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En la ciudad iraquí de Najaf hay un cementerio llamado Wadi al Salam; de él se dice que alberga cinco millones de cuerpos. Al sur de la capital sueca, Estocolmo, está Skogskyrkogården, Patrimonio de la Humanidad. El cementerio de la ciudad holandesa de Rhenen ocupó titulares por ser el primero en colocar pantallas digitales en sus lápidas para ver fotos y videos del soterrado. El de la ciudad estadounidense de Whittier es tan grande que tiene a 600 empleados en planilla. En el mundo hay cementerios grandes y pequeños, públicos y privados, para celebridades, para gente pudiente y para quien no tiene dónde caerse muerto, para barcos o aviones y hasta para mascotas. Y en la ciudad salvadoreña de Antiguo Cuscatlán hay un cementerio en el que vive una comunidad entera.

A los que aquí habitan, obvio, les llaman la comunidad del cementerio. Nada difícil es tropezarse con una cruz semienterrada o encontrar tumbas en una sala, un patio o el pasillo de una vivienda. Por las mañanas, es fácil ver sobre las cruces alambres y lazos de los que cuelgan colchas, bluyines, calzones y blusas multicolores.

Y pocos son los veteranos que se resisten a contar las historias sobre su vida en la comunidad. Casi con orgullo, cuentan que este es su año número 30, 40 o 50 de habitar entre cruces y epitafios.

—Hoy se tiene temor al vivo, porque él es el que hace todo lo malo. El que se murió, como quien dice, ya no asusta, no hace nada, pero siempre hay que respetarlos –dice uno de esos veteranos.

Aquí se teme más al vivo que al muerto.

 

La comunidad Colinas de Cuscatlán es una hilera de casas de lámina, bahareque o cemento que se levantan en línea recta, a la izquierda de la entrada del cementerio general de Antiguo Cuscatlán. La vivienda número 16, hecha de lámina y ladrillo, y de unos 30 metros cuadrados, está en la parte más alejada. Pero aquí es donde todo comenzó. Aquí vive ella.

—Donde estamos no hay muertos enterrados.

 

Habla Alejandra Sánchez, mientras remueve con un cucharón la sopa de frijoles para el almuerzo de hoy. Tiene 80 años, 62 desde que llegó a la comunidad.

 

Está parada, pero se ve diminuta, encogida por los años. Sujeta con una peineta su larga cabellera gris y ahora se asoma a la puerta que no es puerta, sino un pedazo ancho de madera atravesado que le llega a las rodillas. Saca una silla de plástico roja. Prefiere sentarse para platicar, para recordar, para aliviar el dolor en sus piernas. Dice que la comunidad no siempre secó sus ropas sobre lápidas y tumbas, que al principio eran pocos y alejados. Pero desplazados de sus hogares por el huracán Fifí (1974) primero o por el conflicto armado después, llegaron más, decenas.

 

Carencias hay, pero vivir aquí es vivir en tranquilidad, sin delincuencia. Es lo que describen sus propios habitantes y lo que se siente al caminar en la estrechez de los pasajes. Alejandra y su suegra, Arcadia Valdez, fueron las pioneras allá por 1947.

 

En cifras, la comunidad del cementerio es algo así: unos 320 habitantes, 62 años de historia, una cuarentena de casas –dos o tres cuartos divididos por cortinas, una pila–, cinco inodoros públicos, nueve chorros colectivos, una casa comunal, dos tiendas, una cancha de fútbol y unos ocho perros viejos y dormilones.

 

Las familias han aprendido a vivir en colectividad. Están organizadas. No reciben ayuda continua de ninguna institución, pero eso es algo que han sabido sortear. Cada familia ha invertido en mejorar y ampliar su vivienda. Comparten el recibo del agua de $56 mensuales, pagan luz y, los más afortunados, línea fija de teléfono. La mayoría carece de empleo formal. Las mujeres trabajan en las casas de la zona urbana del municipio. Lavan, planchan, cocinan. Otras trabajan en la zona industrial del Plan de La Laguna. En el caso de los hombres, esta comunidad tiene su propio semillero de fontaneros, carpinteros, jardineros y albañiles. Afuera, las colonias y residenciales son las principales en beneficiarse de la variopinta mano de obra que abunda dentro del cementerio.

