Historias sin cuento
Domingo, 22 enero 2012 00:00
Álbum de libélulas (XXXIII)
266. SIGUIÉNDOME LA PISTA
Todos tenemos relación con algún fantasma. Afirmación opinable, que yo tengo como verdad revelada. Y eso no quiere decir que esté seguro de que los fantasmas existen. Me explico. Mi vida ha sido un vaivén constante entre el predominio de lo material y la preeminencia de lo espiritual. Lo único permanente fue siempre la cercanía de alguna presencia fantasmal. En las épocas materiales, esas presencias fueron las mujeres fatales, que antes se llamaban vampiresas; en los períodos espirituales, damas caritativas que hacían labor entre los más necesitados. ¿Y por qué digo fantasmal? Porque me enamoré sucesivamente de todas, sin que nunca me animara o me atreviera a hacérselo saber a ninguna. Todas, pues, fueron exquisitos fantasmas de mi imaginación. Fantasmas que fueron personas reales. De seguro el verdadero fantasma soy yo.
267. ANNE Y SUS INVITADOS
Descendieron a la planta baja, al espacio destinado a la ceremonia, que en realidad no tenía nada de tal. Simplemente tres sillas cómodas a la par de una repisa con objetos simbólicos, que bien podían confundirse con adornos exóticos. Estaban descalzos, porque los zapatos los habían dejado a la entrada de la casa. Por un ventanal se podía observar la vegetación espesa, que envolvía al lugar en un velo de penumbra. Se ubicaron en los asientos. Se tomaron de las manos con los ojos cerrados e hicieron la invocación a los poderes de la tierra y a los señores del aire. Era casi mediodía, y los reflejos solares pugnaban por hallar un resquicio para llegar a integrarse al pequeño círculo. Un aroma a jardín repentino sí logró hacerse sentir. Y esa era la señal. La que hacía que la médium emprendiera el convivio con los espíritus presentes.
268. ¿A QUÉ ALTURA DEL VUELO ESTAMOS?
Sí: ¿a qué altura del vuelo estamos? Pregunta sin respuesta precisa, porque volar, para los humanos, es hacer posible lo que las potencias físicas naturales no nos permiten. No somos pájaros, no somos libélulas (¡ejem!), no somos mariposas. No somos briznas, no somos soplos de polvo. ¿Qué somos, pues? Somos conciencias en trance, y esa es otra forma de volar, la nuestra. Hay que hacerse, ya en esa dimensión realizable, la pregunta del principio: ¿A qué altura del vuelo estamos? A través de la ventanilla, la tierra parece distante y las nubes nos rozan los párpados. Pero la conciencia me dice lo contrario: la tierra está más cerca que nunca y las nubes se escapan con más soltura de libertad. Cierro los ojos para concentrarme en la volatilidad de los contrastes. Cuando los abro, el cielo y la tierra de la mano me saludan desde el balcón de una nube.
269. DECISIÓN APROBADA
El trozo de cuarzo rosado tenía que estar en la tierra, en la Madre Tierra, y el sitio más propio tenía que ser entonces el jardín, que cada vez estaba más enmontado y silvestre, porque no había quién se dedicara a las labores de limpieza y ornato. Un jardín, como cualquier otro ser, necesita atenciones constantes, pues de lo contrario va perdiendo la gracia y la compostura hasta ser una maraña sin forma. Salió al jardín esa madrugada, con el lucero del alba en el frontispicio del horizonte, a colocar la piedra donde mejor pudiera revelarse su destino, que es dar protección y atraer amor. Aunque conocía centímetro a centímetro aquel espacio que formaba parte viva de su hábitat, esta vez andaba recorriéndolo como si fuera terreno desconocido. Entonces cerró los ojos y depositó el cuarzo simplemente sobre la tierra. Abrió los ojos. El lucero del alba parecía sonreír.
270. ESA NUEVA MISIÓN
Estaba en su estudio, como todas las mañanas, en el trabajo de descifrador de lenguajes enigmáticos. Durante bastante tiempo, como estudiante en su primera juventud, se dedicó a comprender los mecanismos de la comunicación humana, por vía de su propia lengua. Y luego, cuando le llegó el momento de buscar ocupación lucrativa, recibió la herencia que le permitiría seguir en la otra fase de su misión: ir al encuentro de los signos comunicativos extrahumanos. Mundo animal, mundo vegetal, mundo mineral: todos ellos con sus respectivas formas de intracomunicarse. Y así arribó a un punto en que el impulso interior, misterioso por naturaleza, le hizo alzar la mirada. Aquella tarde salió de su encierro. El cielo resplandecía. ¡Ahí estaba el capítulo siguiente: su próximo desafío sería descifrar el lenguaje de las nubes!
271. FOTOGRAFÍA DEL FUTURO
En el rincón de la sala del Admirals Club del aeropuerto Dulles fue a hallar una pista convincente: aquella fotografía firmada por Steve Manville, Siete de Corazones. Un pichelito de lata, un ínfimo sacador plástico de jugo, un tazón para aceite, un machacador de especias, un colador, un raspador de queso, una caja metálica sin destino definido; y, entre el pichel y el sacador de jugo, la carta: el siete de corazones. Faltaba aún más de una hora para que comenzara el abordaje. Había tiempo para familiarizarse con aquel inesperado espectáculo que parecía ubicado en alguna de sus casas más antiguas. Por el ventanal se veía lo normal en un aeropuerto: los aviones estacionados o desplazándose. Uno de esos aviones era el suyo; y la escena de la fotografía, su eventual destino. ¿A cuál de aquellas casas escondidas en el tiempo estaba regresando?
272. SOÑAR NUNCA ES EN VANO
EAbrió la ventana y el cielo estaba ahí. Se quedó observando el prodigio, como si aquello fuera la prueba viviente de que todo lo que se sueña es realizable, aún lo que parece ajeno a toda forma de realización. Lo había soñado infinidad de veces y cada vez que lo hizo despertó con una sensación agridulce: la de lo imposible y lo inevitable en sorprendente y enlazada armonía. Se fue acostumbrado a aquel sueño, hasta experimentarlo conscientemente como algo propio. Le tomó sabor a la impresión de despertar con la promesa implícita y poderosa de repetir lo soñado. Ya no esperaba nada más. Por eso, aquella mañana sintió que había reposado en la realidad y ahora recordaba en la irrealidad. ¿Y cómo no sentirlo si él seguía enterrado en su calabozo y la ventana sólo era el remedo inútil de una ventana común?
273. TENTACIÓN FORESTAL
l vehículo avanzaba velozmente por la autopista, con la naturalidad de los destinos que cumplen su propio mandato. Allá, al fondo, la cadena montañosa parecía inalcanzable, pese a la disciplina de la velocidad. Pero, de pronto, la falda de la montaña estaba ahí, y tocábamos su ruedo como si fuera un encaje seductor y complaciente. El vehículo se detuvo. Bajamos. Teníamos que convencer a la montaña de que se dejara penetrar. Hicimos el rito, nos hincamos en la tierra, encendimos el incienso emocional y verbal. ¡Todo listo para hacer el amor en la espesura, como debe ser!














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