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Tecnología. Hasta hace unas décadas, pelar una penca de maguey requería hacerlo a manos. En Morazán, algunos se valen de engranajes y un motor diésel para hacerlo.

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  • Tecnología. Hasta hace unas décadas, pelar una penca de maguey requería hacerlo a manos. En Morazán, algunos se valen de engranajes y un motor diésel para hacerlo.

  • Tecnología. Hasta hace unas décadas, pelar una penca de maguey requería hacerlo a manos. En Morazán, algunos se valen de engranajes y un motor diésel para hacerlo.

Tecnología. Hasta hace unas décadas, pelar una penca de maguey requería hacerlo a manos. En Morazán, algunos se valen de engranajes y un motor diésel para hacerlo.

 

El magueyal desapareció. Al menos el que fue un emblema migueleño. Ese, el que está atrapado en la vieja postal que manipula Salomón Sánchez. La postal dibuja a unas azulosas hileras de maguey –una planta que irradia afiladas hojas en forma de espadas– que erizan a una suave planicie hasta pinchar un horizonte no menos hostil. En ese donde salta la púa truncada del volcán Chaparrastique.

—¿Pasó por San Miguel, cuando venía para acá, veá? ¿Alcanzó a ver estos cultivos de maguey, o henequén, desde la carretera? —pregunta Salomón, mostrando la rancia postal.

—Sí, pasé por allí. Vi al volcán, pero nada parecido a los magueyales de su postal. Hasta ahora, solo he visto un rosario de casas, cerros pelones, cactus, jícaras, cercos de piedra...

—¿Y usted cree que esto del maguey ya murió entonces? –me pregunta Salomón Sánchez.

Solo sé responderle que en buena parte del oriente del país a él le consideran “el último cacique del henequén”. Dicen que él –Salomón Sánchez– es de los pocos campesinos que vive bien gracias a la explotación de algo que para muchos está amarrado a lo anacrónico. De pie, bajo el vano de la puerta principal de su caserón, cerca de una pared donde cuelga un lazo y un morral de henequén, Salomón puede ser descrito como un tipo delgado, y tan moreno como el dulce de atado.

Aunque parece menor, Salomón tiene casi 76 años. Viste una camisa arremangada color gris y un cincho negro que dice “El Salvador” con el que aprieta un holgado y opaco pantalón sastre del mismo tono. En contraste, su sonrisa tiene destellos de oro. Y como paradoja, su cabello luce casi tan canoso e hirsuto como una espinosa penca de maguey.

Sin el ego desinflado, Salomón aclara que estamos lejos del antiguo emporio henequero. Ese que según él, antes de la reforma agraria pedecista de 1980, aún reinaba en los contornos más agrestes de la ciudad de San Miguel. Allí, donde él juraría que existieron haciendas y fábricas dedicadas exclusivamente a transformar al henequén en sacos, sogas y hasta bolsos que son inmunes a ataques de insectos. Mientras traba su celular en su cincho, Salomón dice que este lugar es el último reducto henequero de Centroamérica: la región que rodea a una comunidad llamada Osicala. Uno que se esconde de San Miguel, unos 45 kilómetros más al norte, en una de las regiones más escabrosas y empobrecidas del departamento de Morazán.

—¿Quiere ver un magueyal?

—¿Y es que todavía hay alguno?

Salomón asiente. Y me pide salir de su casa para admirar los muchos magueyales de la comarca... Una vez en la calle, él empieza a girar sobre sí mismo. Su mirada examina la aserrada y reseca geografía que nos rodea. Pero ni siquiera así logra ubicar un maguey encaramado en los montes.

