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No soy yo, soy mi hermano

Escrito por Una crónica de Gabriel Labrador Aragón Fotografías de Víctor Peña y Óscar Leiva
Domingo, 27 junio 2010 00:00
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La gente siempre quiere saber las mismas cosas. Caí en cuenta de esto durante una de las tantas veces en las que alguien me preguntaba acerca de ropa, de presentimientos, de novias y de similitudes. Me sé de memoria las interrogantes y las enumero en tertulias a manera de broma. Así es como surge este texto. Yo tengo un doble.

 

Antes, creía que tener un hermano gemelo era como tener otro mayor o menor. Ahora sé que no. Cuando uno va por la vida con cara y voz que no son únicas, la identidad está en permanente juego. “¿Sos vos, o tu hermano?”, la pregunta, tonta en apariencia, es algo con lo que he crecido. La respuesta es una paradoja presente en la vida de todos los gemelos. Somos dos, pero la sociedad se empeña en que seamos uno.

 

 

¿Se visten igual? No hay nada peor como que mi hermano use mi ropa. Mi actitud, lo sé, es impropia del promedio de gemelos. Pero cuando veo mis prendas en su cuerpo no dejo de sentir un resquemor. Pasaron años sin que supiera el porqué, solo con el tiempo he llegado a entender que es asunto de identidad. Y vaya contradicción: la palabra identidad viene del latín idem, que significa lo mismo.

 

Algo hubo en nuestra crianza que me hizo aborrecer las similitudes entre Alejandro y yo. No me gusta, por ejemplo, que los dos perdamos un partido al mismo tiempo, o que fallemos en las mismas misiones asignadas, pero ese es otro tema. Por ahora hablo de la ropa: no han sido pocas las veces en que he sustituido una camisa aun cuando solo se parezca en el color a la de mi hermano. Las prendas de vestir son cosas con las que la gente me relaciona a mí y solo a mí. Y no hay nada peor que el hecho que nos vean como si fuéramos lo mismo. No me gusta. Aun cuando sé que, en algún momento, fuimos la misma célula.

 

Por eso, cuando me preguntan con cierta excitación si me visto igual que mi hermano lanzo un “¡No!” rápido y regocijante como respuesta. Los que no perdonan las diferencias de gemelos se ofenden. Supongo que es por la natural fascinación por lo extraño, lo que huele a fenómeno, los espejismos, el espectáculo.

 

A principios de año, el noticiero 4Visión hizo un reportaje que dibujaba a Tonacatepeque como el municipio de los gemelos, por la excéntrica cantidad de gemelos que viven ahí. Basta con preguntarle a cualquier lugareño si conoce dónde viven unos gemelos para que desplieguen una lista considerable de opciones. Armando Elías, empleado de la alcaldía, descubrió que solo en el casco urbano, donde viven unas 7,000 personas, hay más de 25 pares. Y, por supuesto, para él es inconcebible que cada gemelo se vista distinto al otro.

 

“Cuando están tiernitos se ven bonitos vestidos igual”, dice Erika Rosales, madre de gemelos. La mujer cree que al vestirlos igual sus hijos no tendrán envidias y así evitará las peleas. Toda una pacifista. A mí nunca me vistieron igual que a mi hermano. Pero muchos pasan así toda la infancia, hasta que llega un día de la independencia. Es el día en el que cada quien descubre que tiene sus propios cánones de estética, o que carece completamente de ellos.

 

Cuando busco a Armando Elías para esta crónica, ofrece presentarme a cuanto gemelo pueda. Eso sí, les pedirá que se vistan igual. “Si no, nadie cree”, se excusa.

 

¿Y ustedes son gemelos? Christopher y Javier Meléndez nacieron en abril de 1992. Las diferencias en la ropa y en los gustos fueron evidentes en la adolescencia. Uno fashion, el otro más desenfadado; uno platicón, el otro reflexivo. Así que, cuando los conocieron, muchos de sus actuales amigos se percataron de que eran gemelos solo después de unos minutos de plática, y después de hacer la pregunta clave. “Al principio –cuenta Cristopher- explicábamos que sí, bien serios, pero ya a los 13 años nos entraron las ganas de molestar, engañábamos a la gente y decíamos que éramos primos o familiares, pero no gemelos.”

