Ser escritor en El Salvador
Escrito por Un reportaje de Brian Velasco Fotografías de Javier Aparicio, José Cardona y Nilton GarcíaDomingo, 20 junio 2010 00:00
Una empresa de telecomunicaciones lo despidió el 30 de julio de 2009, así que subsiste de la escasa venta de la obra que ahora exhibe en esta librería y de sus ahorros. Desde que dejó de ser jefe de comunicaciones corporativas, ha sembrado cerca de 100 currículos. Ha cosechado un sinfín de promesas y cero llamadas. Él es un escritor.
En el mundo literario es conocido como Caralvá. Su nombre es César Ramírez. Se dice escritor de narrativa desde los 15 años. Y hoy, cuatro décadas después, dedica casi toda su energía y tiempo a tratar de vender los 500 ejemplares que autopublicó de su obra maestra: “La primavera salvadoreña, recuerda España”.
Aún no ha vendido ni siquiera la mitad, y tampoco ha recuperado la inversión inicial de $5,000, pero estar sentado en esta librería junto con sus colegas e ilusionarse con que al menos alguien pague por su libro y le pida un autógrafo son suficiente aliciente para que siga aquí, con su traje oscuro, sus cejas pobladas y su orgullo.
Afuera, la tormenta tropical Agatha provoca estragos, pero aquí, en la librería La Casita, unos 10 escritores nacionales siguen reunidos. La gente entra, observa, curiosea, comenta, critica y, con suerte, algunos compran libros. Pese a que en estas mesas con manteles blancos están sentados algunos de los escritores salvadoreños más publicados, son pocos —muy pocos— los que se acercan a estrecharles la mano o para pedirles una foto.
El ambiente está lejos de igualar el de eventos como la firma de autógrafos que ofreció la ex agrupación mexicana RBD en El Paso, Texas, hace cuatro años. En esa ocasión, se reunieron más de 6,000 personas y la firma tuvo que ser cancelada por motivos de seguridad. En La Casita hace falta gente. La tarde es tan lenta que algunos de los escritores necesitan distraerse para atenuar la impaciencia, así que degustan vinos y conversan entre sí sobre el arte de la escritura.
Más de alguno de los que comparten mesa con Caralvá seguramente se ha preguntado qué significa ser un escritor en El Salvador. Aquí no hay grandes editoriales. Y tampoco existe un apetecible mercado de lectores. Los que ingresan hoy a esta librería y pasan de largo frente a las mesas de honor son solo una muestra más de la desidia que a veces tienen que aguantar. Y es el menor de los males.
Así como Caralvá, David Ernesto Panamá está aquí sentado exhibiendo su obra. Así como Caralvá, Panamá también ha tenido que recurrir a autopublicarse.
Panamá, quien publicó su primer libro en 1997, tuvo que pagar $5,000 a la editorial estadounidense Cambridge Brick House —conocida en ese entonces como Versal Books— para poder publicar “Los guerreros de la libertad en Canadá”. La desventaja es que solo le entregaron 600 copias de un total de mil impresas. Las otras 400 le quedaron a la editorial para que dispusiera de su comercialización. “Ese fue el trato. No había otra manera de hacerlo. Hacerlo aquí me costaba $1,500 más”, aclara.
En Estados Unidos, el libro de Panamá se vende a menos de $17. Pero para cubrir los costos, sin sacar ganancia alguna, en El Salvador, Panamá debe vender sus 600 libros a no menos de $20, ya que el 35% de la venta se queda en La Casita. Al escritor le quedan $13.
Panamá confiesa que sus amigos prefieren escribir por escribir, sin esperar ganancias a cambio. Pero su visión personal es otra: “¡Vayan al carajo! ¿Por qué no podemos hacerlo? En tiempo pasado, nuestros autores eran conocidos mundialmente. Hoy, teniendo todos los medios, a nosotros no nos conoce nadie”.
