Giuseppe Angelucci, quien ha dejado profundo pesar en su familia y amigos, a su partida, nació un 26 de abril de 1922 en Castel Frentano, un pueblo situado en la Costa Adriática, al este de Roma, región de Abruzzo, en el hogar formado por Nicola y Giacianta, miembros de una familia agrícola. Él fue el menor de 10 hijos.
A sus cuatro años de edad muere su madre y queda al cuidado de su padre y de sus nueve hermanos mayores. Su infancia estuvo marcada por una dura austeridad, ya que en esa época comenzaban a soplar los vientos de guerra.
A la edad de 18 años y al inicio de la Segunda Guerra Mundial, pierde a su padre, quien muere en Italia, y entra en la guerra, al integrarse al eje nazi-fascista Roma-Berlín-Tokio.
Dos de sus hermanos son reclutados, en ese entonces la ley exoneraba del servicio militar al tercer miembro de una familia, pero el distinguido caballero Angelucci se incorpora como voluntario al ejército de Mussolini, con el fin de que su hermano mayor que estaba en el frente regresara a su casa con su esposa e hija, ya que este tenía mejores posibilidades que el de velar por el bienestar de una familia.
Soldado del Ejército italiano
El 24 de diciembre de 1942 en la noche, el joven soldado Angelucci zapatea el suelo y sopla su aliento vaporoso entre las manos para inducirles un poco de calor, ya integrado a un pequeño contingente de soldados italianos, sin provisiones y escasa munición, que se dan cuenta de que el Ejército ruso tiene cerrando el cerco con pavorosa eficiencia. Era cuestión de horas para que los rusos comenzaran a disparar sus obuses y morteros sobre los italianos que apoyaban al Ejército alemán, ya derrotado y en retirada.
Los soldados participan en una misa, durante la que el capellán los exhorta a encomendarse a Dios. Todo parecía perdido; sin embargo para Angelucci, la oración obró como un tónico en el ánimo de la tropa, quienes deciden que si de todos modos van a morir lo harán luchando.
Es así como emprenden la marcha hacia las posiciones enemigas y después de romper brecha en las filas rusas logran cruzar el cerco sin bajas considerables y retornar a su propia base militar. Giuseppe entonces con 19 años y soltero, presencia la caída del país del eje Roma-Berlín-Tokio, el linchamiento de Benito Mussolini y de Chiara Petacci, la amante de este, y la bancarrota de Italia.
Huérfano de padre y madre, enfrenta los duros años de la posguerra en que las cartillas de racionamiento, la falta de oportunidades de trabajo y la creciente demanda de las necesidades del grupo familiar constituyen un nuevo sofocante sitio en su vida.
Camino al sueño americano
Como en su momento lo hicieron muchos de sus compatriotas, Angelucci sueña con viajar a América, tierra promisoria, donde muchos italianos antes que él habían hecho fortuna. En junio de 1949, emprende viaje a bordo de un buque que lo lleva a Argentina, en donde obtiene un contrato que le asegura un excelente salario que poco habría de disfrutar, porque es la época en que comienza su deslizamiento hacia la catástrofe política, económica y social, lo que le hizo ver hacia otros horizontes.
El 14 de junio de 1952, arriba al aeropuerto de Ilopango, de tierras salvadoreñas, un país desconocido para Giuseppe, quien fue contratado por dos años para trabajar en la presa de La Chorrera del Guayabo, de la cual se iniciaba su construcción. Pasado este tiempo, recibió una nueva oferta de trabajo en el país de la Comisión Ejecutiva Hidroeléctrica del Río Lempa (CEL), administrada por don Víctor De Sola, y donde laboró durante cuatro años.
Cuando renuncia de la CEL, el viajero soñador se dedica a la agricultura. Esto le permite dar un giro distinto a su vida y con la misma firmeza de carácter con la que actuó en la ya lejana Navidad de 1942, en el frente ruso, Giuseppe invierte sus ahorros en la compra de una hacienda en Usulután, en la que siembra algodón, caña de azúcar, maíz y macillo. Luego adquiere otra en el puerto de La Libertad, donde cultivó café.
Pasado algún tiempo, en 1962, conoció a Sara Silva, su esposa, y con quien procreó tres hijos. Su sueño se había cumplido: llegar y quedarse en América para siempre.