Salomón prefiere conducirme por un polvoriento camino que culebreando se adentra en un paisaje tan desolado, que sobrecoge. En el ascendente camino, la brisa enfría el sudor, y Salomón prefiere platicar que el maguey tiene muchos nombres. Dice que aquí lo llaman: henequén, mezcal, sisal o agave Letona. Lo que no sabe es que los antiguos mayas –pioneros en convertir el henequén en pitas y hamacas hace milenos– lo llamaban “ki”. Y que los gringos llevan más de 100 años llamándolo “century plant”. Lo llaman así porque, a inicios del siglo XX, algunos estadounidenses creían que el maguey escupía un penacho de flores únicamente al alcanzar el siglo de vida y poco después desfenecía. Un dato que desmiente Salomón, y muchísimos botánicos. El maguey florea más de una vez, y se marchita a muerte alrededor de los 35 años de edad.

Salomón trata de recordar el color de la flor del maguey –dice que ya no sabe si es blanca, amarillenta o rosada– y se detiene. Frente a nosotros, hay una abrupta colina que –a diferencia de las yermas colinas contiguas– está cuajada de piedras de todo tamaño y de las inconfundibles matas de maguey. “¡En estas tres manzanas cosecho el mejor maguey del país!”, se ufana Salomón a un lado de un maguey de más de dos metros de altura que lo empequeñece. Así, aclara que a diferencia de unos 400 campesinos magueyeros de esta región, él no maltrata este plantío que sembró hace 22 años.

Él razona que cada verano –a finales de este mes, cuando no hace tanto calor– cercena las pencas más grandes de cada maguey, hasta dejarles un mechón de 16 hojas. En cambio, dice, el resto de campesinos estila cercenar casi todas las pencas hasta dejarle una corona de apenas seis hojas. “Yo trato el maguey con cariño. Le extraigo la fibra de otra manera. Lo seco bien al sol, en mi casa. Y aporreo las hebras hasta que queden como pelo recién lavado, desenredado, blanquito, y con menos broza.” Según Salomón, a pesar de que el mercado del henequén está deprimido, lo logra vender a $50 cada quintal. Sus compradores son, en su mayoría, exigentes artesanos del vecino pueblo de Cacaopera, o la capital. “El resto de campesinos venden a menos el quintal, a $30. Les dan menos en base a la calidad. Y otros porque mal venden su producto con tal de tener efectivo.”

Mientras camina entre sus magueyes, Salomón se agacha, esquiva o ladea su cuerpo, para no ser punzado por las aguijonadas pencas del maguey, que además tienen espinas en sus bordes. Resulta fácil abrirse heridas aquí.

—¡Fíjese que por culpa de las espinas y la guerra hoy tenemos menos magueyes!

Salomón describe que en tiempo de la guerra –la de los ochenta– el ejército y la guerrilla le prendían fuego a los magueyales, “porque los dos bandos se pasaban rayando las nalgas y los brazos cuando transitaban de noche por los magueyales”. El mismo Salomón cuenta que por esa época la guerrilla quemó su casa-tienda, su pick up y lo secuestró tres meses: “Cuando me liberaron, quedé en la ruina. Pero gracias a Dios tenía las mismas tres manzanas de maguey intactas. Lo coseché, y rápido me hice de 15,000 colones. ¡A puro mezcal salí a flote con nueve hijos!”

Salomón hace puchero. Lamenta no estar preparando fibra de maguey para que vea cómo es todo el proceso. Toma su celular plateado y se lo lleva a la oreja, murmura que preguntará a unos amigos si están “raspando mezcal”. Pero nadie responde su llamado. Salomón excusa que la señal del móvil se pierde en este lugar donde las planicies y valles son míticos. Poco después, alguien devuelve su llamada. Resuena: “¡Grabé en la penca del maguey, tu nombre! Unido al mío, entrelazados...”, la canción del ranchero mexicano Vicente Fernández que funge de su ringtone.

—¿Y ya ha grabado el nombre de su esposa en una penca? —le pregunto.

—¡No, a ella la ando grabada en el celular y mi corazón!

—¿Aló? Mira...

