Dejamos atrás un año del que no podemos sentirnos muy orgullosos. Sin un deliberado esfuerzo por parte de los más influyentes actores en la escena política, económica y social, 2013 será más de lo mismo y todo lo negativo se verá agravado por las pasiones de la coyuntura preelectoral.

Lo más destacado del año que termina ha sido la precariedad de las finanzas públicas, el estancamiento de la economía, la falta de voluntad y capacidad para conseguir acuerdos políticos, la constante confrontación entre el presidente de la República y el sector empresarial y la amenaza constante a la institucionalidad.

Hubo elecciones de alcaldes y diputados que se desarrollaron sin mayores cuestionamientos, pero una vez más ha sido irrespetada la voluntad popular al alterarse de facto la correlación de fuerzas resultante de dichas elecciones. Las elecciones de segundo grado volvieron a ser sumamente problemáticas y tardadas, abonando a la inestabilidad y falta de confianza que tanto dañan el clima de negocios y la generación de empleos.

2012 cierra con sinsabores. El eterno problema del transporte público sigue empantanado por falta de voluntad e imaginación para hacer la profunda reingeniería que desde hace años resulta impostergable. Los tres órganos principales del Estado se niegan a intentar siquiera funcionar con una lógica de eficacia y austeridad. En vez de reducir el tamaño de la burocracia en el Órgano Judicial seguimos viendo una gran cantidad de despidos arbitrarios que sacrifican la eficiencia y sirven predominantemente el objetable propósito de abrir espacio a amigos y camaradas, aunque no tengan la experiencia y capacidad necesarias.

Los diputados se recetaron a fin de año un bono de mes completo, añadido al que ya se habían concedido a medio año, completando así 14 salarios, además de los viajes a otros países para realizar misiones y representaciones de las que El Salvador no se beneficia en lo más mínimo. Aunque no es despreciable el costo total de estas prerrogativas, lo peor es el mensaje de insensibilidad que envían a un pueblo que en su mayoría está pasando por grandes penurias. Parece que les arrancaron la página del diccionario en la que aparecen vocablos como sensatez, sobriedad y solidaridad.

En la dimensión de lucha ideológica prevalece la demagogia que pone a los salvadoreños unos contra otros, llenando de odio y resentimiento a los que siempre llevan la peor parte. El presidente Funes, quien debiera por mandato constitucional promover la armonía, aparece abanderando un nuevo movimiento campesino para defender los cambios frente a los que, en su mente, siempre han impedido y siguen impidiendo el progreso social.

No sabemos a cuáles cambios se refiere ni de dónde saca el mandatario que hay personas u organizaciones que desean mantener a la gente sumida en la pobreza. Lo que ha habido son errores y omisiones graves en gobiernos anteriores pero también los ha habido en el suyo. Lamentablemente, la paja en el ojo ajeno le resulta siempre más notoria que la viga en el propio. Si hay algo que frena el desarrollo de los pueblos son los programas que distribuyen limosnas estatales para ganar simpatías en vez de invertir el dinero en educación, vivienda, salud, infraestructura y condiciones favorables a la inversión y el empleo.

En la línea de esas visiones ideológicas simplistas y erróneas, los patrocinadores de la tregua entre pandillas insisten en afirmar que los pandilleros se volvieron criminales por falta de oportunidades. Este mensaje es realmente ofensivo para los cientos de miles de personas que nacieron en pobreza pero lograron superarse; es un mensaje ofensivo también para los que siguen luchando a diario por conseguir honradamente sus modestos ingresos. La falta de más y mejores oportunidades es una lacra social que debe corregirse pero no es excusa para delinquir ni debe aceptarse como condición para que los pandilleros dejen de extorsionar y respeten la vida del resto de los ciudadanos.

Los cambios que El Salvador necesita deben partir de cambios profundos en las actitudes de gobernantes y gobernados. No podemos alzar vuelo sin botar el lastre de resentimientos, agresividades, codicia, vanidad, prepotencia y cualquier otro sentimiento que distorsione el conocimiento de la realidad y haga imposible la cooperación y el entendimiento.