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Los nietos de doña Antonia Barrera pueden meter mano a todo lo que hay en su taller de miniaturas de barro, menos a las sorpresas pícaras. Cuando la experimentada artesana forma diminutas siluetas desnudas que copulan en distintas posiciones inspiradas por el Kamasutra, lo hace a escondidas de ellos. Le da vergüenza, pero son uno de sus pedidos más constantes, son los que le permiten seguir sobreviviendo del barro.

 

Ella prefiere moldear las tradiciones de su pueblo; sin embargo, hace cualquier figura que el cliente le pida. Trabaja su arte presionada por sus necesidades. De cuántas docenas de sorpresas haga en la semana depende la cantidad de dinero con la que podrá disponer para el gasto de los días siguientes.

La encuentro atrasada en las sorpresas para un baby shower que debe entregar en pocos días. El cielo nublado y las lluvias recientes han impedido que le abunde el trabajo porque el barro tarda más en secarse cuando el sol se esconde. Ha utilizado la misma técnica para hacer los diminutos niños Dios de los nacimientos navideños, solo que en lugar de ponerles a José y María, a estos bebés de media uña de diámetro les ha hecho un chinchín más pequeño que una cabeza de fósforo y lo ha pegado en una nube de algodón. Sus nietos le han estado ayudando a pintar las tapaderas en forma de huevo con paisajes rurales. Ella espera que sigan su oficio.

Pasa todos sus días y una que otra noche moldeando, cocinando y pintando miniaturas que llevan detalles que solo se pueden definir con la punta de una espina. Se unta las manos de paciencia y dedicación para elaborar desde el motivo más tradicional, hasta personalidades como el papa Juan Pablo II en su Papamóvil y el presidente estadounidense, Barack Obama.

 

 

El barrio de los Desamparados, en Ilobasco, parece un híbrido entre tradición y tecnología. Pasadas las 2 de la tarde, hay un coctel de generaciones que deambulan por sus calles. Niños, jóvenes y viejos, con vestimentas tan variadas como sus complexiones y épocas, circulan por el parque frente a la iglesia –que tiene el mismo nombre– y sus alrededores. En las miniaturas aún se ven viejas carretas jaladas por sus respectivas yuntas de bueyes por las calles de Ilobasco, pero en el tamaño real no se ven más que vehículos de diferentes colores, diseños y marcas. Algunos muy nuevos, brillantes y notablemente caros.

Se ven casas viejas intercaladas entre edificaciones modernas, de por lo menos dos plantas y con acabados europeos. Tampoco faltan los negocios que se han colado: una telefonía celular, una sorbetería, una que otra tienda de ropa, entre otros. La fachada de la iglesia es el núcleo del sector. Está algo percudida, pero su pintura blanca todavía es blanca. Desde cualquier ángulo que se quiera ver, parece aprisionada entre una telaraña de cables eléctricos. Mientras recorro sus calles, veo una señora que se ha puesto en una esquina con su cocineta de leña y una mesa con guacales. Después de echar algunos pasteles en el aceite hirviendo, se acomoda su delantal de encajes blancos. También veo una producción en serie de pares de vecinas pasadas de peso que conversan en las entradas de sus casas.

La niña Antonieta –así se le conoce en el pueblo a Antonia– vive un tanto alejada del área pavimentada, después de pasar la iglesia. Para llegar a su casa es necesario bajar por un pasaje un poco más estrecho que los demás, curvo empedrado y barroso, que me hace pensar en una serpiente rojiza con piedras lisas por escamas.

La fachada de su casa no es tan llamativa como las fachadas de las de arriba, una mano de pintura verde pastel se mezcla con las manchas que las lluvias de inviernos anteriores han dibujado. Adentro, el color es el mismo, pero sin las manchas de lluvia. En la sala tiene un televisor negro de unas 21 pulgadas, una juguetera café con adornos, la mayoría creados en barro por sus manos. También hay dos sillones con forros floreados colocados frente al televisor.

Ya me estaba esperando. Es una señora bajita, trigueña, de voz suave y agradable, el prototipo perfecto para una abuelita de cuentos. Tiene 59 años y desde hace más de 29 trabaja las miniaturas. Se acaba de perfumar. Está bien peinada, ansiosa. Dentro de pocos minutos dará una clase en un centro escolar cercano.

La veo preparar una caja que contiene animales de barro. Cerdos, peces, jirafas, gusanos y tortugas están secos y han sido cocinados con carbón vegetal en una sartén vieja, así se terminan de deshidratar y se hacen duros. Por ser tan pequeños no necesitan ser horneados. Basta que reciban las llamas que el carbón prendido pueda generar. Así no se gasta mucho, me asegura la niña Antonieta, aunque para cuidar la integridad del medio ambiente no sea muy recomendable.