 

La organización se evidencia hasta en la forma de ir al baño: las puertas están aseguradas con diminutos candados y los inquilinos no pueden elegir de forma antojadiza. La mayoría tiene su llave; toca a cinco o seis familias por inodoro. Otros, los menos, han instalado baños en sus casas para ganar un poco más de privacidad. A escasos metros está la ducha colectiva, pero de colectiva solo le ha quedado el nombre. Solo la usa una familia que no tiene pila en su casa.

 

La banda sonora del cementerio está compuesta por cantos de pájaros, quiquiriquíes de gallos, el sonido de las ramas de los árboles de pepeto, mango y eucalipto, niños que juegan a esconderse entre cruces. Pero lo que más hay es silencio. Los inquilinos hacen honor de su ubicación y parecen haber adoptado el silencio propio de los camposantos. Los perros aquí casi no ladran.

 

El día de Alejandra comienza a las 6 de la mañana. Lo primero que hace al levantarse es barrer de la entrada las hojas de un árbol de pepeto. Luego se baña deprisa, a guacaladas, en la pila que tiene atrás de la casa. Hoy lleva un vestido verde limón y el delantal que utiliza todos los días, como si fuera uniforme. Vive con su hijo mayor y un nieto, a quienes solo se les ve durante la noche. En el día se queda sola, aunque no del todo. Alejandra tiene cinco gatos: Boris, Peter, Alberto, Micaela –de dos meses– y Mariposa, la madre, una gata de pelaje blanco y cola negra esponjada. En la vivienda de enfrente, los hermanos Daniela y Josué se alistan para ir a la escuela. Se bañan también raudos, a guacaladas, en la pila de atrás. “Aunque sea pobres, hemos vivido tranquilos. Aquí nos gustaría estar todo el tiempo, aquí envejecimos; nadie se mete con nosotros”, dice Alejandra mirando la refrigeradora que no funciona.

 

Para ella y los demás inquilinos las palabras reubicación y desalojo se reducen a lo que escuchan en las noticias de la televisión o leen en los diarios de vez en cuando. Hubo un tiempo en el que se consideró llevarlos a Ciudad Obrera, en Ciudad Arce. Tonacatepeque, Soyapango y Apopa fueron otros posibles destinos que manejó la alcaldía. Ninguno cuajó. El rostro de Alejandra se descompone cuando se imagina cómo sería vivir en lo que ella llama “terrenos desconocidos”.

 

Alejandra poco sabe de estadísticas, pero estas le dan la razón. Ciudad Arce se estrenó el año pasado en la lista de los 20 municipios más peligrosos. Medicina Legal registró 44 homicidios. Tonacatepeque, Apopa y Soyapango son ya clásicos en ese listado. Solo en este último, 138 personas fueron asesinadas en 2008. En la comunidad del cementerio nadie recuerda cuándo fue la última muerte violenta. Sin embargo, saben que ese pedazo de tierra sobre el que han edificado una vida no es suyo. No tienen títulos de propiedad, aunque parece que eso no les quita el sueño. Más allá de tener una vivienda propia fuera de Antiguo Cuscatlán, los inquilinos están conformes con las ventajas de vivir en un municipio que el PNUD ubica con el índice de desarrollo humano más alto del país.

 

 

La comunidad del cementerio ha sido noticia nacional e internacional. Un periodista no es un personaje extraño entre sus pasajes y sus habitantes son protagonistas habituales de notas, reportajes, fotografías y tareas de estudiantes universitarios.

 

“Aquí conviven ancianos, mujeres y hombres, así como niños que, hace ya mucho tiempo, aprendieron a correr entre las cruces, debido a que los gobiernos no han cumplido su promesa de traslado”, se lee en una nota periodística de 2003 de la agencia Reuters.

