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Mi hijo me sigue dando luz

El dolor de perder a un hijo es intenso. Mauricio Meza es uno de estos padres que van por la vida recordando a su fallecido hijo. En su intento por recuperar el aliento, fundó un grupo que ayuda a otros a trascender de uno de los más duros golpes que cualquiera pueda recibir.

Escrito por Una entrevista de Sigfredo Ramírez
Domingo, 30 octubre 2011 00:00
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Más duro que perder a un hijo es dejarse morir con él. No podemos abandonarnos al dolor ni dejar de cuidar a la familia, ni dejar de reír.”

Cuando Rafa ya estaba muriendo en su cuarto, Gaby le dijo: ‘Gracias por todo lo que nos diste’. Cuando recuerdo eso, sí siento mucha tristeza.”

El único miedo que le queda a un papá que ha perdido un hijo es el de perder a otro hijo. Pero ese miedo no puede ser paralizante ni sobreprotector.”

Fotografías de Giovanni Lemus

E

sta historia comienza con un niño de nueve años. Se llamaba Rafael Meza López. Le gustaban los juegos de video, la carne asada a tres cuartos, y la camisa blanca del Real Madrid. A Rafa también le gustaba salir a jugar a esta calle por donde ahora caminamos. Es un martes en la tarde y todo está en silencio. La ciudad de San Salvador tiene un cielo encapotado que la resguarda del sol.

Tocamos la puerta de la casa donde vivía Rafael junto a su familia. Su hermano Mauricio, de 16 años, abre la puerta. Va vestido con su uniforme escolar y controla a sus dos pequeños perros que ladran sin cesar. Nos invita a pasar y a que nos sentemos en los sillones de cuero de la sala. Dice que irá a llamar a su papá, Mauricio Meza Acosta, quien se encuentra en el piso de arriba. La casa está tan silenciosa como el resto del pasaje.

Al poco tiempo, Mauricio Meza baja las gradas. Sonríe mientras saluda con un apretón de manos. Lleva una camisa celeste con rayas blancas. El celeste era el color favorito de su hijo Rafa. Rafa será eje de nuestra plática. Fue el segundo hijo de Mauricio y Gabriela. Nació el 11 de junio de 1998.

Era un niño feliz. Tenía buenas notas en la escuela, cinta amarilla en karate y era un hábil jugador de fútbol. Pero fue justamente al final de uno de sus entrenos cuando todo comenzó a cambiar. Era un viernes de abril de 2007, y Rafa se acercó a su papá tocándose la pierna para decirle que tenía una pelotita en la zona pélvica izquierda. Mauricio pensó que era un calambre o quizás un golpe del partido.

Unos días después, un doctor con el rostro desencajado le diría que era cáncer. Uno de difícil curación. Allí comenzaría un tortuoso viaje. Uno que incluyó decenas de medicamentos, sesiones de quimioterapia y esa inevitable tristeza que lo empaña todo. En menos de un año, Mauricio y Gabriela perdieron a su hijo.

Rafael murió en esta misma casa silenciosa, donde ahora estamos sentados frente a su padre. La entrevista podría centrarse en la vorágine que vivió Mauricio y su familia. Pero no es el caso. Platicaremos sobre el grupo Renacer de El Salvador, del que Mauricio es fundador. Es un colectivo dedicado a ayudar a las personas que han tenido que sobrevivir a sus hijos. Mauricio hablará acerca de cómo él respondió a la demoledora pregunta de ¿qué se hace después de que un hijo muere?

¿Qué se le puede decir a alguien que ha perdido lo que creía más preciado en su vida?

Cuando uno pierde un hijo, pierde el sentido de la vida. Nosotros solo buscamos que ese padre lo recupere como él crea más conveniente. Puede ser en la iglesia, en el trabajo o en la familia. Usamos la logoterapia, que busca devolverle el significado a seguir vivo después de lo que ha ocurrido.

¿Cómo nace este grupo de apoyo para padres?