Algunas figuras tienen desperfectos. Hay una que otra tortuga con el caparazón deforme y peces que más me parecen pirañas con sierras sobre sus espaldas o una especie de pokemón salvadoreñizado. Todos han sido moldeados días atrás por niños menores de nueve años. Ahora veré cómo les enseña a pintarlos, son las 2:45 de la tarde, la clase empezará a las 3.

 

“Las miniaturas de barro ya no son vistas como antes”, asegura Antonieta. Los ingresos de los artesanos miniaturistas han bajado por una razón que no deja de ser extraña e irónica. Cuando el país aún estaba hundido en el conflicto armado, ella entregaba pedidos de hasta 5,000 colones. Mientras se escuchaban las bombas y metralletas, ella pasaba atrincherada en su casa, haciendo figuritas. Sus clientes eran nicaragüenses y se llevaban sus productos hasta el país vecino.

Eso me lo dice con cierta nostalgia, porque ahora que se supone que estamos disfrutando de la paz y del cambio, sus ventas han disminuido. Eso sí, no deja de tener clientes fijos. Hace por lo menos 200 motivos a la semana. Vendedoras de frutas, tortilleras, tamaleras, shuqueras, posiciones del Kamasutra y carretoneros son solo algunas de sus creaciones. Cada docena de miniaturas las vende a $5, lo que le genera ingresos entre $40 y $90 a la semana, según la intensidad con que trabaje.

Cuando le pregunto que por qué las daba tan baratas, su tono de voz melancólico se mezcla con resignación. Mientras entrelazaba sus dedos embarrados, aturrados por la humedad de las quién sabe cuántas figuras que ha hecho en el día, hace una mueca de conformismo y se intenta acomodar en su silla de trabajo antes de decir: “El costo de una miniatura puede ser poco, porque el barro es barato, pero la mano de obra, la creatividad, eso no lo quieren pagar”.

Ve muy lejano que se valore el calvario de los que, como ella, pasan más de ocho horas al día trabajando por ganar entre $0.40 $1.50 por las unidades que hacen.

Esa mueca se transforma en una expresión de orgullo y optimismo. Me asegura que, aunque mal pagadas, las miniaturas abren puertas para diferentes mercados. Ella ha tenido muchas satisfacciones gracias a sus minúsculas creaciones. Esos pedacitos de tradición salvadoreña se han diseminado también hasta suelos hondureños, chilenos y estadounidenses. Aunque a través de intermediarios que se las pagan al mismo módico precio. Incluso han llegado hasta el continente europeo, en el museo personal de doña Sofía de Grecia, la reina de España. En octubre de 2007, la soberana visitó el país en el marco del X Foro de la Microempresa, organizado por el Banco Interamericano del Desarrollo (BID). Antonieta fue escogida para representar a los artesanos ceramistas. Cuando la reina Sofía vio su trabajo, le pidió varias piezas para ella y para sus hijas.

A falta de una paga digna, ha recibido elogios de consuelo.

 

Antes de visitar a Antonieta por primera vez, pasé por la casa de Isabel Hernández, otra de las mejores artesanas miniaturistas de Ilobasco. Su casa está a la mitad de una pendiente pavimentada. Antes de entrar vi subir y bajar, zumbadas, mototaxis rojas que por una “cora” conducen a los ilobasquenses a destinos de corto trayecto. También iba y venía gente con su celular en la mano, los adultos hablaban y los jóvenes mensajeaban. No pude ver las típicas pobladoras con sus refajos multicolores que todavía aparecen en las miniaturas. Solo vi mujeres –gordas y flacas– metidas en pantalones socados, algunas con el pelo planchado, en un intento por asemejarse a las chicas de Disney. Tampoco faltaron los adolescentes con sus pantalones “punteyuca” y melenas a lo Justin Bieber.

La encontré sentada con sus codos sobre una de las mesas de su taller, le daba forma de aves a pequeños pegostes de barro. Sus manos delgadas y morenas estaban ensartando pedacitos de alambres de a lo sumo medio centímetro a los pedacitos de barro. Eran la cola. Una vez horneados, y después de varios pincelazos, serían torogoces.

Isabel –piel morena, delgada, con lunares en el rostro– se especializa en hacer juegos de tres unidades de toda clase de animales, de muñecas moliendo, de gorditas y de bolitos con cerveza en mano. Tiene 50 años de edad y más de 25 de dedicarse exclusivamente a moldear miniaturas, aunque ha trabajado con el barro desde los ocho años. Estaba usando un vestido azul negro y se había hecho una cola de macho.