 

En otra de La Prensa Gráfica de 2007 se afirma lo siguiente: “Una fina línea separa la vida de la muerte. La pobreza y la falta de empleo han obligado a los vivos a usurpar la morada de los muertos, como es el caso de las familias que residen en la comunidad Colinas, al interior del cementerio general de Antiguo Cuscatlán”.

 

Difusión de su realidad ha habido y la comunidad hasta fue materia prima para un documental. La necesidad de hallar un buen carpintero para que hiciera los muebles de su casa condujo al cineasta salvadoreño Jorge Dalton hasta el cementerio. Cuenta que se hicieron amigos. Ese encuentro fue la inspiración para que, también en 2006, viera la luz el documental de 60 minutos “Entre los muertos”. El material compitió en festivales internacionales de cine y se coló entre la nómina de ganadores del IX Festival Ícaro de Cine y Video de Centroamérica en ese mismo año. La comunidad Colinas, condensada en la imagen de niños que juegan entre tumbas, abre la primera de tres entregas en las que el cineasta aborda el tema de la muerte.

 

“Aquí no hay miedo, aquí todo es sano. Vaya a ver por esas colonias de San Salvador, ¿cuántas cosas no están pasando? Aquí en este municipio pasa nada, puede venir desde Santa Tecla al pueblo, apea el Mercedes Benz y usted viene a salvo.” Las palabras son de Amalia, anciana, madre del carpintero de la comunidad, quien narró para el documental sentada frente a una pared de cemento. Dalton aún la recuerda: “A ella le dieron ese pedazo de tierra en el cementerio y llegó porque un alcalde le dijo que se fuera a vivir ahí; antes vivía afuera, donde hoy está la calle”.

 

Pero eso fue en 2006. Amalia falleció el año pasado.

 

La comunidad del cementerio ha sido noticia recurrente y su situación sigue igual. Pero esas informaciones, que los presentan como víctimas de la peor de las condenas por tener que vivir entre tumbas, poca cuenta dan del arraigo de sus habitantes.

 

“Bien jovencita venía la Alejandra cuando se la trajo a vivir aquí mi hermano”, dice la voz sonora de María Julia Valdez, 70 años y piel caoba, cuñada. Está sentada en la silla del comedor, desayunando tortilla con queso. “Los Valdez fundamos esta comunidad, todo esto era puro cafetal, el cementerio ya estaba ahí”, recuerda sin esfuerzo, como si lo contara a menudo. María es la hija de Arcadia, fundadora de la comunidad y quien falleció hace tanto que nadie da una fecha precisa. Para toda esa primera generación, morir supuso desplazamiento alguno. Arcadia descansa en medio del camposanto bajo una de tantas cruces sin nombre.

 

La alcaldesa de Antiguo Cuscatlán, Milagro Navas, sabe que los habitantes de Colinas le huyen a la idea de ser reubicados en otro municipio. Y sabe también que la opción de quedarse con casa propia dentro del mismo municipio no está dentro de las posibilidades de la alcaldía, por lo que no garantiza que a corto ni a mediano plazo se adquiera un terreno para construirles casas y mucho menos que la comuna pueda financiarlo.

 

—El cementerio no es para vivir, es para los muertos –dice desde su despacho–. Les ofrecimos casas en otro lado, pero no se quieren ir; si yo fuera otro alcalde, con otra manera de pensar, ya los habrían sacado.

 

María Julia se acaba el último pedazo de tortilla. Se incorpora, recoge un tenis sin pareja visible y agrega, como si en ese momento hubiera escuchado a Navas: “La alcaldesa no se mete con nosotros. Los jóvenes trabajan, todos tenemos nuestros trabajos cerca. Aquí no hay maleantes como en otras partes. Bolos sí hay, los domingos. Si nos dieran casitas aquí no más, sí”.