Como una necesidad de responderle a la vida. Muchos creemos que nosotros tenemos que hacer las preguntas, pero realmente la vida es la que nos pone las preguntas. Después de que mi hijo Rafa murió en 2008, a los cuatro meses, yo andaba buscando respuestas y hablé con el rabino de la comunidad israelita salvadoreña. Un argentino que me mencionó al grupo Renacer.

¿En qué otros lugares buscó esa respuesta?

Por todos lados. Cuando sucede algo así, las primeras preguntas que saltan son: “¿Por qué a mí? ¿Por qué a mi hijo? ¿Por qué un cáncer?” Uno nunca espera que algo así le ocurra. Al grupo vienen muchos padres porque sus hijos han sido víctimas de asesinatos, enfermedades, accidentes. Uno piensa que eso sale en las noticias, pero jamás se imagina que va a llegar a su casa.

¿Cómo se vive una pérdida tan grande?

Uno no se puede quedar con los brazos cruzados. Tiene que enfrentar esa pérdida. Uno suele pensar: “Sin mi hijo, yo no voy a poder sobrevivir los siguientes cuatro años o su siguiente cumpleaños”. Pero hay que pensar en vivir un día a la vez. Así, poco a poco, uno se va dando cuenta de que la vida tiene sentido. Se va poniendo proyectos, se da cuenta de que le quedan cosas por hacer. Uno renace.

¿Qué es lo más complicado que enfrenta el grupo?

Todas las situaciones son complicadas. Mi situación, por ejemplo, fue complicadísima. Perder a un hijo de apenas nueve años es lo peor que a un padre y a una madre le puede pasar. Y así, hay personas que han perdido dos hijos, o tres. Hemos visto casos en los que una familia completa ha sufrido un accidente de tránsito, y el único sobreviviente ha sido el padre. Y El Salvador es un país en donde no es difícil escuchar de casos en los que una madre pierde a su hijo hoy, y el año siguiente pierde al otro.

¿Cómo se perciben los problemas cotidianos después de vivir algo tan duro?

La percepción cambia definitivamente. La gente por cualquier cosa dice: “Qué desgracia”. Y yo me río cuando dicen eso. Porque desgracia es que te digan que tu hijo tiene cáncer. Catástrofe es que se te muera tu hijo. Y peor que eso es que uno se deje morir con su hijo.

El escritor salvadoreño Rafael Rodríguez Díaz dice que en nuestra cultura la muerte es un tabú, que nos enseñan a verla cómo algo ajeno a la vida, ¿usted cree que es así?

Sí, yo creo que en la sociedad occidental, y particularmente en la salvadoreña, nos acomodamos mucho y no pensamos en que el algo que sucederá inevitablemente. No se nos enseña. Y por eso convivir con la idea de que la muerte ha llegado a su casa es bien difícil. Y cuando le sucede al hijo de uno es todavía peor. En ese momento toca “resetear” los conceptos. La vida hay que volverla a empezar de cero para incluir a la muerte.

¿Y en qué ayuda incluir a la muerte en la vida?

Mientras no podamos entender la muerte es muy difícil disfrutar la vida.

¿La causa de muerte también determina el duelo?

Cada duelo es diferente. Pero en el grupo no hacemos divisiones. Si el hijo murió recién nacido, si murió siendo un niño por el cáncer, si murió atropellado siendo un joven de 20 años o un hombre de 40, el dolor siempre es grande.

¿Han tenido casos tan variados?

Sí, de gente que la han asesinado saliendo de su casa y que tiene a sus padres. Lo primero que hace un padre es aislarse. Piensa que solo a él le ha pasado algo tan grave. Pero en Renacer empieza a ver que hay otros en la misma situación. Se da cuenta de que hay padres que nos parecemos.

¿Qué vacío trata de llenar Renacer El Salvador?

Aquí en El Salvador no hay un grupo de ayuda para personas que han perdido hijos. La psicología se queda corta porque quiere encasillar. Te dice que hay un tiempo para el duelo, lo que se tiene que hacer y lo que no. Renacer no viene a decirle a nadie: “Esto tenés que hacer”. Viene a darle apoyo al papá que se queda sintiendo que el mundo no tiene un lugar para él.

¿Cuántas personas forman parte del grupo?