 

 

¿Se cambian a las novias? En el fondo, la monogamia sigue siendo una triste –y frustrante– camisa de fuerza para muchos hombres y mujeres. Y con lo recurrente de esta pregunta lo confirmé aun más: muchos, si pudieran, querrían ser alguien más para tener otra pareja. ¿Que si los gemelos la tenemos fácil? No. Engañar a mi novia ha de ser tan complicado como pedirle que no se fije en mis diferencias, en los lunares, en la risa, o en la forma de hablar. “Este no es el mismo hombre que besé ayer”, escuchó Christopher una vez en la que se hizo pasar por su hermano Javier. Burlaron una y otra vez el corazón de sus noviecitas durante su época de adolescentes. “Lo que hacíamos era comprar ropa bastante parecida, y así íbamos un día yo y un día él. Lo hicimos como siete veces, aunque no duraba mucho”, dice.

 

 

Alejandro y César Crespín, nacidos en septiembre de 1988, dan cuenta de varios noviazgos que incluyeron una que otra confusión. Hace cuatro años, Stefany, la entonces novia de Alejandro, estuvo a punto de besar al que no era. Lo único que la detuvo fue una frase que a César le salió del fondo del alma: “No soy yo, soy mi hermano”. Ambos aprendieron que un simple favor entre hermanos –como entregar unos libros mientras el otro se encuentra enfermo– podía terminar siendo la entrega de otro asunto.

 

Cuando eran colegialas, Itzchel y Xitlaly, gemelas nacidas en 1984, habían puesto sus ojos en un compañerito: Rodrigo. Era el eterno enamorado de Itzchel, la más risueña de las dos. Ella, por pena, nunca le confesó a Rodrigo que correspondía su amor. Él, ignorante de los sentimientos de Itzchel, se cansó de rogar y resolvió su frustración pidiéndole a la doble que fuera su novia. Xitlaly aceptó sin problema.

 

Y hay casos más complejos. “Cuando yo terminaba con un amigo enamorado, mi hermana como que los adoptaba y se quedaba con ellos. Así que ella era la segunda mano”, comenta entre risas Ana Lacayo, gemela de Elena Lacayo de Alfaro, ex presidenta de la Cámara de Comercio y la Industria de El Salvador.

 

 

¿Ya los han confundido? (!) Es la madre de todas las preguntas, y para no entrar en calificativos, digamos que es equiparable a preguntar cuál es la fecha de cumpleaños de cada quien (y aunque no se crea, me han hecho esa pregunta a mí y a otros gemelos que conozco). Supongamos que he sido confundido con mi hermano por lo menos una vez al día desde que nací. He sido llamado Alejandro unas 9,855 veces.

 

No, no he terminado creyéndome alguien que no soy, pero está claro que la resignación es inevitable; y el humor, necesario. A veces he seguido el juego de mi interlocutor y hasta yo mismo me he sorprendido de lo larga que resulta la charla. Otras veces he sido un fiasco y he tenido que rectificar a media plática y explicar que “oh, perdón, no soy yo, soy mi hermano”. Entonces, el completo desconocido que ya tenía unos segundos de mirarme achinando los ojos suele decir frases como “¿Verdad? Entonces me saludás a tu hermano”.

 

Al nacer, los gemelos no solo traen un cordón umbilical sino también un alero, un amigo, un cómplice, un referente, un apoyo y tantos etcéteras. Pero con los años, uno se va dando cuenta de que nada en esta vida es gratis. Hay gente que nos insulta, desconocidos que nos quieren abrazar o besar, personas que nos llaman desde creídos hasta bipolares, padres que nos pegan dos veces, hijos, nietos y papás –nunca mamás– que nos confunden incluso a los veintitantos años de convivencia.

 

Por eso, César y Alejandro, los dueños de cibercafé Pitufos, ubicado cerca de la Universidad Tecnológica, colocaron en el negocio una foto en la que aparecen juntos con la esperanza de que fuera antídoto ante los malos entendidos. Pero sigue habiendo clientes que se enojan porque deben repetir su pedido.

 

Que me confundan ya forma parte mí, tanto como el timbre de mi voz o el color de piel. Y no, no me molesta. Ya me acostumbré. Las disculpas del caso si no te saludo cuando pase a la par tuya. Y, si algún día, caminando por la calle, nos encontramos, me saludás con un abrazo y me preguntás cómo estoy creyendo que soy el otro, no hay ningún problema, lo peor que puede pasar es que te pregunte tu nombre.

 

¿Qué se siente ser gemelo? Yo qué sé, tendría que dejar de serlo para contestar.

 

“Los gemelos tienen una sensación de ego compartido”, me dijo un día el psiquiatra José María Sifontes. El ego es casi toda la identidad de una persona: sus gustos, sus mecanismos de defensa, sus ideales, sus preceptos morales, la impresión de sí mismo. En el caso de los gemelos, el ego está compartido.

 

Por eso hay casos en los que la solidaridad entre gemelos es extrema. Podría tratarse de egoísmo: querer que el otro esté bien para estar bien yo; o podría tratarse de amor: buscar el bien del otro siempre y protegerlo. En todo caso, el vínculo es fuerte. Xitlaly, por ejemplo, pedía a su madre que le pegara a ella también cada vez que Itzchel recibía una palmada. Y viceversa.