 

Después, se adentra en uno de los cuartos y busca entre la ropa con cuidado, como si tuviera miedo de quebrar algo. En un rincón de un armario, María Julia guarda una cruz pequeña, hecha de madera y que alguna vez fue utilizada como collar. Asegura que le perteneció a una de sus tías. Y le recuerda que toda su familia por parte de padre está enterrada ahí afuera, del otro lado de esa cerca de alambre de púas que mandó poner la alcaldía. Por eso, dice, teme irse algún día, por las personas que tendría que dejar atrás.

 

Aquella tumba que es utilizada como taller de carpintería se está muriendo. Una tumba puede tener otros usos y propósitos. Y este es solo uno de ellos. Desde afuera, en uno de los pasajes asoma una cruz celeste deslucida. Adentro, la tumba ya no es solo eso y se convierte en la amplia mesa multiusos de Wilfredo, o Will, como conocen al carpintero de la comunidad. Para convencer de la calidad de su trabajo dice que tiene clientes de la colonia Escalón. Los católicos de Antiguo Cuscatlán, quizá sin saberlo, se benefician de sus servicios: hace varios años le encomendaron construir nuevas bancas para la iglesia.

 

Él nació aquí. Es conocido. Su juventud, enterrada ahora bajo cinco décadas, también transcurrió entre cruces y tumbas. Tanto que utilizar una tumba como instrumento de trabajo, asegura, no le ha generado dificultades con los parientes del difunto. Dice que aún visitan al finado. “Viene una señora, ya bien anciana, cada 2 de noviembre. No se enoja, al contrario, está tranquila porque bien cuidadita y protegida está la bóveda aquí adentro”, dice Will.

 

La venta de cualquier cosa para un entierro es también, para algunas familias, una fuente de ingresos. Un rótulo colgado de un árbol a la entrada de la comunidad reza: “Se venden cruses y textos a $25 y se hacen jardineras, casa #5”. Un grupo de mujeres toca a la puerta enrejada de María, quien es también la esposa del vendedor de cruces y textos. Las visitantes son evangélicas. Con rostros desencajados preguntan por el señor que hace las cruces. “No está, anda trabajando”, responde María Julia. Ahora se alista para salir y cruzar la calle hacia la casa de su patrona. Lava y plancha ajeno. Su hija mayor se encargará esta mañana de atender a las dolientes, que recién han cancelado la cuota de $6 que cobra la alcaldía para un entierro. Una breve conversación basta para sellar el trato: las mujeres eligen el diseño del texto, una especie de biblia abierta pintada de blanco, que adornará la tumba. Se marchan. Hora de entrega: 3 de la tarde.

 

Hay un sol inclemente. Golpea la brisa. Cacarean las gallinas. Hoy sí están ladrando los perros aburridos y dormilones. Y Alejandra hará lo que solo “al tiempo se anima”: caminar varios metros lejos de su casa. Casi nunca sale, sus piernas no le ayudan. Con pasos cortos llega al lugar donde hace diez años enterró a su esposo, otra de las razones por las que dice que no se imagina yéndose de este lugar. En medio del camposanto, una cruz hundida, maltratada por la intemperie y de la que solo se ve una pequeña parte.

 

Da vueltas por las cruces de alrededor y entonces la ve, pero otro finado usurpa la mitad del espacio donde, en teoría, están su esposo y su suegra Arcadia. El nuevo llegó en enero.

 

—Mire pues, no me había dado cuenta que habían puesto otro muerto casi encima de él –dice, afligida.

 

En eso se parecen el cementerio y la comunidad que vive en su interior: están amontonados. El cementerio general de Antiguo Cuscatlán mide unas 3 manzanas y alberga unos 30,000 difuntos, calcula su administrador. No sabe precisar cantidades, pero dice que eso es suficiente para considerarse saturado, porque ya no tiene espacio para crecer.

 

Alterada por lo que acaba de descubrir, Alejandra se frota las manos, se acomoda el delantal y ocupa unos momentos para recordar antes de decir: “Mi esposo murió de 60 años, le gustaba tomar. Ese día se puso como amarillo, no lo alcanzamos a llevar a la clínica... mejor le voy decir a mi hijo que le venga a pintar la cruz, para que se vea”.