Eso lo ha motivado a buscar otras fuentes de ingresos económicos para poder subsistir. Labora como distribuidor independiente de una línea de productos de reducción de peso. Dice que gracias a ellos ha logrado bajar casi 20 libras, pero que además le generan un 50% de utilidades sobre sus ventas. Hablar de estos productos que se dicen de origen natural lo emociona incluso más que hablar de su experiencia en la política. Trabajó en el instituto político de ARENA cuando se inició la candidatura presidencial de Francisco Flores, pero seis meses después fue expulsado. A raíz de ese episodio, comenzó a refugiarse y desahogarse en la escritura.
Panamá también tiene la licencia de publisher de obras en formato digital para la página electrónica Smashwords.com. Ahí ha comenzado a comercializar sus propios textos y los de sus amigos, como Rolando Costa y María Cristina Orantes. Según él, se trata de un sistema que está registrando un crecimiento del 100% al 150% al año, ayuda a preservar los árboles y permite que, por ejemplo, un kínder tenga miles de libros guardados. El escritor argumenta que comprar un libro en internet es mucho más sencillo y económico que hacerlo en formato físico. Su última obra, por ejemplo, cuesta $6; $14 menos que en La Casita.
Internet ha sido una bendición para escritores como Panamá, pero hay otros a quienes el ciberespacio no los seduce. Caralvá, por ejemplo, posee su propia página web, pero el mercado virtual le parece limitado y riesgoso, porque nunca se sabe quién está del otro lado de la computadora. A eso le suma que la tecnología es costosa y que excluye a la mayoría de los salvadoreños. Con lo que está de acuerdo es con que un artista siempre debe encontrar la forma de crear un foro, un espacio o un medio para promover su propia obra. “Si uno quiere publicar, uno publica donde sea, así sea en las paredes”, valora.
Quizá por eso su estrategia de marketing consiste en visitar a sus amigos de casa en casa o salir a tomarse un café con ellos y ofrecerles su libro. Ese mecanismo ha sido suficiente para que sus tres hijos —Rodrigo, Andrea y Sofía—, al igual que su esposa, Mabel Díaz, lo califiquen como loco. “Creo que necesitamos más locos en este país”, argumenta Caralvá entre carcajadas.
Esa locura lo ha llevado a pensar en hacerse pasar por muerto para ver si también colocan su foto en los mupis de todo San Salvador, como el caso de Matilde Elena López. Y es esa misma locura la que un día casi lo hizo tirar al fuego su último libro porque no soportaba verlo sin publicar. Con todos los costos y los riesgos que incluye, la única solución que encontró fue la autopublicación.
Rafael Menjívar Ochoa también está loco por la escritura. Es alto, tiene ojos claros y barba espesa. Tiene 51 años. Posee entre 15 y 17 libros publicados (ya ni él lo sabe) y siempre está escribiendo en su mente. Si no escribe, se muere. Y no es metáfora. De 1990 a 1995, sus problemas matrimoniales lo obligaron a dejar de redactar. Es sincero al decir que esa pausa casi le arrancó la vida. La interrupción en lo que más le gusta hacer lo dejó con una depresión clínica, de la que solo se curó cuando volvió a la escritura.
Los últimos meses los ha pasado enfermo. Su lentitud al caminar y extremo cuidado al sentarse lo delatan. También su tos ronca, de fumador. Esta condición lo ha llevado a dejar de escribir, pero esta pausa, a diferencia de la primera, apenas ha durado unos meses.
Menjívar tiene criterio para decir que publicar un libro en El Salvador es una tarea titánica. Él también ha publicado en México y Francia y la diferencia es tan grande como la que puede haber entre una piscina y el mar. Menjívar no mantiene a su familia de sus libros, jamás ha podido. Este hombre que ha impreso su firma en al menos 15 libros paga las deudas, los recibos de luz, la comida, la ropa, la educación y todo lo de su hogar gracias a su empleo en la Secretaría de Cultura.
Para Menjívar, a pesar de lo difícil que puede llegar a ser, la publicación es parte natural del proceso de escritura y, por ende, un buen texto siempre va a encontrar un editor. Dice que si estuviera en sus manos, castigaría a todo aquel que se autopublicara, porque es como “darse un título que uno no se ha ganado”. Su postura es clara. Un verdadero escritor debe escribir no para ser publicado, sino porque si no lo hace, no vive.