 

La muerte de un gemelo ha de doler. Este año, cuando Lech Kazcynski, el presidente polaco, falleció junto a buena parte de su gabinete en un accidente de avión, Jaroslaw, su hermano gemelo, quedó devastado. “El gemelo vive la muerte como una amputación”, dijo a una agencia de noticias un especialista de la Academia de Medicina de Pomerania.

 

George Evans, un hombre nacido en Nueva York en 1901, perdió a su gemelo a los dos meses de nacido, cuando ambos contrajeron una neumonía. George creció anímicamente incompleto, según le contó a mucha gente. Durante toda su vida parecía querer recordar el latido que lo acompañó por algún tiempo. “Tengo que vivir al menos hasta los 100 años”, decía George a cada momento. “Tengo que vivir dos veces, una por mí y otra por Walter (su hermano).” George murió cuando estaba dormido, en junio de 2001, en Highlands Ranch, Colorado. Tenía 100 años.

 

Ulises Iraheta es un cirujano pediatra y ex director del Hospital Benjamín Bloom que tuvo hijos gemelos. Bromea que no sabe de dónde salieron los suyos, pero sí sabe que todo gemelo es una burda duplicación celular. El óvulo es fecundado por un espermatozoide, luego se divide en dos partes iguales, y así van creciendo ambas durante toda la preñez. Cuando un bebé sale con más extremidades o con una oreja de más, lo que ha ocurrido es que un gemelo se quedó sin formar. “Había un compañerito en la escuela que cobraba cinco centavos de colón por cada vez que enseñaba una mano que tenía en la espalda”, recuerda Iraheta.

 

La duplicación no siempre es perfecta, a veces nacen gemelos pegados en alguna porción del cuerpo y, muchas veces, por compartir corazón o cerebro, se hace necesario que uno de los dos muera. Iraheta es experto mundial en estas cirugías, y asegura que la mayoría de veces la duplicación de los gemelos univitelinos –que se formaron envueltos en la misma placenta– es perfecta, y logran nacer separados. En el último año y medio, aproximadamente, 300 partos en el Hospital de Maternidad resultaron gemelares, casi el 1.5% del total de 20,000 nacimientos.

 

Entre los gemelos siempre hay diferencias anatómicas observables y las razones son congénitas; es decir, producto de lo que sucedió durante el embarazo. Si Alejandro, mi hermano, siempre fue un poco más robusto que yo, por ejemplo, es porque recibió más sangre en el vientre. Si los ojos de Itzchel son más achinados que los de Xitlaly es por algo que sucedió en medio del líquido amniótico. Si Elena de Alfaro tiene las orejas distintas es porque a lo mejor, cuando era un feto, apoyó su cabeza de manera diferente a su hermana Ana. En todos los casos, no obstante, hubo una milésima de segundo, cerca de la génesis, en que sí fuimos idénticos, como lo son dos rayos de luz.

 

Las diferencias conductuales son producto de la crianza y de las experiencias, aunque también hay casos en los que las enfermedades mentales y las predisposiciones a ciertas adicciones se heredan.

 

Genética y ambiente forman parte del mismo binomio que moldea a los gemelos. Aunque me diferencio de Alejandro porque mis ojos son más tristes, por ejemplo, también hay aspectos que compartimos –como el sentido del humor–, que solo se explican por el ambiente en el que crecimos. A veces reímos y nadie alrededor parece entender por qué.

 

¿Nunca se han (inter) cambiado? No recuerdo una tan sola vez en la que nos hayamos intercambiado con mi hermano, somos unos gemelos aburridos. Es eso, o ni Alejandro ni yo subestimamos el ojo de los demás.

 

Ahora que lo pienso, pude haber sido un jugador de identidades, como los actores de cine. Quizás nunca me aventuré lo suficiente. Lo más osado creo que fue haber compartido la misma licencia de conducir. Y digamos que no es la gran cosa comparada con el engaño al Seguro Social a cargo de unas gemelas de 29 años que conozco: una de las hermanas tuvo un accidente casero el año pasado, se quebró la clavícula y la única manera de operarla era utilizando los documentos de identidad de su hermana. Lo lograron sin problemas y la hermana menor sigue en tratamiento; su siguiente cirugía ya está programada.