Salomón sonríe. Y al auricular vocifera: “Aló, mira, ¿y vos no estás raspando mezcal ahorita?” Poco después, Salomón anuncia que iremos hasta los terrenos de un amigo que está en plena faena de extracción de fibra. Y detalla que su amigo vive hacia el occidente de Osicala, en la “merititita región magueyera”. Una región que raya en el misterio, en lo desconocido. Vive bajo la sombra norte de un cerro llamado Cacahuatique. Un cerro que, con la poca discreción que le dan sus 1,663 metros de altitud, logra rasgar a algunas nubes y mantenerse húmedo incluso en días de verano como este. Aquí –y además de Osicala– otros pueblos no menos paupérrimos aún tienen motas de maguey en su paisaje: Gualococti, San Simón y San Isidro. Poblados que parecen amarrados a caminos de polvo para no vagar a la deriva o ser arrastrado por la cuenca del Torola, un verdoso río un tanto más al norte.

 

Dentro de un pick up, mientras transitamos por las calles de Osicala –en dirección a la zona magueyera– Salomón pide echarle un ojo a su poblado...

 

Osicala parece un pueblo grande y algo movidito. Eso contrasta con las desiertas lomas que lo rodean. Hay mucha gente saliendo de buses, tiendas de agroservicio y de su encalada iglesia que carece de alguna estética... “¡Nombre, no vea la iglesia! ¡Échele ojo a los postes, al parquecito y a la alcaldía!”, exige Salomón. A petición, examino los postes. Algunos tienen magueyes pintarrajeados. El centro del parque, en cambio, sí, posee un maguey vivo, pero estoico. Por alguna razón, sus pencas están muy estropeadas, torcidas, rayadas, desafiladas, enfermas. Hasta un chucho vago la ha empezado a orinar. Cerca, la alcaldía resulta un edificio anodino. Lo único atrayente es que en su portal se resguarda el escudo de Osicala. Uno con forma de maguey.

—Allá por San Miguel, hubo dos pueblos que eran quizá más magueyeros que nosotros: Moncagua y Quelepa. ¿Ahora pregúnteles si cultivan el maguey? ¡Nada! ¡El único maguey que les quedó es el de su escudo municipal!

Salomón lo dice serio, con su mirada atornillada en la ventanilla del carro. Lo que él no dirá es que en esta misma región desde hace décadas el maguey ya no es rey. Como ejemplo, desde 1970, San Francisco Gotera –la capital de Morazán, de fisonomía ondulada– incluye en su escudo tres de sus escasos patrimonios: un maguey en flor, una paca de fibra de henequén y dos sogas enrolladas. Aún en 1980, Gotera era todavía una ciudad-escaparate de todo el maguey que producía el departamento. Su mercado dominical era imán de artesanos de jarcia, sobre todo de los que venían desde el pueblecillo indígena de Cacaopera; o de los que venían a comprar fibra desde Nicaragua. Pero de todo eso ya solo quedó el cuento. En Gotera no hay ni magueyales ya.

 

 

Han pasado más de 10 minutos desde que Osicala quedó detrás de una espesa nube de polvo. Aún dentro del pick up, Salomón explica que aún falta para llegar. Mientras dice esto, observa cómo el nubarrón de polvo engulle a dos transeúntes. Cada uno lleva su respectivo machete envainado y su sombrero. Lo que los diferencia es que uno lleva un bolsón de tela sintética negra, y el otro lleva una cebadera de maguey. “Lo sintético ha venido a golpear al negocio del henequén”, se queja de China y sus bolsones baratos, “plásticos”. Luego, lleva su mirada hasta una amplia parcela forrada de un pasto corto y amarillento. En medio del predio, brota una casona blanca con ventanas francesas. Parece nueva.

—¡Esa es la casa de la cooperativa henequera de la región! –aclara Salomón.

Vista desde lejos, la casa parece muy suntuosa para un gremio que se sabe alicaído. Salomón solo sabe explicar que una ONG internacional pagó la construcción de esa casa para incentivar al gremio henequero. “Como he andado metido en lo de la cooperativa de henequeros. Varias veces he ido a Estados Unidos y a México como representante del gremio en ferias y congresos.”