Somos alrededor de 10 familias. Lo que pasa es que el grupo es diferente para cada persona. Hay personas que vienen a cuatro sesiones, se sienten mejor, y ya no siguen viniendo. Hay personas a quienes quizás no les hizo bien llegar siquiera a la primera reunión. Y habemos quienes agarramos esto como un compromiso. Que creemos que mientras estemos con vida vamos a estar dándole apoyo a otro papá que viene atrás. A otro papá que está sufriendo.

¿Admiten casos de desaparecidos?

No, aquí en El Salvador hemos tenido mucho cuidado. El que tiene a su hijo desaparecido aún no tiene certeza de que haya muerto. Entonces venir a estos grupos es muy duro, porque es una realidad que quizá él no quiera afrontar aún.

¿Cómo define al grupo?

Este es un grupo de vida, no un grupo de duelo.

¿Cuál es la mayor lección de vida que ha aprendido de los demás padres?

Llegó una mamá que no quería vivir porque había perdido a su hijo. A pesar de que le quedaba una niña de 12 años. Una de las dinámicas que hicimos fue la del día feliz. Que consistía en que todos íbamos a estar felices por un día. No íbamos a llorar. A esta señora le gustó tanto ese día feliz, que compartió con su niña. A las dos semanas, llegó la niña al grupo a decirnos: “Gracias por haberme devuelto a mi mami”.

A Mauricio se le ponen acuosos los ojos al recordar el rostro de la niña en la reunión de Renacer El Salvador. Hace unos pocos minutos, su esposa, Gabriela, ha bajado de la segunda planta de la casa y se ha acercado a la cocina. Hoy luce una blusa azul y una sonrisa amistosa en el rostro. Gabriela es mexicana. Su acento la delata. Ella y Mauricio se conocieron en 1993, cuando el papá de Mauricio fungía como el embajador salvadoreño en México Distrito Federal.

Después, se mudaron a El Salvador y comenzaron una vida juntos. Mauricio dice que cada quien en su familia ha vivido el duelo de una manera distinta. El suyo se tradujo en escribir el libro El Desafío de Renacer y dedicárselo a su hijo Rafa. Dice que lo hizo como una forma de desahogarse. De contar todo lo que había pasado en los meses más largos de su vida.

En su libro usted cuenta cómo fue el tratamiento de su hijo, y dice que en esas salas del Hospital Bloom no había ricos ni pobres, sino que padres e hijos enfermos. Necesitados todos de un milagro. Ese estado de igualdad, ¿es el más grande que ha sentido a lo largo de su vida?

Definitivamente, porque habíamos de diferentes clases sociales. Venía la mamá de una niña que había perdido su vista por la quimioterapia en el cerebro. Apenas tenía dinero para el bus. Nosotros, que teníamos un poquito más de facilidades, llevábamos pasteles en nombre de Rafa para enfermeras, doctores y niños. Es que después de pasar allí las primeras 24 horas seguidas, uno se siente parte de todo aquello. Estar a la par del otro papá o mamá, y estar platicando con ellos, compartiendo, viendo el dolor, viendo que el niño se puso feliz. Compartir la felicidad y la tristeza de los que para muchos son los últimos días, todo eso es lo que nos hace realmente iguales. En el grupo Renacer también hay momentos así.

Pero ese quizás fue el primero en su vida...

Sí, ese fue el primero.

¿Cuál era su impresión al ver cómo esas familias de escasos recursos afrontaban algo tan complejo como el cáncer?

Primero, cuando usted va al octavo piso y lee: “Oncología”, lo embarga una sensación horrible. Llevar al niño en silla de ruedas y entrar a Oncología, eso es algo que nunca se va a imaginar en su vida. Uno se pregunta: “¿Qué estoy haciendo aquí?” Y ve cómo los demás se han acoplado, cómo comparten entre ellos. Después uno mismo comienza a compartir con los demás papás. Pasás las 24 horas allí. En nuestro caso, mi esposa y yo hacíamos como turnos de 12 horas. Nos íbamos relevando.

¿Cómo lograba sortear la responsabilidad del trabajo en esos momentos?