 

Los intercambios entre gemelos van desde conversaciones por teléfono hasta reemplazos en las fotos de graduación como le tocó a Elena cuando Ana estaba en Virginia visitando a una amiga. “Me estaba graduando de una maestría que no había estudiado”, confiesa Elena. Y los intercambios a veces no solo requerían parecer sino también ser: Ana completó unas tres veces los exámenes de Elena durante el colegio, con la connivencia de los maestros. Mientras que Itzchel y Xitlaly aprendieron a falsificarse mutuamente la firma. Quizás por eso es que en países como Venezuela cuando se es gemelo el pasaporte es el primero en consignarlo: “morocho” de tal.

 

 

¿Tienen los mismos gustos? ¡Barbaridad semejante! Aunque hay similitudes (véase apartado sobre los novios) también hay diferencias. Hay escritos sobre gemelos que sostienen que las coincidencias son meramente anecdóticas. No bastaría este espacio para explicar cuáles son las diferencias en los gustos míos y de mi hermano. A veces hemos admirado la belleza de la misma mujer, a veces no. Ya he pensado que mis gustos se volvieron diferentes por esa terca idea de no querer parecerme en todo a Alejandro. Oscar Wilde decía: “Mis gustos son simples, me satisfago con lo mejor”. Pero ya se sabe, lo que es mejor depende de cada quien.

 

¿Y no sienten lo mismo? Todos los seres humanos llegamos a sentir más o menos lo mismo. Lo que cambia es el momento y el estímulo. Creo que todo eso del vínculo extrasensorial entre mellizos es una falacia que ha contribuido a nuestra marginación como especímenes que se ven raro. Cualquier anécdota es pura coincidencia y responde a la fuerte conexión sentimental que puede llegar a sentirse con cualquier ser querido. Que a veces mi hermano y yo decimos palabras o frases al mismo tiempo responde a lo que mencionaba antes, a que el ambiente y la genética son un binomio inseparable en la formación de cada ser.

 

Hay anécdotas gemelares, cómo no. En 2007, mientras Xitlaly estaba de viaje en Venezuela, Itzchel tuvo un mal presentimiento que luego se volvió desesperación. A la 1 de la madrugada salvadoreña (2:30 en Venezuela) se despertó pensando en Xitlaly, tenía el pulso rápido, la respiración agitada. La llamó al celular: acababa de tener un accidente en el bus en el que viajaba hacia una playa fuera de Caracas. A eso le llaman conexión.

 

Ese mismo año, Itzchel fue ingresada en un hospital. “No le queríamos decir a mi hermana, que estaba en Venezuela, para que no se preocupara, pero le agarró una llamadera en la noche, hasta que le dijeron.” Otro accidente fue en el lago de Ilopango: Xitlaly se estaba ahogando, un rescatista la sacó después de cinco minutos de lucha con las algas y la lama. En ese lapso, Itzchel permaneció de pie, observando a su hermana, pero no pudo recordar nada, su mente se quedó en blanco.

 

 

¿No te confundís con tu hermano cuando lo ves? Si había ingenio para hacer preguntas a los gemelos, esta demuestra que también hay espacio para la ingenuidad. Pero si se piensa bien, hay cierta lógica en ella, y de hecho, lo más cerca que estuve de escuchar una respuesta afirmativa a esta pregunta fue la que dijo Christopher durante la entrevista: “Veo a Javier 15 segundos, y lo identifico, y hasta digo ¿cómo se parece, vea?”. Pero hasta ahí. Cada gemelo sabe sus diferencias. Ser igual no es sentirse igual.

“Siento muchas diferencias con mi hermana. Xitlaly es un poco más desconfiada, yo soy más entregada. Aquella toma, fuma; a mí no me gusta ni la cerveza ni el cigarro, yo solo bailo pegado ja, ja, ja.”

 

Nadie sabe qué tan gemelo es, hasta que ve las fotos de su niñez. No me considero igual a mi hermano, porque sé las diferencias emocionales y psíquicas que nos individualizan. Pero no hay trampa más auténtica que ver un álbum de fotografías viejas, amarillentas y ochenteras. Hay una imagen que mis padres tienen colgada en el comedor. En ella, Alejandro y yo estamos escalando un árbol. Hace unos años, mientras la veía, no recordaba quién era yo. Hay diferencias físicas que son reconocibles desde lejos, pero a veces es imposible distinguir. No saber quién es uno en las foto es un estimulante contra el Alzheimer. ¿Qué hacía yo en esos años? ¿Qué pensaba de la vida? ¿Qué niña me gustaba? Las fotos de antes no solo reflejan la igualdad física de entonces, sino también la de nuestro carácter.

Pero hoy, Alejandro y yo nos diferenciamos quizás más de lo que nos parecemos. O quizás las similitudes son tantas que ya ni me preocupo en buscarlas. Pero en el fondo, todo es más sencillo que eso: la felicidad de uno es la felicidad del otro.

 

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