A Krisma Mancía, su esposa, le publicaron su libro “La era del llanto” en la Dirección de Publicaciones e Impresos (DPI) de la Secretaría de Cultura en el año 2004. Lo recuerda con mucho orgullo.
A lo largo de su carrera ha recibido varios reconocimientos. Pero su mayor éxito ha sido el Premio Internacional de Poesía Joven de la editorial La Garúa, de Barcelona, que ganó en 2006 por su libro “Viaje al imperio de las ventanas cerradas”. Pero sus éxitos literarios en nada reflejan el reconocimiento económico. “Lo que me han pagado en toda mi carrera como escritora no cubre ni un mes de alquiler de esta casa”, dice sin rastros de exageración.
Mancía es una mujer delgada y de baja estatura. Tiene 30 años de edad y una hija de seis. Su simpatía no está peleada con su intelecto. Es muy sincera, pero sobre todo realista. Está segura de que no todos los escritores corren con la misma suerte que ella ha tenido. Percibe una evolución en los autores jóvenes que no tienen salida editorial en el país; un fenómeno que compara con una olla de presión que tarde o temprano va a explotar.
Mancía ve en los libros de la DPI amplias pérdidas económicas para el Gobierno: se ofrecen a un precio módico cuando el costo real y total de un libro es mucho mayor. Y en el otro extremo ve a las editoriales que presionan a los escritores para que entreguen un material que, según ella, no cumple los requisitos de calidad, pero es fácil de comercializar.
La poetisa asegura estar tranquila con el tipo de literatura que ofrece, aun cuando le haya dejado tan poca plata: “Si quieres hacer un libro que se venda como Harry Potter, lo haces, pero tú sabes a qué te enfrentas. A veces las editoriales son como el diablo y te presionan hasta conseguir un producto que se venda”.
El papel de la DPI es cuestionado por propios y extraños. Siendo la única editorial del Estado, la institución ha recurrido, en lo que va de 2010, a la reimpresión de libros como “Cuentos de barro”, de Salarrué, y “La casa de vidrio”, de Claudia Lars. Es evidente la falta de un plan estratégico organizado para la búsqueda de nuevas obras. Carlos Serpas, director de la DPI, asegura estar trabajando en él. “En lo que resta del año queremos trabajar por lo menos en 20 títulos nuevos para ver si nuestras nuevas estrategias funcionan”, explica.
A varios kilómetros de la oficina de Serpas, alguien se resiste a creer en sus declaraciones. “El proceso de reestructuración lo vengo escuchando desde hace rato. Y hay algunos que porque trabajan ahí los han publicado, creo yo.” Quien habla es Jaime Ascencio, escritor y periodista de 41 años.
—¿Pero usted ya ha tocado puertas ahí?
—La verdad, no. No me interesa llegar a una editorial. Yo, hasta donde pueda, voy a invertir lo que tenga para publicar libros, porque en la industria editorial no creo. Por muy rigurosas que parezcan, esa rigurosidad se cae cuando publican cosas que no tienen mayor valor.
La autopublicación permite a los escritores saltarse pasos fundamentales dentro del proceso editorial, como la estricta corrección de estilo y de fondo en sus textos. El mecanismo es simple: pagar para publicar una obra sin someterla al debate de si es buena o mala. La práctica es válida, si se hace con el fin de eliminar toda forma de censura. Pero el riesgo de lanzar libros de mala calidad está latente.
Uno de los factores que según Ascencio lo obliga a autopublicarse es la existencia de un círculo de intelectuales que acapara el ámbito de la literatura. Aunque prefiere no revelar nombres, dice que en El Salvador hay gente que no deja de publicar a Manlio Argueta, Claudia Lars y Salarrué. Aun cuando los tres le parecen excelentes escritores, considera que hay letras que “hay que mandar a descansar”. Solo así piensa que su propia obra podría ser valorada en el mercado nacional.