 

De regreso a su vivienda, Alejandra espanta a la traviesa Micaela, que está enroscada junto a su madre en la puerta que no es puerta. Se sienta para platicar. Pese a la caminata, no le duelen mucho las piernas. Está sentada en la silla roja, dispuesta a recordar más. Alejandra sonríe a menudo cuando habla. Muestra una sonrisa desdentada y tímida.

 

Cuenta que llegó jovencita, de unos veintitantos, desde su natal San Juan Nonualco, en el departamento de La Paz. Porque para la más antigua habitante del cementerio todo empezó al mismo tiempo que comenzó su primer amor. Conoció a su esposo Jesús en las fincas de café que hace más de 50 años predominaban en lo que hoy se conoce como casco urbano. A él le gustó ella. Ella no estaba tan convencida. Jesús la cortejó con presentes que conseguía con ayuda de su madre Arcadia: un día le llevaba café en polvo, otro día se aparecía con pan dulce y otra mañana la sorprendió al llevarle dos jabones pequeños. Eso bastó.

—¿Jabones?

—Sí, viera... bien atento era él. Fueron dos jaboncitos así, chiquititos –dice Alejandra mientras encoge y une las arrugas de sus manos.

 

Aparece su hijo Guadalupe, quien no conoce otro lugar desde que vino al mundo en esta casa hace 48 años. Guadalupe nació en un cementerio. Hoy ha regresado temprano. No tuvo suerte en la búsqueda de trabajo. Alejandra lo saluda y le dice sin demora: “No pintaste la cruz cuando te dije, veá... A tu papá le tienen otro muerto encima”. Guadalupe asiente y luego le pregunta que si está segura, que si no lo han sacado. Le dice, le promete, que la pintará mañana.

 

 

En este cementerio, los epitafios son difíciles de encontrar. Son escasos. El esposo de Alejandra no tiene uno. Las lápidas son escuetas y revelan solo lo esencial: nombre, apellido y fecha de fallecimiento. Muchas otras no exhiben nada más que iniciales consumidas por el tiempo. Entre las que sí revelan información hay muchas placas, casi demasiadas, firmadas por esposas e hijos.

 

El cementerio muere a las 6 de la tarde. Pero para la comunidad de sus entrañas, otra parte de la vida apenas inicia: los que trabajan regresan de sus trabajos, los niños y jóvenes uniformados irrumpen en los pasillos con un buenas tardes. En los pasajes estrechos queda atrapado el sonido del reggaetón que alegra a los vivos, quienes lo cantan, lo bailan, lo disfrutan. El sonido sale con fuerza de una de las casas más cercanas a las cruces. En su puerta verde está una joven madre quien dice que espera a su abuela, porque solo ella sabe el pedido que hará al distribuidor mayorista de golosinas y churritos. Tienen planes de futuro. Quieren poner una tienda, sería la tercera en la comunidad. “Si todo sale bien y seguimos aquí, en unos dos meses nos abastecemos”, dice, sonriente, antes de reprender a su hijo de cuatro años por salir corriendo desnudo ante las visitas.

 

Esta es Colinas de Cuscatlán, la comunidad del cementerio, en donde eso del miedo a los muertos es algo así como un mal chiste. Seis décadas han pasado desde que llegaron los primeros, y ahí sigue, con unos habitantes escépticos a las promesas de reubicación, esas que escucharon por última vez en Navidad, cuando la alcaldía regaló juguetes.

 

Quedarse a vivir entre tumbas es una idea que sigue muy presente en las conversaciones entre pasillos.

 

—¿Cómo se sienten acá?

—Bien felices vivimos –se apresura a responder Alejandra. Y se despide, quiere comprar queso para acompañar las tortillas y los frijoles que están en el fuego. Es hora de almuerzo.

—¡Nombre –replica una voz masculina desde la pieza contigua–, si nos llevan de aquí nos matan!