El taller que vi era un par de mesas y uno de bancos, más de una docena de botes de un octavo de pintura y varias decenas de pinceles. A la izquierda había un televisor pantalla plana que tenía sintonizado un canal de cable. Más a la izquierda, estaba un cementerio de lavadoras, cocinas y otros electrodomésticos. Un espacio que le alquilan a un vecino.

Al principio me pareció bastante seria, pero se mostró amable, aunque percibí que es muy estricta. A pesar de que la noté un poco pálida, su actitud y su chispa para trabajar disimulaban por completo los problemas de salud que padece. Hace un mes la desahuciaron por un cáncer alojado entre el intestino grueso y el hígado. Después de cinco operaciones, su organismo quedó demasiado débil y no resistiría quimioterapia.

Eso me lo contó Victoria Henríquez, una de sus hijas. Ella estaba pintando monos carones con colas de alambre de amarre. Mientras platicábamos, tomaba las figuras entre sus dedos robustos con uñas pintadas de un paisaje típico que la niña Isabel le hizo. Para complementar los gastos, ambas se las ingeniaron para reducir los retratos que suelen pintar en floreros y otras artesanías y los plasmaron en las uñas. Cobran $3 por la manicura con sello de Ilobasco. Victoria también me contó que estuvo más de cuatro años en Estados Unidos. Donde también pintó uñas, pero por no menos de $20. Hacía uso del Estatus de Protección Temporal (TPS), pero por dejada, contó, olvidó una cita con la corte y la deportaron. Desde que regresó, hace cuatro meses, se ha dedicado a ayudarle a sacar los pedidos a su madre, además de cuidar que cumpla con su tratamiento naturista.

Me aseguró que el barro le permitió a su madre mantener, sola, a tres hijas y dos sobrinos. Ahora que está convaleciente, ese mismo barro le está devolviendo la vida que el cáncer le está devorando. Parte de su tratamiento consiste en lienzos de barro que, según Victoria, le están funcionando. Además, enfatizó que siente que moldear animales le ayuda a combatir la depresión.

Me confesó que estar en “el norte” le abrió su mente. Como su madre no quiere dejar su oficio y quiere que ella siga la tradición, se las ha ingeniado para crear aritos con miniaturas más pequeñas que la yema de su dedo meñique. Convenció a Isabel para que moldeara juegos de Bob Esponja, piolines y otras caricaturas populares en estos tiempos y dijo que han causado sensación. Ahora está amasando la expansión del taller. Está por tramitar un sitio web y una página en Facebook. Confía en que su negocio, al igual que la salud de su madre, mejorará en poco tiempo.

Las figuras desnudas tienen entrelazadas sus piernas y brazos en diferentes posturas. Las tapaderas de las sorpresas pícaras pueden ser en forma de frutas, tecomates, huevos con paisajes y hasta de estructuras como casas.

El investigador Gregorio Bello-Suazo publicó en 2003 el libro “Ilobasco, barro eterno”, en el que atribuye la creación de las figuras pornográficas al artesano Juan Córdoba, también conocido como Juan Pistola, por inventar pistolas de barro con forma de penes.

Bello-Suazo asegura que otros artesanos seguidores de las miniaturas inventadas por Dominga Herrera en 1914 redujeron el tamaño de las parejas desnudas, y las hicieron populares.

Antonieta las manda hasta Guatemala. Espera a que sus nietos de nueve y 11 años se vayan a las escuela para trabajar en las siluetas que se convierten en bromas que provocan risas y hasta sustos.

 

 

Los alumnos del Centro Escolar Católico Pío XII están terminando su recreo. Oigo cientos de voces de diferentes registros que van desde muy graves hasta las más chillantes. Figuras de carne y hueso corren, saltan y pelean antes de ingresar a sus aulas. Una vez despejados, el personal de la escuela coloca mesas y sillas para que los pequeños acaben sus primeras creaciones en barro.

Los pupilos son de segundo grado. Ninguno sobrepasa los nueve años. Se van corriendo, como polluelos tras su alimento. Una vez sentados, la niña Antonieta les entrega los animales.

En una de las mesas hay solo niños. Comienzan a dar muestra de la testosterona que les empieza –a duras penas– a hormiguear por dentro. Dos de ellos se jalonean un cerdito.

—Tengan cuidado, mis amores, así no jueguen –los calma la niña Antonieta.

Los cinco prepúberes reniegan porque deben pintar su tunquito de rosado y aseguran que ese es color de niñas. Después de varios segundos de discusión, convencen a la maestra artesana que les dé color celeste.

