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Historias sin cuento

 

Escrito por David Escobar Galindo
Domingo, 29 enero 2012 00:00
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Los dioses hablan solos

El musicón venía de algún establecimiento vecino, y no era raro: en aquella zona los negocios de diversión habían ido ganando progresivo terreno. Diversión variada, que incluía lo legal y lo ilegal, como se estila en estos tiempos. Las estrechas calles aledañas, que en realidad eran callejones semialumbrados con antiquísimos faroles de gas, estaban curiosamente vacías a aquella hora, la de los habituales deschongues, que a veces incluían hasta balazos al aire, para amenizar la velada, como solía decir uno de los habituales, aquel, el que estaba hoy apoyado perezosamente contra un muro sin repello, como si estuviera esperando a alguien.

Pasó un perro de apariencia sarnosa, husmeando por el entorno. Muchos aromas y hedores estaban a la mano.

—¿Qué andas buscando hoy? –le preguntó el habitual humano al habitual canino.

El chucho se detuvo y levantó hacia el otro su mirada opaca pero infalible. Y ese giro visual parecía decir:

—Ando en busca de una tajada de jamón serrano. ¡Imbécil serás!

—¡Qué geniecito más fermentado en bilis! ¿Me acompañás o te quedás?

Los dos habituales comenzaron a caminar juntos, a la par, como si cada uno de ellos fuera el guía del otro. Entraron en uno de los callejones, el que daba de golpe la impresión de ser el más oscuro. Y, al nomás internarse con los primeros pasos, una indefinible onda de fragancia inspiradora se hacía sentir.

—¡Qué bien huele la vida, vos! –dijo el humano, en un susurro.

Y la respuesta fue un ligerísimo gruñido:

—Huele a damisela en su diván. Pero yo lo que tengo es hambre.

Entonces, otra ola de aroma se hizo sentir, mezclándose con la que ya imperaba.

—¿Te gusta, mano?

El ligero gruñido se convirtió en suspiro aspirado:

—La mesa está servida… ¡Apurémonos!

Pero, en los hechos, ninguno de los dos aceleró el paso. El aire del callejón se daba el lujo de ser una especie de contralor de velocidad, para decirlo con una frase técnica.

Allá, cada vez más lejos, en una de esas lejanías que producen el efecto de que cada paso se multiplique por diez o por cien, el musicón se iba volviendo una curiosa resonancia nostálgica. Como para preguntarse: ¿En qué mundo estamos?

La oscuridad del callejón, que no era agresiva o sospechosa en ningún sentido, los había vuelto invisibles por completo; pero con esa invisibilidad que es una sabia especie de anonimato prometedor.

Se oyó desde lo oscuro la voz del habitual humano:

—Ya llegamos.

Y un ladrido con reminiscencia de instrumento de viento hizo eco:

—Todo en orden, amigo. Otra velada de dioses.

 

 

 

La muerte quiere cambiar de vida

 

—¡Toc, toc, toc! –el sonido no era de una mano que llama, sino de algo así como una rama que roza.

—Adelante –respondió el susurro.

La puerta se empezó a entreabrir, como si la empujara una mano de extrema debilidad o de escrupuloso sigilo.

Cuando estuvo abierta del todo, lo que había en el lado externo del umbral era una ráfaga que parecía detenida en su propio pálpito.

Adentro, en su mecedora de las de antes, de pesada madera y de crujido ceremonioso, el señor de apariencia impecablemente impávida no movió ni un solo músculo.

La ráfaga hizo el evidente impulso de salir de sí misma, para avanzar hacia donde estaba el hombre de la mecedora, pero algo la detenía; y aquel curiosísimo e indescifrable forcejeo tenía todos los visos de ser el de un cuerpo sometido que estuviera empeñándose en escapar de su camisa de fuerza. El señor observaba, y un ojo avizor hubiera podido advertir en aquella actitud la prepotencia inmóvil de los que ya no tienen nada que exponer.

¿Cuánto duró el juego?

La puerta hizo el movimiento —¿consciente o mecánico?— de volver sobre sí misma. Y solo entonces el señor impasible hizo un gesto que parecía mostrar el destello de la ansiedad repentina. Quizás, porque en el plano de la realidad alternativa nunca se sabe.

La ráfaga ya estaba adentro cuando la puerta acabó de cerrarse. Y, en la penumbra silente, el señor y la ráfaga se hallaban frente a frente, dispuestos a emprender su convivio.

A la mañana siguiente, cuando llegaron los parientes cercanos a ver cómo había amanecido el señor, descubrieron con inesperada sorpresa que dormía plácidamente en su mecedora, que se movía apenas pero sin cesar, como si una discretísima ráfaga le pusiera el ritmo adormecedor.

Calendario escondido

 “La primavera duele más que el invierno”, dijo la voz, y todos creímos que la frase provenía de algún texto místico o mágico, de los que hoy circulan con tanta inmunidad, en calidad de best-séllers.

Pero de inmediato la voz dio a conocer su explicación subjetiva:

—Ese es el verso inicial de mi primer libro de poemas, que me he decidido al fin a poner en palabras, porque es el momento. Nunca llueve dos veces sobre el mismo desierto.

Todos hicimos círculo alrededor de la voz, interesados por aquel anuncio, sobre el que ya teníamos la cada vez más arraigada sensación de que nunca iba a producirse. Entonces se hizo presente el impulso de entrar en detalles, porque acabábamos de enterarnos de que se abría la posibilidad de pasar a otra dimensión mucho más personalizada en el tema que nos convocaba cada semana al intercambio de inspiraciones: el tiempo, esa cadena de luces y sombras en la que inevitablemente transitamos.

—¿Y por qué dolor, cuando la primavera es el triunfo de los fuegos jóvenes?

—Precisamente por eso: porque serán fuegos efímeros, destinados a perderse en la succión incendiaria del verano.

—Sí, tiene sentido. Pero y la suerte del verano, ¿en qué se resume?

—En la ceniza que va dejando su incendio.

—¡Ah, el otoño es aleteo de ceniza! ¿Y duele más la ceniza que el fuego?

—Duele de otra manera: como un escombro desvelado que se resigna a su propio destino.

—Y su destino es el invierno, ¿verdad?

—No. ¡He aquí la paradoja!

—A ver, a ver, explícanos. ¿Cómo es eso de que el invierno no es el destino del otoño, si uno está perpetuamente enlazado con el otro?

—Eso parece en el calendario, pero…

—¡Sí, esclarezcamos el pero!

—El otoño tiene la ansiedad del autodespojo, y en cambio el invierno es la estación natural del abrigo. Nos abrigamos del frío que penetra o nos abrigamos del agua que cae, según sea la latitud…

—Pues la verdad es que tus argumentos son ingeniosos.

La voz carraspeó, como si el calificativo le produjera algún tipo de escozor.

—Perdón: debí decir poéticos, para iluminar su condición de verdaderos.

Y todos quedamos contentos.

 

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