—¡En México, el maguey es parte de su cultura! Por eso, para mí fue una gran cosa ir a Yucatán. Dicen que de allí trajeron el henequén que, desde hace años, siembran aquí.

Salomón –y muchos otros magueyeros salvadoreños– asegura que el cultivo del henequén fue reimportado del mexicano estado de Yucatán a San Miguel alrededor del año de 1900. En teoría, es un “cultivo reimportado” porque el sitio arqueológico Joya de Cerén –una aldea maya que fue horneada por un volcán cercano a San Salvador– tiene pruebas de que hace 1,400 años el henequén ya era cultivado aquí. Incluso exhumaron restos de pitas de henequén con los que amarraban sus construcciones.

—Pero el henequén que se ha cultivado aquí, en oriente, dicen que hace añales vino de México. ¡Y no es el mismo agave del tequila, porque hay como 200 especies diferentes! Las matas de henequén las trajo un señor llamado Carlos Letona –comenta Salomón.

Al igual que Salomón, toda la región de Osicala llama el henequén: “agave Letona”. Se supone que un migueleño llamado Carlos Letona visitó la península yucateca a inicios del siglo pasado. Por esa época muchos criollos yucatecos veían en esta humilde planta –capaz de sobrevivir a paisajes tan calientes como secos– la fuente oculta de una fortuna inmensa. Yucatán se había convertido en uno de los estados más ricos de México, más de 1,000 haciendas producían el 90% de la fibra que llevaban las sogas del mundo. En supuesto, Carlos Letona introdujo el maguey a esta zona pensando quizá en su aridez, y la potencial demanda local de sacos, sobre todo para empacar la abultada producción de café de todo el país. Para 1918, el gobierno salvadoreño ya publicaba que el henequén se había convertido en uno de los seis principales productos agrícolas que exportaba el país, detrás del café, el azúcar, el añil, el bálsamo y el caucho.

Salomón parece serio. Ahora pide detener el vehículo frente a una parcela salpicada de muñones negros... ¡Son matas de henequén recién taladas! Su dueña, una señora robusta y chele, explica: “¡Ese maguey ya hacía estorbo para el ganado, y ahora ya los jóvenes no quieren andar jodiendo trabajando en eso!” Salomón la mira de reojo. Y sin chistar, me pide seguirlo a través de un sendero flanqueado por una huerta, una hilera de piñas y una paupérrima casa construida a puras varillas. Luego de pasar dos pasos de horqueta, el paisaje de la mera región magueyera se abre. Su belleza impresiona.

Se trata de un desorden de lomas forradas con el erizo perfil del maguey.

El color verde olivo de los plantíos contrasta con los colores del cerro Cacahuatique que asoma detrás, hacia el sur. En este punto, el Cacahuatique se figura como una larga muralla pétrea que, con restos de jungla, escurre cuatro altísimas cascadas. Más cerca, debajo de la sombra de un escuálido árbol hay apilados varios fardos con pencas de maguey, junto al motor diésel antes descrito. Y justo detrás de uno de los enormes magueyes, se mueve un sombrero tex-mex.

Es el sombrero del amigo de Salomón. Él se presenta como Alberto Reyes. Tiene 61 años de edad, bigote, camisa manga larga del mismo color del sombrero, y el rostro enrojecido por el sol.

—¿Quiere ver cómo se le sacan las hebras a esto? –pregunta Reyes.

Y enciende el motor diésel. El magueyal se inunda de ruido y humo. Reyes toma una de las pencas y la introduce en una ranura. Y del otro lado de la ranura, unos engranajes no paran de arrojar “pirracha”. Un aserrín verdoso que hasta hace unos años era utilizado como aislante en la industria de camas. Reyes prosigue, ahora extrae la misma penca de la ranura. Luce como un mechón de cabellos verdoso por la sangre del maguey recién pelado.

—Ya llevo años en esto... Y siempre me causa dolor tener que cortarle las pencas al maguey. ¡Pobrecita! Tanto que le cuesta vivir aquí en lo seco para que cada seis u ocho meses la estemos pelando.