Se quedaba mi esposa allí y yo me iba a trabajar.

¿Y se podía concentrar en el trabajo?

No, realmente no. Yo trabajo en la agricultura y me acuerdo que una vez me tocó ir a vender el frijol. Ese día le iban a dar de alta a Rafa y le hablé a Gaby al celular. No me contestaba. Lo primero que pensé fue que algo malo había pasado, entonces dejé el frijol allí. No lo pesamos, no lo contamos, no me lo pagaron. Solo salí corriendo porque no me contestaba el celular y pensé que algo malo había pasado. En situaciones como esa, uno vive en un estado de alerta. No duerme bien. Yo no pude dormir nunca en el hospital y cuando venía cansado a mi casa, tampoco podía dormir. Pasé 10 meses así.

El hospital fue en esa época su segunda casa. Un espacio que usted llegó a conocer bien. Viéndolo en retrospectiva, ¿cómo definiría ese hogar?

Triste y con mucha empatía de cada padre hacia los demás. Se hace una sola familia entre todos. Uno se aprende los nombres de todos los niños. Yo trataba de hacerlos reír. Compartíamos con los papás y con los niños. La tristeza se sobrellevaba con algunas cositas. Del más mínimo chance de reírnos de algo nos aprovechábamos.

¿Y cómo son los recuerdos en ese espacio del hospital Bloom?

A mi hijo nunca le gustó. A él lo que le encantaba era venir a su casa. Él murió en su cuarto. Recuerdo que en medio del tratamiento se le metieron unas cosas y yo traté de cumplirle todo. En un momento dado, me dijo que quería meterse a esgrima y yo le di largas, porque no estaba en condiciones para eso. Trató de ir al colegio, pero no podía, porque tenía las defensas muy bajas. Se sentía mal. Pero por eso, aprovechaba cada momentito en el que se sentía bien. Él aprovechaba cada momentito para disfrutarlo.

¿Qué es el cáncer para usted?

El cáncer llegó a ser una mala palabra. Algo innombrable. Después del duelo que tuve que elaborar, al oír la palabra “cáncer” se me viene tener dinero para hacer una fundación que investigue la cura para todo tipo de cáncer. El cáncer es algo que uno ve lejano y que no cree que vaya a tocar a su familia. Uno menos se imagina que vaya a llegar a un niño que tiene toda su vida por delante.

Usted rescata el valor de la familia nuclear, la esposa junto al esposo, pero ¿cómo pueden afrontar la pérdida de un niño todas las madres solteras?

Sería bueno que conocieran de Renacer. Porque muchas no elaboran su duelo. Hay gente que perdió un niño hace 10 años y le preguntamos: “¿Y qué hizo?” Y responden que “nada”. Esa respuesta encierra cierta insensibilidad y resentimiento a la vida.

Con todo lo que pasó usted abrazó la religión judía. ¿Por qué el judaísmo y no el cristianismo?

Toda mi vida he tenido amigos judíos. Cuando murió Rafa, lo primero que se me vino a la mente fue ir a buscar al rabino. Creí que él me iba a dar las explicaciones que no se me podían dar en otro lado. Pero el rabino fue claro: “No te puedo dar ninguna respuesta, porque el judaísmo no se enfoca en la muerte, sino en la vida”. Me cambió el panorama. Me dijo que me enfocara en la vida.

¿Cómo es su relación con Dios?

Muchos de nosotros, no todos, pero muchos de los papás que hemos perdido hijos pasamos un tiempo peleados con Dios. Yo me metí al judaísmo, me metí de lleno a la lectura de las escrituras hebreas y eso ha sido muy gratificante. Le ha ayudado a toda mi familia, no solo a mí.

¿Cómo ha sido en el caso de su esposa?

Bueno, a ella no le gusta hablar mucho y yo lo respeto. Mi hijo, Mauri, pintó este cuadro, y este otro en 2009 (Mauricio señala dos pinturas en la sala), un tiempo después de la muerte de Rafa. Mauri aprendió a pintar porque él se iba a clases de pintura en lo que Rafa se iba a las de fútbol. Aquí cada quien lleva su proceso y todos nos apoyamos. La semana pasada vino mi rabino de Estados Unidos y Gaby le dio un recibimiento increíble. Ella no participa del judaísmo, pero el Rabino la quiere mucho.