A pesar de que ha habido talentosos miniaturistas hombres –como Antino Herrera y Rufino Hernández–, quienes más recurren a esta técnica de cerámica son las mujeres.

Salvador Hernández, director de la asociación Movimiento de Jóvenes Encuentristas (MOJE), me confirmó, 15 minutos antes de ir a visitar a la niña Antonieta, la predominancia del sexo femenino en la elaboración de miniaturas. Me confió su hipótesis de que quizás los hombres, por tener manos toscas y menos paciencia, prefieren trabajar otras técnicas, como el torno y el modelado.

La falta de interés de la juventud por aprender a miniaturizar está poniendo la tradición en riesgo de agrietarse como una pieza mal cocida.

Victoria Escobar, coordinadora del Centro de Desarrollo Artesanal (CEDART), me dijo, antes de ir a visitar a Antonieta por primera vez, que considera que el embelesamiento de los jóvenes por las nuevas tecnologías es un factor que incide en la falta de interés por lo tradicional. Por ello, de la mano con la asociación MOJE, está realizando diferentes cursos de cerámica con los que pretende incrementar el interés de la juventud por perpetuar sus raíces, a la vez que propicien ingresos económicos. La preparación dura diez meses e incluye técnicas para utilizar las nuevas tecnologías de la información y comunicación para promover sus productos.

En teoría, manos jóvenes y viejas empezarán a formar sus primeras diminutas creaciones a partir de agosto.

Después de conversar con ella, me dirigí hacia el área donde estaban dando clases de torno. Alrededor de 15 jóvenes entre 16 y 20 años –más hombres que mujeres– estaban moldeando jarrones. Algunos lanzaron una mirada frustrada cuando se les desparramó su creación. Otros sonrieron cuando terminaron su pieza. Todos confirmaron que estaban ahí, porque su condición económica les ha impedido seguir estudiando, aunque la mayoría tenía su celular a la mano. Se han moldeado a un horario de 8 de la mañana a 3 de la tarde, de lunes a viernes.

Solo una joven me dijo que también quería aprender a miniaturizar. Los demás quieren hacer floreros, y otro tipo de cacharros que pueden vender en por lo menos $4 cada uno, e invirtiendo menos de 30 minutos en su elaboración. Con las miniaturas, invertirían toda una mañana.

El taller de miniaturas lo impartirá Rosa Lidia Ventura, una bajita y morena alfarera que ha dedicado más de 39 de sus 61 años a trabajar con esa técnica. Su voz estaba pintada de languidez. Su rostro me regaló una mueca agradable de bienvenida, pero no necesité conocimientos médicos para deducir que se encontraba mal de salud.

Había pasado en cama días anteriores, debido a una fiebre y un fuerte dolor abdominal. Tenía su producción de nacimientos atrasada. Desde la muerte de su esposo, hace siete meses, ya no trabaja igual que antes. Él era su mano derecha, y juntos sacaban pedidos de más de 500 piezas a la semana. No pudo disimular su tristeza, sus ojos la delataron.

Con esa misma tristeza me dijo que en su familia ya nadie quiere seguir su tradición. Sus hijos ya son profesionales y no les gusta trabajar con el barro, solo una le ayuda a pintar, pero está más concentrada en la especialización de su carrera universitaria. Desde pequeños les enseñó su oficio, pero ahora que han crecido no tienen tiempo de desarrollarlo.

Su tono de voz se embadurnó de frustración cuando me contó que cree que las remesas contribuyen a generar el desdén de los jóvenes por el oficio.

—Como hoy la mayoría de padres se va para Estados Unidos y solo le mandan dinero a sus hijos, hacen lo que quieren, se acomodan y no quieren aprender.

Por eso es que ha puesto esperanzas en el curso que impartirá.

En la clase, las pequeñas manos temblorosas hacen sus esfuerzos por pintar los detalles de las figuras que tienen presas. Puedo ver en el rostro de estos chiquillos que están más que emocionados. Ahora que la pintura ya está seca, todos se disponen a bautizarlos.

Antonieta les dice que junten todos sus animalitos.

—¡Miren qué bonitos les quedaron! Ya ven que sí pudieron –les dice con una sonrisa motivadora.

La estampida congelada de animales selváticos está terminada. La bonachona maestra se despide de quienes ella espera sean artesanos en potencia. No recibe más paga que esa satisfacción de enseñar. Quiere sembrar en otros el mismo amor que ella le tiene a su quehacer.

Video

Las miniaturas de Ilobasco para las próximas generaciones 

 

 

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