Como es perfectamente previsible de resultas de los distintos movimientos que se vienen dando desde hace ya algunos meses en el panorama político preelectoral, la campaña en la que ya estamos inmersos tendrá componentes muy originales, que ponen a todas las fuerzas en situación de expectativa abierta. En contraste con lo que pasó en las distintas campañas anteriores, esta vez es mucho más difícil hacer previsiones anticipadas de resultados, porque es prácticamente seguro que habrá tres contendientes fuertes, y los resultados de una muy previsible segunda vuelta dependerán de factores que se pondrán de manifiesto hasta que llegue su momento.

La práctica común en las campañas anteriores, y desde luego no sólo las de la posguerra, consiste en que el respectivo partido escoge su candidato presidencial y éste, de inmediato, se convierte en propietario de tal nominación, con todos los atributos de preeminencia que eso acarrea en un régimen tan imperialmente presidencialista como ha venido siendo el nuestro desde siempre. Luego, el candidato se dedica a su propio activismo y en el camino va recogiendo insumos para lo que será su plan de gobierno. Tarea esta última que tradicionalmente ha sido realmente secundaria, porque después el ganador organiza su trabajo a su voluntad y a su aire.

Esto último se da, en buena medida, porque nuestros partidos políticos son organizaciones pero aún no son instituciones. No tienen mecanismos de formación de cuadros, ni practican una efectiva democracia interna; y ello permite que a la hora de organizar equipos de gobierno prive la más absoluta arbitrariedad. En las democracias realmente constituidas como tales, cuando un partido gana una elección presidencial es posible tener de antemano clara idea sobre quiénes irán a llenar las plazas más decisivas. Aquí cualquier cosa puede pasar. Es algo en lo que habría que trabajar con dedicación y responsabilidad, a modo de que la predictibilidad sustente el buen gobierno. En cuanto a las propuestas de partidos y candidatos de cara a la gestión gubernamental que viene, es de esperar, como derecho ciudadano exigible a quienes aspiran a ganar la representación en las más altas posiciones gubernamentales, que lo que se ofrece no sea un catálogo nutrido de acciones menudas, que al final de cuentas significan poco en lo que toca al desafío fundamental de mover las palancas decisivas del desarrollo y provocar así una dinámica de mejoramiento real de las condiciones de vida en el país, sino un esquema preciso y actualizado de políticas que conduzcan al objetivo de fondo, que es el progreso nacional suficiente y sostenible.

Esto requiere bastante más que un ejercicio difuso de consultas ciudadanas o que el encargo específico a un grupo de técnicos constituido ad hoc. Lo que las condiciones de la realidad nacional demandan es un planteamiento que recoja y consolide aspiraciones populares y enfoques especializados que en su debida articulación puedan responder a los diversos retos no sólo de la complicada problemática que aguarda tratamientos y soluciones sino también al cúmulo de insatisfacciones acumuladas que está visto y comprobado hasta la saciedad que no se pueden manejar con golpes de efecto o con ocurrencias momentáneas.

Ahora, para tomar las apropiadas decisiones en las urnas, hay que exigir creatividad de planteamientos y no sólo gestos personalistas. Esto lo va teniendo cada vez más claro la ciudadanía, y de seguro se ira evidenciando en el desenvolvimiento progresivo de la campaña.