¿Ella sigue siendo cristiana?

No, ella es agnóstica. Yo le digo que es una buena judía atea.

¿Les costó mucho llegar a un punto de entendimiento como pareja?

Todavía vamos, todavía estamos caminando por ese sendero.

¿Y vivir el duelo de una manera diferente no los destruye hasta cierto punto?

No, lo peor que podemos hacer es venirnos a meter a la vida del otro, aunque sea nuestra esposa o esposo, y decirle: “Esto es lo que tenés que hacer: ir a la iglesia, dejar de llorar”. Eso no se hace. Se deja a la gente que maneje su vida. El ser humano es capaz por naturaleza de enfrentar las cosas. Claro que necesita apoyo y esa es la tarea de Renacer. Pero no puedo hacer que ella piense o sea como yo soy.

Ese es un gran error que se puede cometer...

Sí, porque uno está buscando que lo entiendan y lo que tiene que hacer es entender al otro. Cuando muere un hijo, la pareja pasa por un periodo muy difícil. Ninguno entiende al otro.

En su libro, usted narra que después de la muerte de Rafael, su esposa se fue a México junto a su otro hijo...

Eso fue bien duro para mí. Porque al morir mi hijo, me quedo solo. Pero allí salió el ser humano. Porque no me quedé llorando y lamentándome, sino que me puse una meta inmediatamente: recuperar a mi familia. Y para eso yo tuve que hacer cambios dentro de mí. Y me fui a traerlos.

¿Qué es lo peor que alguien puede hacer cuando está preso del dolor?

Morirse con esa pérdida. Más duro que perder a un hijo es dejarse morir uno con él. No podemos abandonarnos al dolor, ni dejar de cuidar a la familia, no podemos dejar de disfrutar o de reír. Al hacer esto, está convirtiendo a su hijo en un verdugo. Y no se lo merece. Lo que merece es que ese tiempo que haya pasado aquí, nosotros lo guardemos como una inspiración.

¿Se siente fuerte?

A veces. Esto es una montaña rusa. La diferencia es que los primeros días esa montaña rusa es la más dura que podría existir. Uno está en la mañana mal, después un ratito bien, y después ya no quiere vivir. Pero cuando uno elige que quiere la vida, entonces esa montaña rusa va bajando la intensidad. Siempre hay momentos de tristeza y por allí se le salen a uno las lágrimas. A mí todavía me pasa y creo que me va a pasar siempre. Creo que mientras la pérdida de mi hijo esté en mí, me voy a sentir triste. Pero es llevadero.

¿Qué papel juega el llanto como parte del desahogo emocional?

Es vital. Es muy necesario. Creo que todo conlleva un equilibrio y es necesario llorar. Claro, no solo hay que vivir en el llanto ni en la catarsis. Porque si no todo el tiempo vamos a estar con las lágrimas en los ojos. Por momentitos, de repente surge un pensamiento de los que hacen daño. Algún recuerdo. Como cuando Rafa ya estaba muriendo en su cuarto y Gaby le dijo: “Gracias por todo lo que nos diste”. Cuando recuerdo eso, sí siento mucha tristeza, pero intento que no me domine por completo.

¿Tiene mucho tiempo de no llorar?

Sí, quizás desde principios de año. Fuimos a México y ese país me trae muchos recuerdos de Rafa. Pero ya no es como antes. Los primeros días uno llora todo el día y cree que así va a ser siempre. Pero no es así. Poco a poco, uno va agarrando esa fuerza. ¿Y cómo va agarrando esa fuerza? Ayudándole a otro.

¿Así se supera de algún modo la pérdida?

No. Solo se trasciende el dolor, no se supera. Vemos en los programas de la televisión: “Cómo superar la pérdida de un hijo”. Creo que eso no se supera nunca, porque eso implicaría pasar la hoja. Trascender quiere decir enfrentarlo, usarlo y convertirlo en una catapulta para que yo pueda ser otra persona. La vida después de la muerte de un hijo nunca va a ser igual.

