El año 2013, que acaba de comenzar y ya se ve que va a marcha rápida en todo sentido, tiene una etiqueta de sobra conocida: año preelectoral. Y preelectoral en el sentido más agudo del término: año de campaña presidencial cada vez más apremiante, porque las elecciones serán en el comienzo de febrero de 2014. Esto significa que durante los meses que vienen veremos todo tipo de gestos para intentar ganar simpatías políticas y oiremos cualquier cantidad de promesas sobre acciones del inmediato futuro. Esto es usual en la competencia democrática, pero debe ser manejado de tal manera que no se convierta en impedimento para la buena marcha de todo lo demás.

Las condiciones de la realidad nacional e internacional no dan tregua, y ahora más que nunca es válido aquello de “no dejes para mañana lo que puedes hacer hoy”. En nuestro calendario de trabajo como país hay ya sobrados rezagos, que empujan con fuerza creciente hacia la reducción de la mora acumulada y en muchos sentidos ya fermentada. Por consiguiente, pensar en un año más de dispersión infructuosa no sólo es inconveniente al máximo sino irresponsable en extremo. Hay diversas iniciativas en camino, en lo político, en lo económico y en lo social, y hacer que avancen lo más consistentemente que sea posible debe ser objetivo de todos.

Aunque pueda parecer de entrada una paradoja, las circunstancias que se van presentando en el curso del proceso democratizador hacen que el hecho de estar en campaña presidencial le abra espacios novedosos al surgimiento de iniciativas como, por ejemplo, la de emprender el esfuerzo de unificar criterios básicos en torno de la temática más aguda que incide en la suerte de todos los salvadoreños. Cualquiera que sea el partido que gane las elecciones que se avecinan, no le espera nada fácil, porque nadie puede lograr soluciones por su sola cuenta; interactuar resulta ser la palabra clave en el momento actual y en los años que vienen.

Poder percibir esto y ponerlo en marcha requiere, en primer lugar, que todas las fuerzas políticas y sus candidatos sean capaces de hacer, cuanto antes y de manera estratégica, lecturas realistas y perspicaces de lo que está pasando en este momento de la realidad nacional y de lo que se avizora de cara al inmediato futuro. La realidad los va poniendo a todos ante una evidencia que se vuelve cada vez más irrebatible e insoslayable: nadie puede encerrarse en un proyecto propio, sin contar con los demás, por muchas diferencias que haya. Y esto es así, ahora mismo, en todas partes, como uno de los signos más relevantes de los nuevos ejercicios globales. Hay que entender que la interacción inteligentemente concebida y sabiamente practicada se vuelve, entonces, una exigencia de los tiempos.

Y, al tratarse de una campaña presidencial como esta, hay que convencerse de que los antiguos modos de estructurar planes de gobierno ya no calzan con las demandas del fenómeno real que se abre paso en el presente. Es la hora de poner en movimiento la imaginación creadora, que ha estado tan ausente de nuestras prácticas políticas. Y ante tal requerimiento no valen los prejuicios arraigados ni las fórmulas ideológicas estancadas. El desafío es de repensar el país en concreto, para convocar las energías que se necesiten.

Cuando hacemos el llamado para que la campaña electoral no se convierta en una retranca más en la ruta de las urgencias modernizadoras estamos apelando a la responsabilidad y a la habilidad de todas las fuerzas y de sus personeros. Este es un deber eminentemente compartido.