Ascencio es de estatura baja y piel morena. Es un hombre sencillo y sensible. Cuando habla de su madre, sus ojos achinados se tornan agua. También le duele hablar de su desempleo. Recuerda con tristeza los primeros días tras su despido de Radio Cadena Cuscatlán, en donde era el segundo al mando del departamento de prensa. “Fue muy feo cuando mi hijo me empezaba a ver en la casa y me decía: “Papá, ¿no vas a ir a trabajar?”. Lo mismo le preguntaban sus vecinos. Él, en respuesta, se dedicó a escribir.
Pese a que ya está trabajando en su cuarto libro, aún no ha terminado de vender los mil ejemplares de su primera obra “Un mañana hoy”, que cuesta $7. Lo consuela algo que aprendió a través del historiador Carlos Cañas Dinarte: en 20 años se venden mil libros en El Salvador. Él ya lleva tres.
Ascencio ha ofrecido su obra en librerías universitarias resaltando los temas que aborda a través de la poesía, como la violencia, política y hasta el sida. También ha tratado de potenciar su propia imagen al resaltar su nombramiento como periodista del año por la Asociación de Periodistas de El Salvador (APES) en 2005. O al haber sido el primer comunicador en ganar un proceso judicial en el país. Todo ha sido en vano.
“No se vende. Todos los días pienso en cuál es la mejor estrategia.” Después de unos breves segundos de reflexión, agrega: “Primero hay que culturizar a la gente, enseñarle a que lea. Quiero organizar un pequeño evento para regalar mis libros”.
Pero en su pueblo, Santiago Texacuangos, el 23 abril, día en que se celebró el Día Mundial del Libro y del Derecho de Autor, nadie quiso recibirle su obra como obsequio.
Escribir es una satisfacción, una catarsis que hay que compaginar con otras actividades. Así le sucede a Ascencio. A él le toca cuidar todos los días, a partir de las 6:30 de la mañana, a su hijo de tres años y medio. Mientras tanto, su esposa sale a trabajar como profesora.
Lo mismo le ocurre a Caralvá. Su esposa es doctora, y mientras ella cura enfermos, él escribe en foros virtuales o se reúne en un café del centro comercial La Gran Vía a jugar ajedrez con sus amigos. El escritor asegura que su rutina diaria inicia con la lectura de los periódicos nacionales e internacionales. Después discute los problemas del país con sus conocidos y escribe sus impresiones en su blog personal. Ni su desempleo ni la falta de publicación de sus libros le crean insatisfacciones o complejos.
“Aquí se considera que si a uno no lo publican, no tiene valor. Yo creo que es al revés: un escritor debe escribir porque su palabra vale”, comenta Caralvá, mientras su rival y amigo lo espera con ansias en la mesa de enfrente para iniciar con la tradicional competencia.
—Entonces, ¿no sería agradable que se reconociera su obra?
—Ah, claro.
—¿Cuál debería ser el salario digno de un escritor?
—Debería ser aquel que responda a las necesidades de su familia y su entorno. Esto puede ser entre $1,000 y $2,000. No le estoy poniendo precio al intelecto, pero escribir vale mucho más.
Panamá cree que ese sueldo debería ser aun mayor, y para argumentar su postura se sustenta en un texto que encontró en internet mientras actualizaba su página web: Carta del Papa Juan Pablo II a los Artistas. “Si nos basamos en lo que dice el papa deberíamos estar por unos $5,000, por lo menos, para poder estar tranquilos y darle vuelo a la creatividad”, comenta entre risas que no tardan en convertirse en una severa tos.
Lejos del Vaticano y de los ceros que quisieran ver en sus salarios, las ganancias por las ventas de libros ofrecen una bofetada a los sueños de los escritores salvadoreños. Por ejemplo, “El rostro en el espejo”, una novela corta de la salvadoreña Carmen González Huguet, ha vendido unos 150 ejemplares en un mes en La Casita. Aunque para Sandra Machón, gerente general de librería La Casita, la cifra resulta alentadora, dista mucho de las ventas del séptimo libro de J. K. Rowling, “Harry Potter y las reliquias de la muerte”. La obra llegó a sumar 11 millones de copias vendidas en todo el mundo a 24 horas de su lanzamiento, durante 2007. Casi $250 millones, si se toma como referencia el precio de venta de La Casita ($22.70 por libro). Con la misma cifra, se podrían comprar, en el mismo lugar, casi 60 millones de libros de Huguet, a $4.30 cada uno.