Gabriela entra y sirve café en la mesa. Siempre con una sonrisa. Después de la muerte de su hijo tanto ella como Mauricio han vuelto a la universidad. Ella está estudiando Traducción al Inglés mientras que su esposo lleva el segundo año de la Licenciatura en Psicología. Para Mauricio, la próxima semana será de parciales. Esto lo ha mantenido ocupado y cuando le preguntamos si vio el partido del Real Madrid por la Liga de Campeones asegura que lo ha olvidado. Para él, los partidos del club español no son fanatismo ni enajenación, sino una forma de recordar a su Rafa. Cuando se despidieron de Rafa por última vez llevaba puesta su camisa favorita. La del Real Madrid.

¿Qué valor tiene la soledad en esos momentos tan difíciles de asimilar?

En ese momento fue bien duro estar solo. Los recuerdos son muy intensos. El llanto, el dolor, muy intensos. Lo mejor es no estar solo tanto tiempo. Más que todo en los primeros momentos. Ahora, yo valoro muchísimo mi soledad.

¿Cree que el tiempo cura las heridas?

No. No vamos a negar que los primeros momentos de todo sean los más complicados. El primer día, el primer mes, el primer cumpleaños, la primera vacación. Pero, al final, no es el tiempo el que te recupera. Yo conozco gente que ha dejado pasar 15 años desde que sus hijos murieron, y siguen en depresiones extremas. Conozco gente que no elaboró el duelo. Como que solo lo tapó. Fue un mecanismo de defensa y negación. No es el tiempo, sino lo que decidimos hacer en el tiempo lo que va curando.

En la dedicatoria de su libro, usted le da gracias a Dios por darle fuerza en algunos momentos en los que su vida corría peligro. ¿Cuáles fueron esos momentos?

Fueron momentos en los que a mí ya no me importaba vivir. Sentía que mi vida ya no valía nada. Momentos en los que hubiera podido morir. A mí no me gusta hablar de Dios, porque siento que me quedo muy corto. Pero no me explico de qué otro modo pudieron llegar a mí las personas indicadas, las situaciones indicadas. Así seguí con mi vida y así he llegado hasta aquí, hasta esta entrevista.

Hay otro pasaje del texto en el que usted dice que tiene una relación con su hijo después de la muerte. Algo que nadie le va a quitar. ¿Cómo se mantiene una relación con alguien después de la muerte?

Eso es algo que tratamos de hacer en Renacer. Que nos demos cuenta de que podemos seguir manteniendo una relación. Cada quien lo hace de distinta manera, algunos les gusta ir al cementerio y les platican. A mí no me gusta mucho. La relación que yo mantengo con mi hijo consiste en tratar de ser una buena persona y dedicárselo a él. Recordar sus cosas, sus chistes, hoy quizás le fallé porque se me olvidó el partido del Real Madrid. Él está dentro de mí. Lo recuerdo cuando llueve, lo recuerdo cuando hay algún evento feliz.

Uno de los aspectos más difíciles que escribe en su libro es poner en un tercero –en este caso los doctores– la responsabilidad por lo que ha pasado. ¿Cómo se supera ese rencor?

Es difícil porque los doctores son seres humanos y se equivocan. Pero implica la vida del hijo y uno se pone a pensar en si los tratamientos que eligieron fueron los mejores. También queda allí la culpabilidad de uno por haberle creído a un especialista sobre otro. Pero realmente se llega a un punto en el que se dice: “Sucedió así, qué me gano yo amargándome la vida pensando en cómo hubieran podido salir las cosas”. Una de nuestras terapias es quitarnos los hubieras. No sirven de nada.

Y cómo se supera este punto dentro del grupo con los padres que han perdido a su hijo por la violencia. Porque allí hay un homicida...

