Modo de muerte
Nunca me ha parecido contabilizar a diario a los muertos, aunque sea un derecho a la información. El crimen nos llega a diario como una imagen natural, aunque hiere la sensibilidad.
Escrito por Manlio Argueta / Escritor y miembro de la Academia Salvadoreña de la LenguaDomingo, 19 septiembre 2010 00:00
OPINIÓN (Desde acá)
Escribiviendo
Estábamos en Palo Alto, ciudad del Condado de Santa Clara, California, cerca de Silicon Valley, Área de la Bahía, con residencias de clase media alta (para más referencia, ahí están las nuevas oficinas de Facebook). Caminábamos a la casa de un conocido profesor que nos había invitado a la Universidad de Stanford. Me acompañaba el presidente de la Unión de Escritores de Chile: Poli Délano, con quien participábamos en una charla universitaria.
Caminando del tren a la casa del profesor, situada cerca de Stanford University; conversé con Délano sobre la violencia extrema que prevalecía en El Salvador; pero cometí el gazapo de decirle: “Nos estamos acostumbrando a la muerte”. Délano se sorprendió: “¿Cómo es posible que un intelectual diga tan fácil eso de acostumbrase a los muertos?” Pensé en su acompañamiento compasivo y acepté su recriminación. Lo dije, es cierto, porque lo pensaba, aunque no siempre se debe decir lo que se piensa, porque si no se explica el contexto al que nos hemos referido, la idea no queda al alcance comprensivo del interlocutor.
“En Chile nunca nos acostumbramos a la muerte, pese a que hemos tenido tragedias similares a las de América Central, acostumbrarse al crimen es lo peor que le puede pasar a una nación”. Recibí resignado la reprimenda, pero lo disimulé porque hacía frío y se lo comenté para desviar mi vergüenza. No pensé en defenderme mientras nos íbamos acercando a la casa de Fernando Alegría y Carmencita, su esposa salvadoreña. Fernando era entonces jefe del Departamento de Español de la Universidad de Stanford, novelista chileno y crítico literario que quiso mucho a El Salvador.
Recuerdo otra anécdota de una conocida actriz de teatro, Gilda Lewin, salvadoreña de gran sensibilidad que aún vive en California. Recorríamos un bosque húmedo con pinos, donde crecían el musgo y la hierba como terciopelo. Nos acompañaban dos amigas norteamericanas. Gilda cometió el mismo desliz que yo cometí antes con Délano; un gazapo similar: “Qué bosque más solitario, como para tirar muertos”. Cayó como agua caliente. “¿Cómo es posible relacionar un bello paisaje con un lugar de cadáveres?”, dijeron sorprendidas las norteamericanas. Gilda se sorprendió. Yo me reí tratando de opacar su turbación. La defendí: “En lugares bellos como este es donde aparecen los muertos”. Y es que desde entonces, los salvadoreños ya ni siquiera pensábamos en la belleza de los lugares. En nuestro paisaje, nuestro mínimo espacio, nuestra flora, ahí se han encontrado los cadáveres. Gilda Lewin lloró. Después, reímos todos para darle fuerza. Pero ella siguió perturbada. En un lugar bello del campo salvadoreño encontró decapitado a su esposo, un artista.
Nunca me ha parecido contabilizar a diario a los muertos, aunque sea un derecho a la información. El crimen nos llega a diario como una imagen natural, aunque hiere la sensibilidad. Y es peor si aceptamos las estadísticas mundiales: San Salvador es algo así como la tercera ciudad más violenta del mundo, después de Ciudad Juárez y Tijuana. Continúa Bagdad en cuarto lugar. Caracas quinta. Muertos por cada cien mil habitantes.
Otro dato: las 20 manzanas más violentas de San Salvador están situadas en el Centro Histórico. Aquí trabajo todos los días. Aun así no me acostumbro al crimen. Tenía razón Délano. Todos debemos contribuir para que esa acumulación por décadas no estrangule la supervivencia.
Las anécdotas con Délano y Gilda Lewin, Área de la Bahía, se dieron en 1988. Repito: debemos decir la verdad, pero acostumbrarnos al horror jamás. Si somos independientes y soberanos, no debemos resignarnos a ver la muerte como forma de vida.














Subir