Machón atribuye el éxito de Rowling al nivel de publicidad que se hace de sus libros y al género al que pertenecen. En El Salvador, la narrativa vende más que la poesía, reafirma Edgardo Recinos, subdirector de la Distribuidora de Publicaciones de UCA Editores. Los consumidores, añade, casi siempre prefieren los productos importados.
“Se dejan llevar por el renombre del escritor en el exterior. En la medida que se opta por esos productos, se deja de lado lo nacional. Y a lo mejor haya cosas interesantes publicadas por salvadoreños que no nos damos el tiempo de leer”, explica Recinos. De la literatura nacional, la obra más vendida por UCA Editores es “Un día en la vida”, de Manlio Argueta. Alrededor de 5,000 ejemplares al año. Le siguen “Tierra de infancia”, de Claudia Lars, y “Cenizas de Izalco”, de Claribel Alegría. Por eso se hacen tirajes de entre 3,000 y 5,000 ejemplares. La suma contrasta con las 500 copias de libros con moderada aceptación, como los de colecciones históricas y religiosas, que la editorial espera vender como mínimo cada año.
Recinos también insiste en que muchos escritores salvadoreños se quejan de la falta de espacios dentro de las editoriales, pero que deben de tener en cuenta que la calidad de sus textos influye en el proceso. Sus palabras no pueden ser más diplomáticas: “No estoy diciendo que no hay nada rescatable, pero toda editorial tiene criterios a seguir”.
Pero según Carlos Clará, director y editor general de Índole Editores, hay trabajos de alta calidad en el país. “Nosotros tenemos la política editorial de que independientemente de qué autor se trata, lo que nos interesa es la calidad”, sostiene Clará, quien también rehúye a que las editoriales se vuelquen en su totalidad hacia los libros nuevos. El editor asegura que ha desechado libros de autores renombrados porque la calidad no es la que espera. En Índole se han definido los criterios a partir de los que se decide si se publica o no un libro: las temáticas abordadas, las perspectivas que propone el autor y que el texto esté bien escrito. Por eso, desde su fundación, en 2006, la editorial se enfoca más en temas de memoria histórica y testimonios políticos.
Susana Reyes, editora de literatura de Índole, asegura que si el mercado del libro nacional se fortaleciera, las editoriales podrían pensar en ampliar sus estrategias y traer al país otros autores extranjeros para negociarlos a escala local. Sin embargo, las librerías como tales son muy pocas; la mayoría son papelerías.
La figura del editor se ha visto opacada durante muchos años por la de los distribuidores o vendedores de libros. El tema cobra relevancia si se toma en cuenta que la Cámara Salvadoreña del Libro está conformada, casi en su totalidad, por empresarios libreros. No resulta extraño, entonces, que en las librerías los escaparates estén destinados a promocionar literatura importada, puesto que es la que más ganancias económicas representa.
“El trabajo del escritor no riñe el capital. El trabajo del escritor tampoco está subordinado al capital”, razona Caralvá. Está consciente de vivir en una realidad donde palabras como dinero, ingresos, trabajo y plusvalía son importantes. Pero también está seguro de que la creación es parte de la respuesta de un escritor hacia adversidades como la pobreza, la muerte o la destrucción.
Luce firme. Medita unos segundos. No duda de sus palabras. Dice que tal y como un compositor hace sus canciones aunque tenga que pedir monedas en un café o en los buses, él seguirá escribiendo hasta que alguien valore su obra. “Yo busco tropezarme con una condición económicamente distinta, para demostrar, como decía un poeta inglés, que el dinero no es el que me va a hacer feliz”.
Variedad. Los autores nacionales escriben de todo. Desde testimonios políticos hasta investigaciones médicas, pasando por la poesía y la narrativa.
Variedad. Los autores nacionales escriben de todo. Desde testimonios políticos hasta investigaciones médicas, pasando por la poesía y la narrativa.














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