Hubo una mamá que cuando comenzó a escuchar que los otros padres habían perdido hijos, tiró la silla y gritó: “Pero a mi hijo me lo mataron”. Y tiró la puerta. Mi esposa se fue a tratar de consolarla, pero es bien difícil, porque son dos procesos los que ellos tienen que enfrentar. La muerte de su hijo y el deseo de venganza. Las personas que han perdido a sus hijos por asesinato y que se han quedado en el grupo, de lo menos que hablan es de venganza. Eso ya quedó atrás. Mientras haya deseos de venganza, el proceso de elaboración de duelo es difícil.

Muchos acusan a esta sociedad de ser hasta cierto punto insensible a la muerte. ¿Usted cree que El Salvadoreño es insensible?

Bastante. Y se nota en la clase de comentarios que hacen. “Ya superalo”, suelen decirle a quien ha perdido a su hijo. O a veces salen con: “Mirá, ya dejá de llorar”. Y una de las cosas más crueles que le pueden decir a uno es: “Eso te pasó porque a saber qué pecado tenías”.

¿A usted le dijeron eso?

Sí, y no solo a mí. Aquí en el grupo venimos a dar queja de todo lo que nos dicen afuera. Son cosas realmente insensibles que quizás nacen de cierta ceguera espiritual. Y hay incluso gente que ha enfrentado la muerte de sus hijos y le dicen a uno: “Ah, pero el suyo estaba enfermo, en cambio al mío me lo quitó un accidente; de repente, ya no lo vi”. Lo hacen como queriendo aplicar el “dolómetro”. Como para poder decir que lo de ellos ha sido peor. Y otros, que no han perdido hijos le dicen cosas como: “Nombre, no te preocupes que Dios ya te va a mandar otro”.

Distintos medios de comunicación han firmado acuerdos sobre la cobertura de los hechos de violencia, ahora no vemos la imagen del fallecido pero sí a sus familiares llorando. ¿Cree que los medios relativizamos el dolor por la pérdida de un ser querido?

A mí me parece indignante. Yo creo que son momentos muy personales, son momentos que no están para publicarlos. Sacar eso no es muy digno ni ético.

Hace tres semanas Mauricio recibió la llamada de una de las madres que conoció en el Hospital Bloom. Era para avisarle que su hijo, Brian, había fallecido. Brian y Rafa entraron al hospital casi al mismo tiempo hace cuatro años. Todo este tiempo, Brian continuó en tratamiento. Mauricio y Gabriela fueron juntos a la vela y al funeral de Brian. Él asegura que era un compromiso acompañar a su mamá.

Mauricio, ¿usted le tiene miedo al cáncer?

No, tengo otros miedos, pero no al cáncer. El único miedo que le queda a un papá que ha perdido un hijo es el de perder a otro hijo. Pero ese miedo no puede ser paralizante. No puede ser un miedo sobreprotector. No podemos anularle la vida al otro hijo.

¿Qué le da paz?

Muchas cosas me dan paz, me da paz ese tiempo libre que puedo estar en soledad. Me da paz ver a los niños. Estar al aire libre. Ver el sol y las estrellas. Recordar a mi hijo me da paz.

¿Cómo es el hijo al que recuerda?

Un niño que disfrutaba todo y que no era complicado. Le encantaba ir a jugar boliche. Él disfrutaba la vida desde chiquito. Su primera profesora del kínder nos dijo: “Este niño es especial, cuídenlo, porque él aprendió a leer solo”. Cuando los papás de Renacer hablamos de nuestros hijos, nos identificamos. Esos niños o jóvenes o adultos que ya no están quizás disfrutaron más que personas que pasan de los 80 años de edad. No creo que sea como una idolatría que el padre le hace a su hijo muerto. Nosotros solo contamos estas anécdotas que acaban siendo bien sorprendentes. Y es como un alivio, porque uno dice: “Bueno, vinieron por un tiempo corto, pero lo disfrutaron”.

Como que todo tenía un propósito...

Podría ser, a veces cuesta que le digan a uno que se fue porque ese era el propósito de Dios. Eso cuesta asimilarlo. Yo prefiero pensar en que Rafa vino y dejó luz. Él vino a dar luz a todos los que lo conocimos. Vino a dar luz y mi alegría es que me sigue dando luz.

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Mi hijo me sigue dando luz - La Prensa Grafica - Noticias de El Salvador

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