompañado de un calendario de puesta en práctica. No podemos seguir atados al “a ver qué pasa”, porque entretanto lo que está pasando es el desperdicio flagrante de oportunidades para que el país salga de su marasmo.

Ojalá que las fuerzas cada vez más organizadas dentro del cuerpo ciudadano tomaran temas vitales como éste para convertirlos en motivo de exigencia frente a todas las estructuras del poder. El tiempo nos está comiendo todas las posibilidades, y ponerse en la línea y en el ritmo de los tiempos tanto nacionales como internacionales es cuestión de supervivencia.