Reyes lo dice viendo un cuchillo especial para cortar cada penca. Un cuchillo gordo que llaman “Guapota” y que hasta hace unos años, en vida, fabricaba un señor llamado Pedro Sorto. Uno que vivió en pueblo vecino llamado Jocoaitique. Hace 66 años, el proceso era diferente. En noviembre de 1944, la revista estadounidense National Geographic visitó San Miguel para husmear el proceso de extracción de las hebras del henequén. Fue fotografiado un proceso que antes se hacía a mano. Para quitar la cáscara de cada penca se requerían peines de res o de introducir las pencas en una especie de claqueta de madera.

 

La misma revista describe que, a diferencia de hoy, la carretera Panamericana, a la altura de San Miguel, estaba flanqueada por mares de maguey. Por esa época el “resistente” henequén salvadoreño tenía cierto auge, en parte gracias a la Segunda Guerra Mundial. Entonces, Japón había invadido las islas Filipinas y medio mundo se quedó sin “fibra de Abacᔠo “Manila hemp”. Una planta pariente cercana del banano, de la que se obtiene fibra para hacer sogas y sobres de papel (sobre manila).

—Aquí ya han venido técnicos de Estados Unidos y México para ver si se puede hacer papel y alcohol con el henequén. Dijeron que sí, pero el proceso es caro, no es así nomás –interrumpe Reyes quien apaga el motor diésel.

El silencio reina de nuevo en la sierra magueyera. Y alrededor de Alberto Reyes, junto a sus pencas recién peladas, ya suman otros tres espectadores de su trabajo. Un joven, de 19 años, llamado Henry Orellana que juraría que esta faena es cansada y poco remunerada. Salomón comenta que muchos artesanos necesitan créditos para poder comprar fibra de henequén. Raymundo Méndez, el tercer espectador, asiente lo antes dicho con su delgadísimo rostro moreno. Raymundo tiene 56 años, la mayoría de ellos dedicado a fabricar lazos y hamacas. Él vive en una de esas casas de varitas amarradas con pitas de henequén, y estira sus brazos de forma horizontal. Dice que fabrica lazos de 16 “brazadas”, o 32 varas. Cada lazo dice que se lo compran a $15, porque es un trabajo rudo y a la vez fino.

—Hago esto porque no hay trabajo. Pero como yo no tengo tierras, dependo de los que producen la fibra. Y la producción cada año disminuye más...

Raymundo me cuenta algo que ya sabía. Me habla de la última fábrica de sacos de henequén del país y Centroamérica. La fábrica se llama Agave y está situada cerca del pueblecillo migueleño de Moncagua, –su propietario es un tal Carlos Borgonovo que dicen es descendiente de Carlos Letona, quien en supuesto hace décadas introdujo el cultivo del henequén en oriente– y que fabrica casi un millón de sacos al año en una máquinaria inglesa que desde 1965 no ha hecho más que producir hilos, sacos y unos discos de henequén que en Estados Unidos utilizan para lijar metales. Raymundo se sigue quejando, dice que más del 60% de esos sacos no son elaborados con henequén salvadoreño, sino que usan del brasileño, uno que viene en enormes pacas. O que incluso han empezado a importar yute o kenaf, una fibra que usualmente es confundida con el maguey, pero que de otra especie que ni siquiera tiene forma de maguey, sino de malva, una planta espigada.

—El problema aquí es que nadie quiere cultivar el henequén. Aquí ya solo don Salomón anda promoviendo esto.

Sin sonreír, Salomón asiente con su rostro. Y ahora, le pregunto, ¿alguno de sus nueve hijos continuará con una faena aprendida dos generaciones atrás?

—¡Ninguno! Nadie quiere trabajar el henequén. Es que ellos estudiaron bachillerato y universidad, viven en Estados Unidos algunos...

—¿Y entonces quién va a continuar atendiendo sus dos manzanas de henequén?

—¡Nadie! Cuando me muera, ese henequén se irá conmigo... A pocos les interesa que no se rompa este último lazo con el henequén.